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¿Se puede ser una escuela exitosa sin que la comunidad escolar experimente bienestar?

Priscila Alvarado

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Las escuelas que ignoran la salud emocional de su comunidad pueden sostener resultados durante algún tiempo, pero difícilmente lograrán mantenerlos a largo plazo. El agotamiento docente, la ansiedad estudiantil y la desconexión emocional no son efectos secundarios inevitables del éxito; son señales de alerta sobre sistemas que necesitan replantearse.

13 Mayo de 2026 16.16

Al finalizar el año escolar me surgen muchas interrogantes sobre la gestión que hacemos los colegios. No puedo dejar de cuestionarme qué implica realmente ser una institución exitosa. ¿Cómo medimos el éxito? ¿En qué medida podemos decir que somos exitosos cuando nuestros docentes se sienten exhaustos y nuestros estudiantes viven bajo niveles constantes de estrés? ¿Podemos hablar realmente de excelencia educativa cuando quienes sostienen el sistema están agotados?

A mi juicio, el éxito de una institución educativa debería estar estrechamente ligado al nivel de bienestar de su comunidad. Pero entonces surge otra pregunta: ¿qué entendemos por bienestar? Cárdenas et al. (2022) lo definen como la percepción general de los individuos de estar viviendo una vida positiva y satisfactoria, asociada al predominio de emociones positivas. Comprender esto es fundamental porque el deterioro del bienestar tiene implicaciones profundas tanto para las personas como para las sociedades. Existe un costo directo para las familias relacionado con el tratamiento de enfermedades mentales, pero también un costo indirecto para las economías y las comunidades, que ven afectadas su productividad, estabilidad y capacidad de desarrollo.

A pesar de que múltiples investigaciones demuestran la relación directa entre bienestar y desempeño escolar, seguimos presionando a estudiantes y docentes con rankings, métricas y resultados que muchas veces terminan deteriorando precisamente aquello que buscamos fortalecer. Las escuelas somos responsables no únicamente del éxito académico de nuestros estudiantes, sino también de brindarles herramientas que les permitan desenvolverse de manera saludable y efectiva en su vida adulta. Mejorar los niveles de bienestar dentro de nuestras instituciones no es un acto accesorio; es una condición necesaria para que los estudiantes puedan alcanzar su mayor potencial.

El bienestar debería ser entendido como un indicador de sostenibilidad institucional. No puede seguir siendo tratado como un complemento de la gestión escolar, sino como la base sobre la cual se construyen los programas académicos, las relaciones humanas y la cultura institucional.

Pero entonces, ¿cómo nos aseguramos de que vamos por el camino adecuado? ¿Es posible medir el bienestar? En primer lugar, esto exige una mirada mucho más holística de la educación. Implica reconocer que el aprendizaje no ocurre aislado de los factores sociales, emocionales y personales que atraviesan la vida de nuestros estudiantes. También implica comprender que no podemos seguir educando de la misma manera en que nos educaron a nosotros. Los tiempos no solo han cambiado; se transforman a una velocidad vertiginosa. Nuestros niños y jóvenes viven inmersos en un entorno de estímulos constantes y dinámicos que muchas veces compiten directamente con lo que ocurre dentro del aula. Frente a esto, el desafío de las escuelas no es únicamente transmitir contenidos, sino generar experiencias de aprendizaje innovadoras, significativas y retadoras.

Por otra parte, si no medimos, difícilmente podremos tomar decisiones acertadas. Las instituciones educativas necesitan recopilar información concreta que les permita comprender mejor las experiencias de quienes forman parte de su comunidad. Y cuando hablamos de bienestar, la única manera real de conocerlo es preguntando. Las preguntas específicas dependerán de aquello que cada institución considere prioritario entender. Precisamente ahí radica una de las tareas más importantes de los equipos de liderazgo: determinar qué aspectos necesitan ser evaluados y utilizar esa información para orientar la toma de decisiones.

Desde mi perspectiva, deberíamos conocer el nivel de satisfacción de los estudiantes en relación con aspectos fundamentales de su experiencia escolar: la posibilidad de hacer amigos, sentirse aceptados por quienes son, desarrollar vínculos positivos con sus maestros y manejar adecuadamente las exigencias académicas. También deberíamos preguntarnos si sienten que la escuela realmente los está preparando para enfrentar la incertidumbre, los cambios y la complejidad del mundo que les tocará vivir.

Pienso además que los estudiantes deberían participar activamente en la construcción de estas mediciones. Después de todo, son ellos quienes viven diariamente las dinámicas escolares y quienes mejor pueden ayudarnos a identificar qué aspectos impactan realmente su bienestar.

En cuanto a los docentes, escuchar sus perspectivas es igualmente indispensable. No podemos esperar que nuestros profesores construyan relaciones humanas significativas con sus estudiantes si ellos mismos trabajan desde el agotamiento constante. Preguntar sobre sus niveles de bienestar no es una concesión; es una necesidad institucional. Los docentes necesitan contar con las condiciones adecuadas para modelar hábitos, comportamientos y formas de relacionarse que conduzcan al bienestar.

Las escuelas que ignoran la salud emocional de su comunidad pueden sostener resultados durante algún tiempo, pero difícilmente lograrán mantenerlos a largo plazo. El agotamiento docente, la ansiedad estudiantil y la desconexión emocional no son efectos secundarios inevitables del éxito; son señales de alerta sobre sistemas que necesitan replantearse.

Las instituciones educativas exitosas del futuro no serán las que produzcan más resultados, sino las que logren sostener el aprendizaje sin sacrificar el bienestar de quienes lo hacen posible. (O)

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