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Tomar asiento
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Sé también que el día que podamos sentarnos a pensar (no a tuitear, no a discutir, no a dedicarnos a ese oxímoron risible que es el ocio productivo), solo sentarnos a mirar y escuchar, algo va a cambiar. Y para bien. Así, que tengan la bondad -nunca mejor dicho- y tomemos asiento.

03 Agosto de 2022 16.45

Pocas cosas se me antojan más imposibles, o desafiantes, que sentarse sin más propósito que conectar con el entorno, con uno mismo, quizá. O, más complicado aún, sin ningún propósito. Solo sentarse. A secas. Y pocas cosas tal vez se necesiten más en estos tiempos raros (furiosos y agoreros) que sentarse, sin propósito alguno. Sentarse y ser, a secas. 

No estoy hablando de sentarse a leer, a tejer, a ver la televisión, a conversar, a escuchar música, a arreglar un cajón —que fue organizado por última vez allá por el 2007. Tampoco de sentarse a la mesa a comer o de acomodarse en una silla a escribir/dibujar, a mano o en computadora. Ni de sentarse para entregarse a las pasiones de los juegos de mesa, y ensayar nuestra mejor cara de póker.

Antes de seguir con esta idea/propuesta, quiero aclarar de dónde nace. Hace unas semanas pude ver la exposición 'El universo en tus manos: pensamiento y esplendor de la Colombia indígena' en el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles (LACMA, por sus siglas en inglés), que muestra una nutrida colección de piezas arqueológicas de Colombia; una de sus curadoras afirma que es la muestra más grande de este tipo que se ha hecho sobre ese país en Estados Unidos. Lo interesante de 'El universo en tus manos…' es que no se limita a exponer dichas piezas remotas y bellas, sino que se ha propuesto sujetarse a las lógicas de comprensión del mundo de los descendientes contemporáneos de las culturas milenarias cuyos artefactos están más que en exhibición, en diálogo con quienes van a verlos.

En ese diálogo, por ejemplo, entra la posibilidad de conocer y adoptar —¿por qué no?— una de las prácticas del pueblo Arhuaco, que es el que más representación tiene dentro de la exposición. Esa práctica específica se materializa en las decenas de pequeños bancos de madera que están distribuidos a lo largo de las salas. Ellos recuerdan e invitan a los visitantes a intentar imitar la práctica de los arhuacos de sentarse y contemplar el entorno. Nada más. Es decir, nada menos, porque es un reto que en estos tiempos se revela titánico.

¿Quién de ustedes puede pasar más de tres minutos (¡qué digo tres! ¡uno!) sin echar mano del teléfono celular, cuando se producen algunos espacios 'muertos' entre una actividad y otra? El estado generalizado parece ser este: siempre apurados, angustiados por hacer más, por estar activos, padeciendo el horrible síndrome que en Estados Unidos han bautizado como FOMO, o sea fear of missing out (temor a no estar enterado de e involucrado en todo). Traducción: nos hemos vuelto esclavos de la idea de participar y disfrutar de cuanta actividad novedosa nos estén vendiendo. Así nos volvemos ajenos a cualquier mundo que no sea el del deseo consumista, mayoritariamente frustrado, claro, porque todo no se puede; ni se debería poder, ¿o sí?

Bueno, moralinas anticapitalismo-salvaje aparte, la cuestión es que esos banquitos de madera mínimos (porque son muy bajos y lo dejan a uno casi al nivel del piso) plantean un desafío enorme, que no tiene por qué cumplirse en el museo. Uno puede ir a su casa, salir al parque o a alguna playa, de mar o río, e intentar sentarse lo más cerca del suelo posible, descalzarse, si le apetece, y empezar a mirar y a escuchar. Es decir, empezar a conectar con el entorno, con esa nada cotidiana —parafraseando a Zoé Valdés— que tantas cosas tiene para contarnos, para enseñarnos, para hacer que nos cuestionemos.

Yo todavía no lo he hecho. No sé si es porque estoy incapacitada o porque me asusta entrar en ese estado de desconexión del mundanal ruido que, a su vez, sería una conexión profunda con el mundo que está a mi alcance. Pero no a través de una red 5G que viaja a no sé cuántos gigabytes por segundo; eso es fácil, solo tengo que pagarle a alguien para que me conecte. No, esto sería algo más simple y mucho más difícil a la vez: sentarse a conectar con el entorno inmediato y luego, con suerte, a pensar el mundo. Quizá a verlo por primera vez, otra vez. Y con muchísima más suerte tal vez empezar a entenderlo.

Los arhuacos lo hacen todo el tiempo. En algunas de sus comunidades en la Sierra Nevada en Santa Marta, en lugar de en banquitos de madera, se sientan sobre piedras bajas, y descalzos se preparan para la quietud y para conversar, sin decir una palabra, con todo lo que les rodea, sea esto humano o no. Así, sentados, reflexionan sobre múltiples aspectos de su cotidianidad individual y colectiva. Es decir, piensan, luego existen. Es decir, nadie 'les da pensando', hablando en ecuatoriano para que ustedes me entiendan. Este pueblo milenario ha incorporado a su ethos la reflexión como forma de comunión con el entorno. 

Yo no sé cuánto dura ese ejercicio, solo sé que es cotidiano; parte de su ser arhuacos. Solo sé también que el día que podamos sentarnos a pensar (no a tuitear, no a discutir, no a dedicarnos a ese oxímoron risible que es el ocio productivo), solo sentarnos a mirar y escuchar, algo va a cambiar. Y para bien. Así, que tengan la bondad —nunca mejor dicho— y tomemos asiento. (O)

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