De la insistencia a la persistencia, el camino a la gerencia
Natalia Rodríguez trabaja en Tetra Pak desde 2002. Inició como vendedora y ahora lidera sus operaciones como Directora Comercial y Office Manager, el cargo más alto de la compañía, en Ecuador. ¿Cómo lo logró?

David Paredes Periodista

La disciplina y perseverancia definen la vida profesional de Natalia Rodríguez, directora comercial y office manager de Tetra Pak Ecuador. Esta quiteña de 50 años creció luchando consigo misma en su entorno y hasta con sus propias decisiones. Siempre fue buena estudiante en el colegio, en Ambato, donde creció. Fue abanderada y presidenta del consejo estudiantil, lo que forjó su espíritu, que la llevó a que las religiosas dominicas le solicitaran que administre el centro educativo y además vieron en ella una futura monja.

La propuesta fue meditada, pero no aceptada. Recuerda que la madre Pía fue quien la invitó a explorar la vida en consagración. “No niego que la pensé un tiempo y me dije a mí misma, soy muy inquieta como para ser monja”.

Rodríguez estaba decidida. Su meta era estudiar Ingeniería Química. Una profesora del colegio le explicó de qué se trataba y se ilusionó. Era lo que buscaba: estar más ligada a la ciencia.

Su padre, ingeniero agrónomo, quería que Natalia estudiara la universidad en Ambato, pero ella soñaba con volver a Quito. Después de discusiones aceptó, pero bajo sus condiciones.

“Un día, mi padre tuvo que viajar a Quito por trabajo y cuando volvió ya me había inscrito en la Escuela Politécnica Nacional y además, ya me había reservado espacio en un internado de las mismas monjas de mi colegio”, recuerda.

Esta ejecutiva aceptó con tal de estudiar. No sabía nada de la Politécnica, pensaba que con su excelente performance del colegio era suficiente para salir adelante, para aprender la carrera.

“No conocía el nivel de exigencia de la Politécnica. Venía de un colegio de monjas en Ambato que era bueno, pero no al nivel de algunos de la capital como el Sebastián de Benalcázar, el San Gabriel o el Colegio Americano, porque todos recibían lo mismo en sexto curso (hoy tercero de bachillerato). En el primer semestre me di contra el piso. Perdí todas las materias”, recuerda.

No solo fue un fracaso académico. Estaba perdiendo su libertad, su permanencia en Quito. Pero también le daba esas ganas de reivindicarse, de volver a intentarlo. Su padre quiso que regresara a Ambato a estudiar ingeniería agrícola. 

“No podía irme de Quito. Debía seguir. Graduarme de la Politécnica se transformó en un reto personal. Además, era mi última oportunidad. Tomaba doble clase. Asistía a la que me correspondía y también iba como oyente a otra. Ni comía ni dormía para alcanzar el nivel de la Politécnica”, asegura Rodríguez.

De la teoría a la práctica

En 1999, al finalizar sus estudios en la politécnica, Natalia Rodríguez se graduó en ingeniería Química. Tenía 25 años. Luego hizo una maestría en alimentos antes de pasar al mundo laboral. Durante ese tiempo trabajaba en una empresa especializada en sistemas de frenos para autos, para luego pasar por Industrias Cóndor, otra gran experiencia, pero por circunstancias de la época, perdió su trabajo. Estuvo meses sin empleo y presentando hojas de vida. 

En cada empresa que iba a entrevistas le decían que estaba sobrecalificada, que su perfil era muy alto para los cargos a los que postulaba. 

“Estaba preocupada porque no salía nada. Por eso opté por hacer algunos ajustes en mi hoja de vida. No mostré todo, sino que me puse básica”, confiesa. Así logró ser analista de laboratorio en Zaimella, una empresa que produce pañales e implementos de bienestar para bebés.

En la empresa se sentía feliz. Tenía trabajo fijo, un salario de US$ 800. Daba clases de inglés a sus compañeros y se estaba ganando la confianza de su jefe. Mientras trabajaba aplicó a una nueva maestría de biotecnología, en Países Bajos. 

Su aplicación fue aceptada y le ofrecieron un "fellowship", una especie de beca en la que debía pagar el primer año de estudios y después la universidad la financiaba y ella podía devengar el resto con trabajo. La oferta llegó en plena crisis bancaria de finales de la década de los noventa hasta que en el gobierno de Jamil Mahuad dolarizó nuestra economía.

“La universidad me pedía US$ 13.000, mientras que el crédito que podía obtener era de solo US$3.000. Mis padres estaban endeudados porque estaban pagando la universidad de mis otras dos hermanas y entendí que no podía ir a cumplir mi sueño de ir a Europa y a Países Bajos”.

Esa decisión le abrió las puertas para encontrar nuevas oportunidades. Revisó  las ofertas laborales en los clasificados de Diario El Comercio. La mayoría que le interesaron eran para cargos de ingeniero químico en petroleras, pero el requisito era ser hombre. Hasta que vio un anuncio que no especificaba género. Era una multinacional, pero tampoco decía el nombre de la entidad. Se trataba de Tetra Pak Ecuador.

El proceso para ser contratada fue largo. Tuvo dos entrevistas con un ejecutivo brasileño y un alemán, presentó pruebas y pasó dos meses y medio hasta que la llamaron.

En marzo de 2002 entró a la compañía como ingeniera de ventas. Sus funciones eran vender, ver  valores de mercado y aprender de sus compañeros. Le entregaron su kit para que leyera la historia de la empresa, el libro de precios y una línea telefónica abierta que estaba a su disposición  para que pueda hacer consultas directamente a Suecia, donde está su matriz.

Al ingresar a la empresa, se encontró con un reto monumental. La alta gerencia había decidido que el mercado ecuatoriano ya era lo suficientemente relevante para tener a alguien dedicado 100% a él, pero no había una estructura diseñada. "Literalmente, tenía un libro de precios, un teléfono para llamar a Suecia y el mandato de construir desde cero", relata. Fue ella quien sentó las bases de la infraestructura que hoy sostiene gran parte de la industria de alimentos líquidos (lácteos y jugos) en el país.

Uno de los hitos más exigentes de su carrera temprana fue la construcción de una planta de procesamiento de lácteos en Sangolquí. Como una joven ingeniera, se enfrentó a un entorno predominantemente masculino, donde tuvo que imponer respeto técnico frente a decenas de ingenieros civiles y contratistas. @@FIGURE@@

Su capacidad de gestión, sumada a jornadas de 24 horas ajustando válvulas y leyendo planos, le permitió demostrar que el talento ecuatoriano estaba a la altura de los estándares globales. A pesar de los obstáculos culturales y los roces iniciales con colegas de otras regiones que, según señala, a veces subestimaban el potencial local y el de ella, Natalia se mantuvo firme: "Yo no vine a ser secretaria de nadie, vine a definir lo que el mercado necesita".

Una visión disruptiva: liderazgo con identidad

El camino hacia la gerencia general estuvo marcado por una convicción personal: proteger la sostenibilidad del mercado ecuatoriano frente a la rotación constante de extranjeros. "Yo decidí tomar el liderazgo, a mí nadie me lo regaló", asegura. Antes de su nombramiento oficial, Natalia ya actuaba como el ancla de la operación, guiando a clientes y equipos mientras los directivos foráneos iban y venían.

En 2023, cuando finalmente recibió la llamada que confirmaba su nombramiento como Directora comercial y office manager, no solo cumplió un sueño personal, sino que rompió un paradigma. Hoy, bajo su mando, Tetra Pak Ecuador consolida su posición en el mercado con una facturación anual de US$ 42,01 millones. Gestionar esta operación, donde pasó de ser compañera a ser la jefa, ha sido su mayor aprendizaje en esta etapa, demostrando que su visión estratégica es tan sólida como los resultados que hoy lidera.

Rodríguez se convirtió en la primera ecuatoriana en dirigir Tetra Pak Ecuador. Antes, el cargo estuvo en manos de colombianos, brasileños, mexicanos, peruanos. La marca no había regresado a ver a sus talentos locales.

Ella recuerda que en algún evento de la empresa, ante todo el personal, aseguró que quería el máximo cargo. Fue una especie de atrevimiento y declaración, que finalmente se concretó a pulso. Con trabajo y con presencia ante clientes, proveedores y sus propios compañeros, quienes desde el inicio la vieron como líder.

Rompiendo el estigma de la ambición

Hoy, desde la dirección general, Natalia impulsa una cultura de crecimiento basada en el aprendizaje continuo y, sobre todo, en la eliminación de la culpa asociada al éxito.

"A veces en nuestros países vemos la ambición con una connotación negativa. No es malo ser ambicioso; es malo no reconocer nuestro propio progreso", afirma. Su mensaje es claro: Ecuador tiene profesionales capaces, creativos y emprendedores. (I)