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Si la región no adquiere una personalidad política y económica de conjunto, su destino será el de una periferia funcional a los intereses de potencias decadentes o emergentes. La "Nueva América Latina" debe ser el modelo irreproducible de integración que demuestre que es posible el desarrollo sin sumisión.

29 Abril de 2026 14.37

El mundo contemporáneo asiste al agotamiento de un modelo de civilización, en medio de una crisis política de gran calado. Bajo el peso de una geopolítica plena de nuevas ambiciones, el mundo busca un eje de equilibrio que evite el colapso total.

Asistimos a una pugna feroz entre dos modelos de hegemonía. Por un lado, potencias consolidadas que se resisten a la decadencia; por otro, potencias emergentes que reclaman su turno al escenario de élite. Ambas fuerzas, en su afán de dominio universal, han comenzado a ignorar sistemáticamente la autonomía y autodeterminación de las naciones menores.

 Con una disputa que ignora los límites éticos, la humanidad se asoma a un abismo de consecuencias imprevisibles, siguiendo una tendencia clara: el sometimiento de los países periféricos a un régimen cuasicolonial funcional, con la única utilidad de inclinar la balanza económica y militar a favor de uno de los dos polos. 

Uno de los síntomas más alarmantes de esta crisis es la erosión sistemática del Derecho Internacional. El orden jurídico que debió garantizar la paz, tras la posguerra, ha sido desmantelado. Al desconocer la autonomía y la autodeterminación de los pueblos, se ha instaurado un régimen de facto que sobrepasa las instituciones multilaterales. 

 El uso de sanciones y presiones como herramientas de asfixia política demuestra que la soberanía es un concepto desechable si no es funcional a los intereses de la gran potencia. Esta actitud constituye una amenaza existencial para la región, que corre el riesgo de ser reducida a un tratamiento cercano al colonial, un "patio trasero" actualizado para la extracción de recursos y el despliegue de dominio militar, en su conflicto con otras potencias emergentes. Es aquí donde América Latina puede dejar de ser un espectador para convertirse en la pieza clave del rompecabezas, necesaria para equilibrar una balanza que hoy se inclina peligrosamente hacia el caos.

Frente a la bipolaridad de potencias con modelos antagónicos que buscan aglutinar países bajo su égida, América Latina posee características únicas para constituirse en un polo de equilibrio. No somos un simple agregado de Estados; somos una unidad territorial con afinidad cultural, histórica, espacial y lingüística sin parangón.

Nuestra región posee lo que el mundo moderno agonizante reclama: agua, biodiversidad, minerales estratégicos y una extensión territorial capaz de sostener una potencia económica de alto nivel. Sin embargo, la historia nos ha enseñado que la riqueza sin unidad es el preludio del despojo. El modelo neoliberal, ya agotado, priorizó el mercado sobre la soberanía; mientras que las ideologías de izquierda, mermadas en su capacidad de gestión, no lograron cristalizar una estructura de poder regional duradera.

La urgencia del momento obliga a los países y organismos de integración de América Latina que aún no han sido cooptados por la agenda de Washington, a iniciar un proceso de audacia política. Es imperativo definir una imagen objetivo de la región. Esto no se limita a tratados comerciales de vieja guardia; se trata de negociar objetivos y estructuras que otorguen a la región una personalidad propia como bloque. 

Esto significa fortalecer la capacidad para instaurar una férrea defensa de la autodeterminación, que impida que nuestras naciones sean peones en guerras ajenasuna estrategia que transforme la exportación de materias primas en un crecimiento generador de bienestar social, blindando nuestros recursos estratégicos bajo una gestión regional; en fin, una voz unificada que obligue al retorno del respeto al Derecho Internacional, actuando como el fiel de la balanza en la disputa global.

La conformación de una zona latinoamericana integrada es hoy una cuestión de supervivencia. Si la región no adquiere una personalidad política y económica de conjunto, su destino será el de una periferia funcional a los intereses de potencias decadentes o emergentes. La "Nueva América Latina" debe ser el modelo irreproducible de integración que demuestre que es posible el desarrollo sin sumisión. Es hora de que el continente deje de ser el botín de la historia para convertirse en su arquitecto. (O)

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