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En 1307 ordena la prisión de todos los templarios en el reino francés. Somete a los caballeros a inhumanas torturas –propias de la Edad Media, modelo continuado por la Inquisición– con base en las cuales obtiene las confesiones perseguidas: renegar del Dios cristiano, adorar a ídolos paganos, participación en ceremonias diabólicas, sodomía y otros “pecados de la carne”.

27 Mayo de 2026 16.25

A sus votos de castidad, pobreza y obediencia, los templarios sumaron los de defensa cristiana de Tierra Santa y sus lugares sagrados conquistados durante la primera Cruzada; también de protección futura a los peregrinos en ruta a Jerusalén. Al contar con el reconocimiento de la Iglesia católica a partir de 1129, y con la promulgación de la bula Omne datum optimum por Inocencio II (desconocido–1143) diez años después, sus crecimientos militar y económico fueron exponenciales a corto plazo. Su presencia se expandió por Oriente Medio, Chipre, Francia, Inglaterra, Alemania, Italia y España.

Fue una Orden habilitada piramidalmente, en cuya cúspide encontrábamos al Gran Maestre; los miembros del Temple le debían lealtad y sumisión absolutas. Luego estaban ubicados los caballeros propiamente dichos y los escuderos. Bajo ellos, los administradores de los templos y los capellanes a efectos ceremoniales religiosos. Los conventos fueron distribuidos en zonas geográficas referidas como “prioratos”. Cada convento tenía la obligación de entregar a la sede de la Orden un tercio de sus ingresos. La sede fue, en sus orígenes, el antiguo Templo de Salomón. A finales del siglo XII pasó a Acre; y a Chipre, hacia los últimos años del siglo XIII.

La eficiente estructura organizacional de los templarios y su ambición por bienes materiales erigieron una institución con gran poder de capital. Los tesoros estaban almacenados en los castillos templarios, principalmente de París y Londres. La solvencia económica de la Orden de los Pobres Caballeros del Templo fue bien aprovechada (a) por la propia Orden para enajenarse como custodio del dinero de señores feudales, príncipes y reyes, a cambio de emolumentos por sus servicios; y, (b) por estos para obtener rentas de sus depósitos… destinados a préstamos a nobles necesitados, como Felipe IV (1268–1314) de Francia, y a comerciantes.

La usura estaba mal vista y sancionada por el catolicismo. De hecho, en Ezequiel 18:13 puede leerse que quien recibe más de lo presta merece la muerte. La Iglesia católica desarrolló una nueva “teoría” en torno al cobro de intereses. Así, en la línea conductual romana de acomodar la Biblia a conveniencia, este pecado pasó a aplicar a los comerciantes, pero no la Orden de los Caballeros del Templo de Salomón. ¿Por qué la diferencia? Pues, porque no era transgresión divina si las ganancias eran invertidas en la sagrada defensa de Tierra Santa. Concomitantemente, surge en Europa el uso de la “letra de cambio” para transferencias de dinero entre países y ciudades… con intervención de los templarios. Su reputación como honrados guardianes de bienes ajenos, al margen de sus codicias, coadyuvó a la expansión del comercio europeo. Esta lucrativa actividad templaria no demorará en revertir en su contra por intrusión de la nobleza medioeval y de la propia iglesia; ambas veían en el Temple a rivales en sus pretensiones de hegemonía terrenal y celestial.

Los milites Christi fueron los primeros banqueros católicos con todos los réditos que ello acarreaba. En la tierra a fines materiales, y en el paraíso en tanto pago por los sacrificios espirituales a quienes luchaban por, y lucraban con, Dios. Tardarán siglos para que el “buen ejemplo” templario sea seguido por Roma. En 1942, la Iglesia católica crea el Istituto per le Opere di Religione (Instituto para las Obras de Religión, conocido como el Banco del Vaticano), institución cuestionada en ética por sus manejos de dineros no necesariamente bien habidos.

La crisis económica por que atravesaba Francia hacia fines del siglo XIII y las ingentes deudas del rey con la Orden de los templarios demandaban de medidas urgentes. Felipe IV comienza con la expulsión de los judíos en 1306 y la consiguiente apropiación de sus bienes. En 1307 ordena la prisión de todos los templarios en el reino francés. Somete a los caballeros a inhumanas torturas –propias de la Edad Media, modelo continuado por la Inquisición– con base en las cuales obtiene las confesiones perseguidas: renegar del Dios cristiano, adorar a ídolos paganos, participación en ceremonias diabólicas, sodomía y otros “pecados de la carne”. Entre los confesantes estaba Jacques de Molay (1243–1314), último Gran Maestre. Sin perjuicio de su posterior retractación, fue quemado vivo en hoguera levantada frente a la catedral parisina de Notre Dame.

Ante las presiones de Felipe IV y los primeros movimientos de lo que sería la Guerra de los 100 años (1337 a 1453), Clemente V (1264–1314) convoca un sínodo ecuménico, el Concilio de Vienne (octubre de 1311 a mayo de 1312). Buscaba reformar la iglesia y tratar la “cuestión” de la Orden de los templarios. En marzo de 1312, el papa promulga la bula Vox in excelso, con la cual disuelve la Orden. Quedaba así legitimada su desaparición, que en los hechos había sido “decidida” por el rey de Francia cinco años antes. El monarca había ya tomado posesión del tesoro de la Orden de los Caballeros del Templo de Salomón en París. (O)

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