Forbes Ecuador
plaza-grande-in-old-town-quito-ecuador-at-night
Columnistas
Share

Hoy, a 200 años de los hechos, debemos no solo recordarlos sino reflexionar en el país que hemos construido y en el que queremos para el futuro. ¿Es posible un ejercicio de reflexión y decisión colectiva que permita entrever el país que queremos, el país que deseamos dejar a las futuras generaciones?

13 Abril de 2022 16.58

Tras permanecer desde el 21 de febrero en Cuenca entrenando a sus tropas, fabricando armamentos, correajes, monturas y pertrechos, el 12 de abril de 1822, hace exactamente 200 años, el general Antonio José de Sucre emprendió su marcha hacia Quito al frente de la División Libertadora. Seis semanas después triunfaría en el Pichincha.

Su ejército tenía más de 3.000 hombres. Había salido de Guayaquil en enero con 1.700 hombres y, decidido a tomar primero Cuenca, había ido hacia el sur. Primero por mar hacia Machala, y luego por tierra a Pasaje y ascendido a la Sierra hasta Saraguro. Tal como se había combinado, a Loja ya había llegado la División del Sur, enviada por José de San Martín, al mando del coronel Andrés de Santa Cruz, con 1.200 hombres. Los dos ejércitos se reunieron en Oña, bajo el mando unificado de Sucre. El coronel Tolrá, comandante del batallón español, prefirió desocupar Cuenca sin dar batalla, por lo que Sucre entró a esa ciudad en marcha pacífica y triunfal el 21 de febrero. Sucre decidió quedarse un tiempo para hacer ejercicios conjuntos, conocer a los mandos argentinos, chilenos, peruanos y más sudamericanos y, en esa ciudad de hábiles artesanos, fabricar todo lo que requería. Hasta allí llegó poco después la columna al mando del coronel John Illingworth con 300 efectivos más: el famoso batallón Albión con ingleses, escoceses, irlandeses y otros europeos, al que Sucre le había pedido ir primero hacia el norte.

Antes de partir al norte, el 10 de abril, había lanzado desde Cuenca la siguiente proclama: "¡Quiteños! Mis esfuerzos esta vez se reducen a cooperar con la División de mi mando a la mejora de vuestros destinos, de cuya empresa se ha encargado el mismo Libertador en persona. Su nombre solo basta para derribar vuestras cadenas. Los héroes de Colombia, estos guerreros inmortales, que a fuerza de vencer parece han prescrito contra la fortuna, marchan al Ecuador sin limpiar todavía la sangre enemiga en que se han teñido sus espadas en los campos de Carabobo. Y ¿no os atrevéis aún a llamaros libres? ¡Quiteños! Vuestra independencia es cierta. Una fuerza irresistible os la va a conquistar en el momento mismo de presentarse. ¿No coadyuvaréis con una cooperación gloriosa y segura a los intentos generosos del Ejercito Libertador?".

Como se ve, Sucre se veía solo como fuerza auxiliar de la de Bolívar, porque el plan era claro: una acción de tenazas sobre Quito, el formidable bastión realista, cuya libertad era indispensable. 

¿Y para qué era indispensable? Eugenio Espejo 30 años antes había recalcado en los derechos y capacidad de esta tierra para manejarse autónomamente. Luego, esa independencia había requerido 13 años de lucha, desde la clarinada del 10 de agosto de 1809. Mucha sangre y mucho dolor había en el medio, pero aun así, los pueblos de la Presidencia y Audiencia de Quito no cejaban en su empeño, esta vez auxiliados por los ejércitos de Bolívar y San Martín porque las fuerzas realistas se habían concentrado en Quito, donde incluso acababa de morir el virrey de la Nueva Granada, Juan de la Cruz Mourgeón, sin haber alcanzado a posesionarse de su cargo.

Estamos conmemorando los 200 años de aquellas gestas. Como he dicho en otra ocasión, arribar a la independencia “fue un proceso complejo, con avances, desvíos, retrocesos y violencia, mucha violencia. No solo entre españoles y criollos, sino también violencias regionales, de clase, de ideología. Nadie sabía entonces el destino de ese conglomerado, pero se jugaban la vida por una idea de independencia y de progreso”.

Hoy, a 200 años de los hechos, debemos no solo recordarlos sino reflexionar en el país que hemos construido y en el que queremos para el futuro. ¿Es posible un ejercicio de reflexión y decisión colectiva que permita entrever el país que queremos, el país que deseamos dejar a las futuras generaciones? Ese sería el mejor fruto de este bicentenario, cuya conmemoración arrancó hace 13 años y que, más bien mal que bien, ha ido recorriendo las etapas que siguieron nuestros mayores hace 200 años. (O)

loading next article