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Un poeta: entre la gloria y el abismo

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No existe entonces el poema de un hombre feliz. O no existe ningún poema feliz escrito por un poeta. Hacia el final de la película, ese bello texto con el que termina su viaje, captura la sustancia de una vida marcada por la fragilidad y las carencias hasta la muerte.

27 Mayo de 2026 16.52

La escritura de poesía sigue siendo un oficio del alto riesgo. Y quienes lo ejercen, quienes hacen de su caballo la noche, son incansables bebedores, soñadores delirantes y arruinados, con los sentimientos desbordados y el genio literario a flor de piel. También existen los académicos o funcionarios públicos que escriben poesía, pero sobre ellos no es esta columna. 

     A través del tiempo, los poetas han sido retratados de varias maneras. Podemos hallar sus estampas en poemas, novelas, cuentos, canciones y películas. Pocos recuerdan que, en la antigüedad, un poeta gozaba de prestigio y buena posición dentro de la sociedad. Así como también pocos recuerdan que fue Platón, en La República, quien sugirió la posibilidad de expulsarlos de la ciudad ideal. Desde Píndaro hasta Medardo Ángel Silva, quien a pesar de su origen humilde y pensamiento melancólico, publicó y trabajó en varios diarios nacionales. Hoy en día, pocos poetas forman parte del equipo de un periódico o una revista popular. Creería, incluso, que cada vez son menos las mujeres y hombres de perfil literario contratados por estos medios. 

     En la película Un poeta, del cineasta colombiano Simón Mesa Soto, se desarrolla la historia de Óscar Restrepo: un poeta de más de cincuenta, divorciado, desempleado y alcohólico, que vive con su madre, mientras disfruta a ratos de un pasado menos gris, cuando fue una promesa de las letras. Algo que ocurrió cuando tenía veinticinco años y obtuvo un premio literario. Todo lo que Restrepo fue, en el momento en que arranca la película, ya es una fragmentación dolorosa de un tipo asomado al abismo. El espectador debe pegar, a través de los diálogos con su madre, su hija, su exesposa y su alumna poeta, el collage de aquel hombre anterior. 

     La actuación de Ubeimar Ríos, quien interpreta a este antihéroe agobiado por la insignificancia y sus malas decisiones, es demoledora. Su urgencia por redimirse, como si su existencia fuera un insulto para los otros, una especie de crimen, se convierte en uno de los puntos más importantes de esta cinta. Quizás ofrecerle un mejor futuro literario a Yurlady, su alumna poeta con un talento extraordinario –algo que a ella no le interesa–, representa su deseo por imaginar un pasado ficticio donde alguien más también se fijó en él, le tendió la mano y lo ayudó por el camino a tomar mejores decisiones. Hay una solidaridad (rara en estos días) y un reflejo en esa urgencia del poeta por salvarse que conmueve. Entonces, ¿no hay que salvarse a uno mismo primero para salvar a otro? Vieja ley de estos tiempos tirada al tacho en esta tragicomedia. Óscar intuye que, para salvarse a sí mismo, debe salvar a alguien más, demostrando así que todo el estruendo, vacío y dolor en el que se transformó su vida sirvió, de algún modo, para empujarlo a ese momento.

     Para Platón, los poetas eran peligrosos por lo que podían representar en sus textos; por eso lo especifíca: «(hay que) vigilarlos y obligarlos a ofrecer en sus poemas modelos de buenas costumbres». Pero la película de Simón Mesa Soto dice algo más: ser poeta y desprendido, tener la cabeza en las nubes, en nuestro presente, es realmente peligroso. Porque aquello que torna al poeta Óscar Restrepo en una amenaza a la sociedad es su desconexión con la realidad y su terrible ingenuidad. Una realidad que, aunque él mismo repudia con su conducta, lo bordea hasta asfixiarlo. No puede escapar de ella, así se embriague o se detenga todas las mañanas a mirar en su pared la imagen de su adorado poeta José Asunción Silva, quien se suicidó de un disparo en el corazón, agobiado, precisamente, por la asfixiante realidad que le tocó vivir.

     No existe entonces el poema de un hombre feliz. O no existe ningún poema feliz escrito por un poeta. Hacia el final de la película, ese bello texto con el que termina su viaje, captura la sustancia de una vida marcada por la fragilidad y las carencias hasta la muerte. Una vibración que finalmente se anuncia en el aire como los terremotos y los mejores poemas, diría Bolaño.

     Frente a otras buenas películas sobre poetas, como Paterson de Jim Jarmusch y El lado oscuro del corazón de Eliseo Subiela, Un Poeta se destaca por su realismo al retratar el auténtico naufragio por las horas más oscuras de un artista fracasado. Así como por plasmar ese riesgo que reside en atreverse a seguir vivo en un lugar donde trabajar con la palabra es un oficio precarizado y siempre venido a menos. Sin embargo, allí está el poeta, con las heridas rabiosamente abiertas, despertando abatido, sin camisa y con la cara torcida, dispuesto a perseguir una realidad que aún no existe, exigiéndonos por un poco de atención, vistiéndose y viviendo un día más para intentarlo.  (O)

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