Abril no negocia con el pasado ni corrige lo que dejamos pendiente: solo florece, incluso sobre lo que no supimos cuidar. Abril no es una pausa, es un recordatorio de que el tiempo no espera a que estemos listos, y que crecer implica aceptar que cada cosa nueva convive con lo que ya no volverá.
Es un mes al que le puede envolver la tristeza, que se escapa al ritmo del hombre del traje gris de Sabina. El rato menos pensado, cuando saca un sucio calendario del bolsillo, se da cuenta que la rutina le ha vencido y abril también. Es decir, no hay marcha atrás. Por eso, el tiempo es lo más valioso que tenemos. “Y piensa”, dice Joaquín, “¿Quién me ha robado el mes de abril?, ¿cómo pudo sucederme a mí? ¿Pero quién me ha robado el mes de abril? Lo guardaba en el cajón donde guardo el corazón”. Esto, a veces sucede: hemos perdido el tiempo.
Ver pasar los meses en el calendario es la constatación más cruda que tiene el ser humano de que el tiempo camina sin detenerse. El reloj solo marca las horas, pero abril es un riguroso momento en el que el tiempo nos dice que en ninguna circunstancia se va a detener. Nos podemos renovar porque la primavera llega con un poco de calor y los trapos del invierno se quedan guardados; sin embargo, no hay estación capaz de devolvernos lo que no hicimos, ni calendario que corrija las postergaciones: el tiempo no premia las intenciones, solo registra lo que fuimos capaces de hacer con él.
Abril es despertarse con la vaga sensación de que algo debería haber empezado: una dieta, un proyecto, el gimnasio, a organizar un viaje, a trabajar algo. Pero no. Lo único que empieza es el mes y eso ya es suficiente.
Ha pasado enero con un montón de promesas. Febrero intentando pagar las deudas. Marzo, en cambio, descubre -si te das cuenta- que las promesas de gimnasio y transformación todavía no se cumplen. Sin embargo, el rato menos pensado, luego de dar tantas vueltas en la cama, zas, llegó abril.
Podría ser cualquier mes del que estamos hablando. Pero no. Abril es la primavera en pleno. En este mes cambió el clima y el humor, a comparación del frío marzo. Casi siempre es un mes místico en el que meditas o te vas de vacaciones, y luego de la introspección por Semana Santa, replanteas los objetivos que van a ser de difícil cumplimiento con un buen bronceado. Empezamos a ver lejana aquella frase lanzada con tanto entusiasmo: “el lunes sin falta empiezo la dieta” o “nunca más vuelvo a tomar”. Por eso, abril es muy importante, es el mes bisagra en el que uno asume otros compromisos o, de plano, mira para otro lado y empieza a echar la culpa al clima. Sobre todo, a las aguas mil. Porque el tiempo sigue pasando y la vida continúa.
Abril es un mes discreto. No viene cargado de parafernalia y honores de emperador romano como Julius o Augustus. En cambio, va acumulando pequeños triunfos: te das cuenta de que ya no piensas en lo que pensabas; que el frío quedó para otro día; que almorzar pescado está bien para los gatos y no para la fanesca; y, que algo se movió, aunque todavía no sepas exactamente qué. A veces son los días los que se mueven. El problema es que no tienen la delicadeza de anticiparnos a qué velocidad lo hacen. Los científicos dicen que un día demora 23 horas y 56 minutos, pero yo no les creo. Hay días que son eternos. Otros que son desesperadamente cortos. Puedo dar fe.
Así pasan los días. Implacables, solo es cuestión de parpadear y todo ha terminado. La vida es así: crecen los hijos, encanecen los padres, maduras sin querer, el viaje que no llegaba ahora es un recuerdo, el abrazo ha dejado de ser abrazo.
Con el tiempo, uno entiende que abril no vino a recordarnos lo que perdimos, tampoco aspira a tanto, sino a ofrecernos lo que todavía es posible. Porque el tiempo no devuelve, pero insiste. No corrige, pero enseña. Quizás por eso abril no duele tanto como creemos. No es el mes que nos roba, sino el que nos desnuda de excusas. El que nos deja frente a lo único que realmente tenemos: el presente. Ni enero con sus promesas, ni marzo con sus arrepentimientos. Abril es menos ambicioso y más honesto: no promete nada, pero tampoco te quita la posibilidad de hacer algo con lo que queda. Y tal vez ahí esté su verdadera importancia: en enseñarnos que la vida no pasa en los grandes comienzos, sino en esos pequeños actos tardíos que, contra toda lógica, todavía estamos a tiempo de intentar. Por eso, es mejor intentar a que se nos pase la vida en un abril y cerrar de ojos. (O)