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Personas en movimiento dentro de un vestíbulo moderno y espacioso, con grandes ventanas y un ambiente bullicioso.
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Personas en movimiento dentro de un vestíbulo moderno y espacioso, con grandes ventanas y un ambiente bullicioso.
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El whatsapp no para, los mensajes van y vienen, a cualquier hora, en fines de semana, feriados, cumpleaños de nuestros seres queridos. Leemos mensajes y escuchamos audios en el taxi, al caminar, en el bus, a cada rato.

30 Octubre de 2026 17.46

"Estos muertos son los muertos de toda la sociedad, del tipo de sociedad que estamos viviendo todos. Daros cuenta que estamos viviendo la peor época del capitalismo con prisas (…). Ahora lo que tenemos son capitalistas que quieren el dinero más rápido que nunca, a la mayor velocidad posible. Pasa en todos los trabajos, pasa absolutamente siempre. Los 80 muertos de hoy, como mi mujer, tienen que ver con esto, tenemos que rebelarnos. Aunque me veáis aquí, no paro de llorar hace dos días. Todas las empresas del mundo se dedican a masacrar a sus empleados. El trabajo que hacían tres ahora lo hace uno nada más. Tenemos que cambiar este mundo, entre todos".

Estas palabras, durísimas, llenas de dolor, las dijo el viudo de una de las víctimas del accidente de tren que enlutó a España la semana pasada. Las dice un ser humano roto, un viudo, un esposo que perdió a su compañera de vida. Se llama Javier Barrio y dijo lo que dijo dos días después de la tragedia que nadie ha podido explicar aún, pero que él la resumió en esas palabras, palabras que muchos replican y aplauden, pero que pocos se atrevían a decir.

"Estamos viviendo la peor época del capitalismo con prisas".

Veamos a nuestro alrededor, mirémonos al espejo. Tomamos el celular apenas nos despertamos, revisamos el correo electrónico a las seis de la mañana, almorzamos con el teléfono en la mano o por lo menos en la mesa, junto a un plato que no dura más de 10 o 15 minutos. ‘Es que es urgente’.

El whatsapp no para, los mensajes van y vienen, a cualquier hora, en fines de semana, feriados, cumpleaños de nuestros seres queridos. Leemos mensajes y escuchamos audios en el auto, en el taxi, al caminar, en el bus, a cada rato. Parece que nos persigue, pero no, nosotros lo perseguimos para estar conectados, sentirnos productivos, sentirnos importantes.

La laptop está allí, titilando siempre, nunca se apaga. Pueden ser las 10 o las 11 de la noche, pero está encendida, lista para alguna tarea. Un último mail, un informe por terminar, una cotización, una factura, cualquier cosa. No paramos.

Una mirada más al Linkedin, al Instagram, a X. ‘Es que hay que saber qué está pasando, qué oportunidades hay, de qué está hablando la gente’, dicen algunos. Los likes y los compartidos son parte de la rutina del ejecutivo y del empleado, del emprendedor y del que busca trabajo. Clics, notificaciones 24/7, velocidad. La vida digital nos está agotando a todos.

Hemos normalizado, luego de la pandemia y en nombre de la productividad, el tener siempre cargado el teléfono, llevar un power bank, mirar a la pantalla cientos de veces al día. La realidad siempre supera a la ficción y hoy vivimos una realidad que va a mil por hora.

En las salas de espera de los aeropuertos, en las cafeterías, en las plazas y restaurantes la gente vive conectada, pendiente de sus dispositivos (algunos tienen dos en sus manos). Nadie quiere perder un minuto.

No hacer nada, aburrirse una tarde entera, salir de la casa sin el celular, olvidarse de las redes sociales, apagar el router de la casa. Parecen cosas de extraterrestres, de habitantes de otro mundo. ‘No se puede vivir así’.

"El trabajo que hacían tres ahora lo hace uno nada más", dice Barrio y el corazón de las audiencias se hace pequeño, los ojos se humedecen y todo frente a una pantalla, entre una notificación y otra. (O)

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