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El mundo de Trump es el de los especuladores, el de las inversiones de corto plazo apostando a los sectores ganadores de estas guerras militares y arancelarias, a la ruleta de este mundo convulso.

18 Marzo de 2026 15.25

El gobierno de Trump ha desordenado el mundo en múltiples aspectos: en lo político, en lo social, en lo militar, en lo institucional y en las normas de respeto a la convivencia mundial, por citar solo algunos.

Pero también ha caotizado a la economía mundial. Para los economistas que promovemos el equilibrio y la certidumbre como principios esenciales para promover la inversión y el crecimiento económico en el largo plazo, la política de Trump ha convulsionado mercados, ha amenazado la institucionalidad y ha roto las expectativas.

No parece importarle la salud de la economía de su país y peor, la del resto del mundo en el largo plazo. Es una típica política de corto plazo, de golpes rápidos, de rentas inmediatas, de amenazas y arrepentimientos, de invasiones y guerras, de ganancias temporales y marginales, de apoyo a agentes individuales, de “te doy, dependiendo de lo que tú me des”. Nada bueno para la salud de la economía, una suerte de infantilismo en la política pública.

En concreto, más que fortalecer, estas políticas han generado costos duraderos en crecimiento, inversión, inflación y confianza internacional, que afectan no solo a EE. UU, sino a la economía mundial.

¿Cuáles son los daños más importantes?

El primero, el crecimiento económico: la guerra destruye capital, desalienta la inversión, desplaza a la población de las zonas afectadas y, lo que es más importante, asesta un golpe muy fuerte a la productividad. Los organismos internacionales como el FMI, que inicialmente estimaron un crecimiento del 3,3% para la economía mundial, por el impulso de la inteligencia artificial en la productividad; seguramente revisarán esta proyección a la baja en sus reuniones de primavera en marzo, por las aventuras bélicas y proteccionistas del gobierno de EE. UU.

Hay muchas evidencias empíricas de que el dinamismo del comercio internacional (léase un mercado abierto y sin distorsiones) dinamiza la economía y es determinante para promover el desarrollo económico. Volver al proteccionismo tiene el efecto contrario y utilizar los aranceles como medida de presión para objetivos geopolíticos, militares o retaliatorios, es aún más perjudicial. 

El segundo es el de la inflación. El proteccionismo, las sobretasas, el aumento de aranceles, incrementa el precio de los bienes importados para el consumidor. Las guerras provocan aumento del gasto público. Los efectos combinados de estas dos guerras serán indudablemente de presión al alza de los precios. 

Como ocurre ya en el estrecho de Ormuz y en algunos puertos y aeropuertos de Europa del Este, los circuitos logísticos del comercio exterior se rompieron lo cual genera desabastecimiento de productos básicos (petróleo, energía, agua potable, alimentos, etc.), y aumento de precios en fletes y seguros. De manera que inflación y mayor endeudamiento son efectos a la vista, que muchos países ya empiezan a detectar y a adoptar las correspondientes medidas contra cíclicas

Y el mundo financiero no puede estar más convulsionado. El tercer efecto de estas aventuras de Trump se ha traducido en una creciente volatilidad de los precios de las acciones en las principales bolsas del mundo: las empresas de energía, la industria bélica, las compañías de sectores protegidos probablemente sean las grandes ganadoras y habrá otro tanto que pierda. Pero la volatilidad se ha generalizado al precio de los commodities, del oro, de los bonos. La percepción de riesgo e incertidumbre es muy alta y esto exige primas que encarecen a los activos financieros. El mercado ya descuenta mayores tasas de interés en el largo plazo.

Los gobiernos de Estados Unidos, Europa y de los países asiáticos que participan directamente en el conflicto, así como los que están involucrados en la guerra de Ucrania y Rusia van a tener que endeudarse para financiar el gasto militar y fortalecer sus líneas de defensa. Un camino similar ha seguido Canadá, China, Francia y Taiwán, solo por citar a unos pocos. Esto significa que en el mediano plazo van a demandar muchos recursos financieros del resto del mundo

En un mundo globalizado, como el actual, es una verdad de perogrullo afirmar que las acciones bélicas en zonas muy focalizadas, que las intervenciones militares en ciertos países o que las sanciones arancelarias específicas, afectan a todo el mundo. Para los países en desarrollo de América Latina, con economías abiertas y dependientes del mercado internacional, el efecto en los tres ámbitos señalados será inmediato.

Ecuador gana con la subida del petróleo y con los acuerdos comerciales bilaterales, pero le va a afectar indirectamente los costos y la ruptura de la cadena de logística del comercio internacional por las guerras y las sanciones, así como los tratos más favorables que puede haber a terceros países con los cuales competimos. El país puede verse favorecido si los capitales salen de los países involucrados en los conflictos y se trasladan a zonas menos conflictivas con buenas perspectivas de negocios, aunque en el mediano plazo las tasas de interés van a afectar el costo del endeudamiento. 

El mundo de Trump es el de los especuladores, el de las inversiones de corto plazo apostando a los sectores ganadores de estas guerras militares y arancelarias, a la ruleta de este mundo convulso. Ganan aquellos que logran adivinar y acertar en el caos, mientras que quien pierde es la economía del mundo.  (O)

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