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En tiempos de confusión, conviene recordar que la libertad no es hacer lo que nos apetece, sino querer lo que es justo y, que la civilización -ese milagro cotidiano que se construye con tanto esfuerzo- no se sostiene con ladridos, sino con palabras.

25 Febrero de 2026 14.44

Toda época tiene sus extravagancias, la nuestra, con admirable creatividad, ha decidido competir con el zoológico, pero sin leones auténticos, ahora basta con que alguien ladre y aunque no muerda, ya puede considerarse representante de la nueva tendencia, los llamados THERIANS -personas que se auto perciben como animales-.

No es tanto un fenómeno zoológico sino sociológico, es el síntoma progre de una cultura que, habiendo conquistado derechos y libertades, confunde libertad con la eliminación de todo límite, tal como quien confunde la magnesia con la gimnasia.

El ingenio popular, ahora expresado en las redes sociales, no duda en aconsejar a los padres de familia contemporáneos: Si su hijo se auto percibe como perro, no lo regañe, acompáñelo, acéptelo y respételo. Y en nombre de ese respeto, conviértase en su criador doméstico, cómprele una casa de perro, enséñele a hacer sus necesidades en el patio, límpielo con disciplina sanitaria y guarde su “popó” en una funda plástica, recuerde que siempre debe tener algunas por previsión, aliméntelo con croquetas, quítele el celular porque los perros no usan tecnología y, si quiere una experiencia “auténtica”, no olvide la vacuna antirrábica, el microchip, la esterilización y no descarte la castración, un por si acaso. 

La ironía es que esta pedagogía del ladrido se presenta como una de las conquistas morales de la izquierda wok actual. Se nos dice que, cuestionar tales expresiones es intolerancia. Pero ¿desde cuándo la renuncia a la condición humana se convirtió en progreso? La civilización, nos guste o no, es un delicado pacto que posterga el instinto para ganar convivencia, disciplinamos el deseo para fundar comunidad. Al parecer no se entiende o no se quiere entender que, sin límites, no hay libertad, solamente hay ruido.

Aristóteles escribió que “el hombre es por naturaleza un animal político”. La frase no es un halago zoológico, es una afirmación de responsabilidad, somos animales, sí, pero llamados a las polis, a la palabra, a la ley. La grandeza humana no está en negar nuestra biología, sino en trascenderla mediante la razón y el lenguaje. Cuando celebramos la regresión como identidad, confundimos autenticidad con capricho y novelería.

Desde la sociología, el fenómeno no es inocente, es la culminación de una cultura orientada a lo desabrido, incoloro e inoloro, con una doble e hipócrita moral, que se emociona con el balbuceo y desprecia el ritmo, el color y la armonía del arte de siempre. La música, el lenguaje, la moda, la política de hoy, todo parece estar enfocado al caos y al absurdo, atropellando la razón y la sensatez. El libertinaje -esa caricatura de la libertad- disfraza de derecho lo que apenas es apetito de los zurdos.

Sigmund Freud advirtió que la civilización exige renuncias pulsionales, sin esa renuncia, la convivencia se desmorona, el instinto sin mediación es selva, la ley sin humanidad, tiranía. Entre ambos extremos se teje la cultura, la cual no se defiende ladrando, sino dialogando.

Queda claro que la coherencia llevada hasta el final, suele revelar el absurdo con más eficacia que mil sermones, también el humor ayuda a desnudar el disparate. Si el proyecto identitario consiste en “ser perro”, usted padre o madre siga la misma lógica, debería cuidar la casa, responder a un silbido y si el padre se aburre, que lo “regale”. La sátira no busca humillar, sino revelar que ciertas propuestas, cuando se toman en serio, se desploman por su propio peso.

Defender valores y tradiciones no es nostalgia facha y reaccionaria, es reconocer que las formas civilizadas de relación -familia, escuela, ley, cortesía- son conquistas frágiles. La tradición no es una jaula, es memoria organizada, sin ella, la identidad se vuelve carnaval permanente y ya sabemos que el carnaval, cuando no termina, cansa.

La verdadera compasión no consiste en confirmar toda autodefinición, sino en acompañar hacia la madurez, así como educar es enseñar a habitar la condición humana con dignidad, no a disolverla en metáforas zoológicas. Podemos respetar la diversidad sin abdicar de la razón, podemos ser inclusivos sin convertir el patio y peor la sala de casa en perrera.

En tiempos de confusión, conviene recordar que la libertad no es hacer lo que nos apetece, sino querer lo que es justo y, que la civilización -ese milagro cotidiano que se construye con tanto esfuerzo- no se sostiene con ladridos, sino con palabras.

Mientras tanto, un domingo cualquiera en el Parque La Carolina, atados por una cuerda que tiene un collar en cada extremo, caminan un hombre y un perro, solo que no se puede diferenciar quien pasea a quien… (O)

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