Recuerdo mi primer trabajo no como el resultado de una decisión informada, sino como una consecuencia de la intuición. No hubo orientación estructurada, ni evaluación sistemática de competencias, ni una hoja de ruta clara. Lo que existía era una inclinación temprana hacia el trabajo con personas que, como ocurre con muchos jóvenes en América Latina, se fue configurando sin un marco técnico que la encauzara.
Durante la etapa escolar, esa inquietud se expresó en iniciativas puntuales —como la creación de un periódico estudiantil o la participación en espacios de liderazgo— que respondían más a procesos de exploración personal que a una estrategia deliberada de desarrollo de capital humano. Sin embargo, esa falta de estructuración no se corrige necesariamente en etapas posteriores, lo que evidencia una debilidad sistémica más amplia.
La universidad, que debería operar como un mecanismo de consolidación y traducción de intereses en competencias profesionales, suele centrarse en la transmisión y profundización de contenidos. El resultado es una formación que, aunque rigurosa en lo disciplinar, no siempre facilita la transferencia hacia contextos laborales específicos. En términos prácticos, esto implica que muchos estudiantes no desarrollan con suficiente claridad la capacidad de articular lo aprendido con las demandas reales del mercado. La promesa implícita de empleabilidad asociada al título persiste, pero rara vez se explicitan las condiciones para materializarla.
En retrospectiva, este tipo de recorrido no responde a un sistema de orientación, sino a una acumulación de experiencias que, en algunos casos, logran alinearse por factores contingentes como la iniciativa individual o el contexto. Sin embargo, cuando la alineación depende de variables no estructuradas, deja de ser un resultado esperable y se convierte en un privilegio.
Y ese es, precisamente, el núcleo del problema que hoy enfrentamos.
Una promesa que dejó de cumplirse
Durante décadas, América Latina ha operado bajo una premisa relativamente estable: más educación equivale a más oportunidades. Sin embargo, esa relación se ha debilitado de forma progresiva.
No porque la educación haya perdido valor, sino porque ha perdido sincronía. Seguimos operando bajo una narrativa lineal:
7 años de primaria + 6 de secundaria + 4 o más de universidad = empleo.
Por ello, la empleabilidad —como plantea Yorke (2006)— no es simplemente conseguir empleo, sino desarrollar capacidades que permitan acceder, sostenerse y evolucionar en él. El problema es que seguimos midiendo éxito educativo en años acumulados, no en capacidades aplicables.
Los datos globales evidencian esta fractura. Mientras más de 70 millones de jóvenes están desempleados según la OIT, Europa proyecta déficits de talento de decenas de millones de trabajadores en sectores críticos hacia 2030.
Esto no es una contradicción. Es una señal de desalineación estructural.
El mercado no está colapsando: está cambiando de idioma
El World Economic Forum estima que el 44% de las habilidades actuales cambiarán antes de 2030. Esto no implica una desaparición del trabajo, sino una transformación de su valor.
El problema es que los sistemas educativos siguen hablando en pasado, mientras el mercado opera en futuro.
Esa brecha se vuelve evidente cuando se analiza la demanda real de talento:
Demanda global de talento por sector (proyección 2025–2035)
Crecimiento proyectado de empleo (%) Déficit estimado de talento Nivel formativo dominante Salario medio inicial (USD/mes) 25% – 35% Alto Técnico / grado corto 2,500 – 4,500 15% – 25% Muy alto Técnico / vocacional 1,800 – 3,200 20% – 30% Alto Técnico especializado 2,200 – 3,800 10% – 20% Alto Formación profesional 1,500 – 3,000 10% – 18% Medio-alto Técnico / certificaciones 1,800 – 3,200Sector Tecnología (IA, datos, ciberseguridad) Salud (enfermería, cuidados) Energías renovables Oficios técnicos Logística
Fuente: WEF (2023), OECD Skills Outlook, CEDEFOP.
La lectura es incómoda pero clara: el mercado no está demandando más títulos, está demandando mejores capacidades específicas.
El costo real de la desalineación
Esta desconexión no solo se traduce en desempleo, sino en inserciones laborales débiles, tardías o precarias.
Comparativa de inserción juvenil (18–29 años)
Tasa de empleo juvenil (%) Salario medio mensual (USD) % empleo alineado con formación ~65% 2,800 – 3,500 >70% ~70% 2,600 – 3,200 >65% ~42% 1,300 – 1,700 ~45% ~55% 900 – 1,300 ~40% ~50% 450 – 700 <30%País Alemania Países Bajos España Chile Ecuador
Fuente: Eurostat, OECD, OIT.
Lo que diferencia a estos países no es solo el nivel de ingresos.
Es la capacidad de sus sistemas para conectar formación con oportunidades reales desde etapas tempranas.
Este punto ha sido ampliamente trabajado por Daron Acemoglu, quien ha demostrado que el desarrollo económico sostenido depende de instituciones capaces de alinear capacidades con incentivos productivos. En otras palabras, no basta con formar más; hay que formar mejor y en conexión con el sistema.
Un problema técnico con consecuencias humanas
La desalineación no es solo económica. Es existencial.
Cuando un joven no encuentra correspondencia entre lo que aprendió y lo que el mundo necesita, no solo enfrenta precariedad laboral. Enfrenta una ruptura entre expectativa y realidad.
Martha Nussbaum, desde su enfoque de capacidades, advierte que el desarrollo no debe medirse únicamente por ingresos, sino por la posibilidad real de desplegar el potencial humano en contextos significativos.
Y hoy, millones de jóvenes no están encontrando ese contexto.
Replantear el sistema: de acumular educación a construir trayectorias
El debate sobre empleo juvenil ha estado mal enfocado. No se trata únicamente de generar más puestos de trabajo, sino de alinear de forma inteligente los sistemas educativos con los sistemas productivos.
Eso implica decisiones incómodas:
- cuestionar la centralidad exclusiva de la universidad
- revalorizar la formación técnica
- introducir orientación vocacional temprana
- y, sobre todo, diseñar sistemas integrados
Porque el talento no es escaso. Lo que escasea es la capacidad de estructurarlo estratégicamente.
El verdadero desafío…
Si algo deja claro esta discusión es que los jóvenes no están fallando.
Estamos fallando en cómo los preparamos.
Y en un mundo donde las oportunidades existen, pero no necesariamente para quienes están listos de la forma equivocada, el verdadero desafío no es crear empleo.
Es lograr que el talento encuentre, a tiempo, su lugar. (O)