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BABOSA
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Nadie sabe bien cómo se hipnotiza una babosa, pero se recomienda mirarla con decisión, como si uno supiera exactamente lo que está haciendo. Y aunque no tenga estos poderes o tenga alguna duda, muéstrese seguro y diviértase un poco. A veces, hacer el ridículo sienta bien.

14 Enero de 2026 12.40

Escribir instrucciones para deshacer una babosa implica un esfuerzo enorme, casi desproporcionado para el tamaño del enemigo. Es como redactar un manual de uso adecuado de palillos de dientes o instrucciones sobre cómo bostezar. Sin embargo, alguien tiene que poner en palabras ese ritual doméstico, íntimo y un poco miserable que nos enfrenta, tarde o temprano, con una babosa.

Para ejemplificar correctamente, primero es necesario encontrar una babosa. El patio es siempre un lugar sospechoso: ahí viven los geranios que cuido, los gatos que no son mis gatos y los problemas que no entran en la casa. Busque en lugares oscuros, de preferencia húmedos. Así que salga, abra la puerta con cuidado, como si la babosa pudiera oír el chirrido de las bisagras y camine de manera sigilosa para evitar que huya ante la furtiva amenaza del fumigador.

Salvo que la babosa salga a velocidades estrepitosas por el patio, busque en donde crea que se refugien las babosas. Una piedra podría ser un buen lugar. Una piedra pequeña, de no más de veinte kilos. Debajo de esa piedra, casi con seguridad, habrá una babosa. No es que las babosas prefieran las piedras, es que saben que ahí nadie las busca con ganas. Observe el milagro: el cuerpo viscoso, la lentitud radical que ejemplifica esa forma de avanzar como si el mundo no tuviera apuro. La babosa no sospecha nada. Las babosas nunca sospechan nada.

Después mírela fijamente a los ojos. Sí, ya sé: cuesta encontrarlos. Pero están ahí, diminutos, obstinados, mirándolo a usted con la tranquilidad de quien no debe impuestos ni favores. Hipnotice. Nadie sabe bien cómo se hipnotiza una babosa, pero se recomienda mirarla con decisión, como si uno supiera exactamente lo que está haciendo. Y aunque no tenga estos poderes o tenga alguna duda, muéstrese seguro y diviértase un poco. A veces, hacer el ridículo sienta bien.

En ese momento clave, corra rápidamente a buscar el elemento indispensable para este tipo de misiones: sal. La sal puede estar en la cocina, como corresponde a una sociedad ordenada. Pero también puede estar en la sala, porque alguien alguna vez comió papas fritas viendo una película, o en el baño, porque hay gente que puede ser un poco extravagante. Nunca se sabe dónde puede estar el salero. Busque el frasco con apuro y desesperación. Recuerde que mientras usted duda entre sal fina o sal gruesa, puede ser que la babosa le haya visto con esos ojos incomprensibles, no haya hecho efecto la hipnosis y esté preparando su retirada. Tome en cuenta que la hipnosis que se sugiere practicar no dura mucho, por lo que debería salir ágil con la sal en la mano.

Vuelva al patio. Si la babosa sigue ahí, felicidades: acaba de comprobar que la paciencia existe. Empiece a echar sal con moderación. La babosa reacciona haciendo burbujas ante la lluvia de cloruro de sodio. Tome nota mental mientras el molusco se derrite. Observe cómo la naturaleza se vuelve real en este mundo edulcorado, donde lo políticamente correcto confunde al ser humano.

No se olvide de tomar la foto “pa’l face”. Es fundamental. Sin foto no hay constancia y seguramente no le creerían. Encuadre bien, ponga un filtro si es necesario, y publique con un texto irónico del tipo “batalla ganada” o “¡que salado!”. Reciba los likes de personas que jamás levantarían una piedra, pero que celebran su valentía desde el sillón.

Entre. Lávese las manos. Sienta ese leve orgullo absurdo de haber cumplido una misión menor. Las babosas volverán, claro. Siempre vuelven. No aprenden. No recuerdan. No escriben instrucciones. Usted sí. Usted puede repetir el ritual mañana, pasado, el mes que viene. Puede incluso perfeccionarlo, transmitirlo, exagerarlo.

Como podrá atestiguar, es una falacia decir que estas instrucciones no sirven para nada. Sirven, al menos, para justificar una tarde entera. Sirven para postergar llamadas importantes. Sirven para no pensar en cosas más grandes, como el sentido de la vida o el estado de la cuenta bancaria. Diluir una babosa es una actividad perfectamente inútil y, por eso mismo, profundamente humana.

Siga atentamente estas instrucciones y disfrute. No por lo hecho con la babosa, sino por el acto en sí: salir al patio, levantar una piedra, creer por un rato que el mundo se puede resolver con un poco de sal. Porque a veces, entre tantas decisiones importantes, uno necesita ganar una batalla insignificante para no sentirse completamente derrotado.

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