Forbes Ecuador
Adaptarse
Columnistas
Adaptarse
Magnific
Share

Nuestra generación ha demostrado que puede cambiar, que puede evolucionar, que puede resistir. Pero también tiene el derecho (y quizás la responsabilidad) de decir “hasta aquí” ¡No todo es negociable! ¡No todo debe ser tolerado! Hay límites que definen quiénes somos y qué tipo de sociedad estamos dispuestos a construir

29 Abril de 2026 16.04

Pertenecer a una generación que ha sido testigo de cambios vertiginosos no es solo una anécdota: es una experiencia que redefine la manera en que entendemos el mundo. En poco más de cuatro décadas, hemos transitado desde la máquina de escribir hasta la nube digital, desde economías inestables hasta transformaciones profundas en la estructura social. Hemos aprendido, desaprendido y vuelto a aprender. Nos hemos adaptado. Y, sin embargo, hoy enfrentamos una realidad que me lleva a cuestionarme: ¿hasta dónde puede llegar esa capacidad de adaptación?

Recuerdo con nitidez mis trabajos hechos en una máquina de escribir. Cada error implicaba empezar de nuevo, había que pensar antes de escribir, calcular cada palabra, anticipar cada línea, era una disciplina casi artesanal. Luego llegó la máquina eléctrica (un lujo para muchos) y más tarde la computadora, que transformó por completo nuestra relación con la escritura. El “guardar” se volvió un acto cotidiano, casi invisible; el disquete nos dio movilidad; la memoria flash, aunque costosa al inicio, nos hizo sentir parte del futuro y la nube terminó por liberarnos del miedo a perderlo todo. Cada avance tecnológico fue un pequeño triunfo, una confirmación de que podíamos adaptarnos a lo nuevo, a lo inesperado.

Pero los cambios no fueron solo tecnológicos. Nuestra generación también ha vivido sacudidas políticas, económicas y sociales que marcaron nuestra identidad. Hemos visto caer gobiernos, más de uno. Hemos experimentado crisis profundas como el feriado bancario, que no solo vació cuentas, sino que fracturó sueños y proyectos de vida. Nos adaptamos incluso a cambiar de moneda y nos llevó a reconstruir certezas en medio de la incertidumbre. Y cuando creíamos haberlo visto todo, llegó una pandemia que nos obligó a encerrarnos, a reinventarnos, a sobrevivir. Literalmente sobrevivir.

Ese recorrido nos moldeó, nos volvió resistentes, prácticos, desconfiados, pero también esperanzados. Aprendimos que la estabilidad es frágil y que el futuro no está garantizado. Aprendimos a ahorrar cuando se puede, a improvisar cuando es necesario, a seguir adelante incluso cuando las condiciones no son favorables, nos hicimos expertos en recomponer la vida después del golpe. Pero hay una frontera que empieza a hacerse visible, una línea que muchos ya no estamos dispuestos a cruzar: la normalización de lo inaceptable.

Hoy, la realidad cotidiana presenta desafíos que no se resuelven con adaptación, porque implican una renuncia a principios fundamentales. No es fácil aceptar que por una sola plaza de empleo se presenten más de 300 postulantes. No es sencillo asumir que el esfuerzo académico no garantiza oportunidades. La frustración se instala cuando la canasta básica supera con creces el salario básico, cuando trabajar no alcanza para vivir dignamente.

El trabajo, que históricamente ha sido el puente entre el esfuerzo y la dignidad, hoy parece haberse debilitado y tener un título universitario ya no es una garantía de estabilidad. La meritocracia, tantas veces invocada, se diluye frente a estructuras económicas que no logran absorber a los nuevos profesionales.

La crisis no es únicamente económica o educativa; es también moral, vivimos tiempos en los que la coherencia parece haberse vuelto opcional. Observamos con preocupación cómo se relativizan los principios, cómo la integridad cede ante la conveniencia. La palabra dada pierde valor, el compromiso se vuelve frágil, y la ética se negocia en función de intereses inmediatos. Y eso, más que cualquier avance tecnológico, descoloca profundamente.

Se une a esto la inseguridad, caminar por la calle ya no es un acto simple. Mirar a los lados se ha vuelto un reflejo automático y el miedo se ha instalado en lo cotidiano, en lo aparentemente trivial. Emprender un negocio, que debería ser una expresión de autonomía y creatividad, sin embargo, en nuestro país implica enfrentar amenazas, extorsiones, una economía frágil que no siempre permite sostener el esfuerzo. Somos, paradójicamente, uno de los países con mayor espíritu emprendedor en la región, pero también uno de los que más ve fracasar esos emprendimientos.

En medio de este panorama, la familia se convierte en un tema de preocupación, por si les atracan, extorsionan o desaparecen. Aquí es donde la idea de adaptación empieza a resquebrajarse, porque adaptarse no puede significar aceptar la injusticia, la violencia o la precariedad como condiciones inevitables. Adaptarse no debería implicar renunciar a la dignidad. Hay realidades que no deben normalizarse, por más frecuentes que se vuelvan.

Nuestra generación ha demostrado que puede cambiar, que puede evolucionar, que puede resistir. Pero también tiene el derecho (y quizás la responsabilidad) de decir “hasta aquí” ¡No todo es negociable! ¡No todo debe ser tolerado! Hay límites que definen quiénes somos y qué tipo de sociedad estamos dispuestos a construir, la verdadera reflexión no está en cuánto hemos soportado, sino en qué estamos dispuestos a transformar y ser una generación resiliente no debería condenarnos a aceptar cualquier realidad. (O)

10