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La pregunta clave no es si existen bullshit jobs. Es si estás dispuesto a verlos. Porque mientras el sistema siga necesitando que todos estén ocupados, aunque sea fingiendo estarlo, no van a desaparecer.

29 Abril de 2026 12.51

El término no es mío. Lo acuñó David Graeber en 2013 y lo desarrolló en su libro Bullshit Jobs. Su planteamiento es incómodo: existen trabajos tan innecesarios que ni siquiera quienes los desempeñan logran explicar para qué existen.

Lo inquietante no es la teoría, sino su familiaridad. Profesionales cuyo trabajo real toma minutos al día y que pasan horas sosteniendo la apariencia de productividad. Roles diseñados para alimentar procesos que nadie cuestiona. Estructuras completas que existen más para simular actividad que para crear valor. No es ineficiencia. Es simulación organizada.

La evidencia acompaña. Una encuesta de YouGov en el Reino Unido reveló que cerca del 37% de los trabajadores percibe que su empleo no aporta valor significativo. No es anecdótico; es estructural. Y obliga a cuestionar una narrativa repetida durante décadas: que la tecnología acabaría con el trabajo.

La historia muestra lo contrario. Desde la Revolución Industrial hasta la automatización, el trabajo no ha desaparecido; se ha transformado y expandido. La lógica era clara: si las máquinas hacen más, los humanos trabajarían menos. Pero nunca ocurrió. El trabajo se redistribuyó. Y junto con funciones esenciales, surgieron otras difíciles de justificar.

Los bullshit jobs no son un error; son una consecuencia del sistema. El episodio de Elon Musk con Twitter, hoy X, dejó una pregunta incómoda: tras una reducción drástica de personal, la plataforma siguió operando. Más allá de las formas, el fondo es evidente: ¿cuánto de lo que creemos indispensable realmente lo es?

Este fenómeno no distingue entre lo público y lo privado. Las organizaciones tienden a acumular capas: funciones que nacen por crecimiento, se consolidan por cultura y sobreviven por inercia. Con el tiempo, dejan de justificarse por su aporte y empiezan a sostenerse a sí mismas.

Aquí la discusión deja de ser técnica y se vuelve humana. El sistema no está diseñado solo para maximizar eficiencia, sino para sostener orden, identidad y estabilidad. El trabajo no solo genera valor; organiza la vida. Por eso, cuando una función pierde sentido, rara vez desaparece. Se transforma en reportes que justifican reuniones, en reuniones que justifican estructuras, en estructuras que justifican más trabajo.

En Ecuador, como en cualquier economía, esto no es teórico. Es una decisión diaria: ¿eliminas un rol sin valor, asumiendo el costo humano y cultural, o lo mantienes para preservar estabilidad?

La pregunta clave no es si existen bullshit jobs. Es si estás dispuesto a verlos. Porque mientras el sistema siga necesitando que todos estén ocupados, aunque sea fingiendo estarlo, no van a desaparecer.

Van a evolucionar. Y lo más incómodo no será identificarlos, sino reconocer cuántos de ellos sostienen hoy, en silencio, la ilusión de que tu organización realmente funciona.

Porque tal vez el problema no es que existan bullshit jobs, sino que los necesitamos. Y si eso es cierto, la discusión deja de ser operativa y se vuelve incómodamente honesta: si mañana eliminaras todo lo que no genera valor… ¿seguiría funcionando tu empresa o solo quedaría en evidencia cuánto dependía de fingir que funcionaba? (O)

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