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En la era d.C. (después del covid), en cambio, una enorme y preocupante mayoría ya no se viste; con las justas se cubre. Peor aún, como las fronteras entre los espacios públicos y privados se han desdibujado de forma tan rotunda, esa enorme -y preocupante, insisto- mayoría ahora convive en sociedad en pijama. Y así los días se han convertido en pijamadas inacabables, que debemos pasar con extraños.

04 Febrero de 2022 11.50

Yo antes era otra persona. Estoy hablando de la era a.C. (antes del covid). Tantos aspectos de mi vida y de mí han cambiado en estos casi dos años, que a veces escucho o leo mi nombre y tengo la vaga impresión de que conozco a esa persona de algún lado; o me veo al espejo y no me reconozco. ¿Quién es esa mujer empijamada que me mira? ¿No les pasa también a ustedes que hay una persona en pijama viéndoles desde el otro lado del espejo o recorriendo las ruinas de lo que alguna vez fue su casa y hoy es un híbrido de sala de reuniones -con tantas estaciones de trabajo como habitantes de la casa-, central de emergencias telefónicas, aula de clases, sala-comedor-cocina, área de juegos...?

Como decía, yo antes era otra persona. Por ejemplo, me vestía. No es que ahora vaya por la vida desnuda, más bien diría que me cubro, me abrigo. Porque vestirse es otra cosa. Uno se viste para ejercer la convivencia con quienes no pertenecen a su círculo más íntimo; uno se viste para agradar al otro o para demostrarle respeto. También, a veces, para deslumbrarlo o mortificarlo-son varias las posturas políticas que se han anclado en la moda; al paso, me vienen a la cabeza los punk. 

En la era d.C. (después del covid), en cambio, una enorme y preocupante mayoría ya no se viste; con las justas se cubre. Peor aún, como las fronteras entre los espacios públicos y privados se han desdibujado de forma tan rotunda, esa enorme -y preocupante, insisto- mayoría ahora convive en sociedad en pijama. Y así los días se han convertido en pijamadas inacabables, que debemos pasar con extraños que no tienen ningún pudor de entregarnos un informe, pararse delante de nosotros en la fila del supermercado, asistir a la clase por videoconferencia, sentarse a nuestro lado en el cine o en el avión en sus peores fachas (esas  que antes del covid la mayoría se reservaba para los íntimos, para aquellos que no tenían más remedio que fumárselas).

Con toda razón, ustedes estarán pensando que el fenómeno de los empijamados no es nuevo. Claro que no lo es, desde hace años que aviones y aeropuertos están plagados de personajes de todas las edades, pero sobre todo jóvenes, que van en chancletas, pantuflas, medias de fleece y pijama o calentador -su aborrecible gemelo-, con su maraña de pelo y audífonos pegados a la cabeza. Lo alarmante es cómo este código de no-vestimenta copa hoy todos los espacios. 

Hace tiempo, encontré en el maravilloso libro 'La tentación del fracaso', que recopila los diarios de Julio Ramón Ribeyro, un par de líneas  que me hicieron sentir menos sola en el mundo y que describen la desazón que desde siempre me han producido los empijamados que circulan en espacios públicos: "¿En qué mundo sin censura viven que les permite explayar toda su horripilancia?". Cuando escribe esto, Ribeyro se refiere a un encuentro desagradable con una pareja de franceses que ni bien aborda el tren en el que va él, se descalza, habla a gritos, bota basura por la ventana... cuya fealdad es digna de una "pesadilla de Goya" aunque disculpable, no así su vulgaridad. Y concluye, luego de haber experimentado deseos homicidas: "Esfuerzos vanos por amar al hombre cuando se encuentra especímenes de esta naturaleza". Suscribo.

Pero paradojas de la vida, el horror absoluto, yo misma podría estar convirtiéndome en una empijamada más. El actual estado de las cosas es propicio para que lo impensable ocurra. La transformación comienza con detalles imperceptibles: salir a botar la basura en pijama, corriendo el riesgo de encontrarme en el contenedor de los reciclables con alguno de los 20 vecinos que habitan mi condominio; postergar compras urgentes (pan o leche) por pereza de tener que vestirme para salir al supermercado, pero como son urgentes empiezo a coquetear con la idea de ponerme un abrigo largo que tape casi todo lo que llevo puesta; o no usar más que zapatos deportivos o pantuflas. El primer paso para la rehabilitación es reconocer que se tiene un problema. En esas ando.

Lo inquietante es que esto que a mí me aflige, al mundo de la moda (al mundo entero, quizás) le parece de lo más normal y deseable. Maura Judkis escribió hace poco en el Washington Post una nota sobre cómo los 'soft pants' -googléenlos y van a ver que a veces salen unos leggings y otras, unos calentadores- van a ser omnipresentes de ahora en adelante. Ni las oficinas se van a salvar, cuando algún día se pueda regresar a tiempo completo a ellas. Judkis asegura que sus fuentes en la industria de la moda están previendo que las personas van a continuar vistiéndose más como la versión de ellas mismas que descubrieron estos dos últimos años. O sea: su versión empijamada. Los hits de las pasarelas de las próximas temporadas, según la misma nota, estarán en la línea del workleisure (algo así como el trabajo-relajado), que se compone de shorts con camisa, vestidos para hacer la siesta y zapatos de andar por casa. El mismísimo Hugo Boss está tratando de reinventarse -o sea, de seguir vendiendo- para enfrentar la "era post oficina", de acuerdo a una nota del New York Times.  El énfasis de ahora en adelante estará en la calidad de las telas y el confort que éstas provean; tal cual como en las pijamas, pero más caras - y esperemos que menos feas.

Pues nada, que el mundo d.C. será de los empijamados. Que al igual que Ribeyro, yo tendré que aprender a contener mis deseos homicidas y a convivir con la nueva normalidad, al tiempo que me empeño en mi rehabilitación y hago el esfuerzo de dejar de cubrirme para volver a vestirme; en un gesto de rebeldía que deberé honrar un día a la vez. Y a todas estas, ¿ustedes, están leyendo mi artículo en pijama o calentador? Porque yo lo escribí empijamada.(O)

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