Forbes Ecuador
Rocío Vázquez, empresaria cuencana
Foto: Pavel Calahorrano Betancourt
26 Abril de 2026 06.00

María Judith Rosales Andrade

Entre joyas y una segunda oportunidad

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Heredera del grupo empresarial que su padre comenzó a construir en Cuenca en 1943 con una joyería, Rocío Vázquez contribuyó a transformar ese negocio familiar en un conglomerado que hoy reúne joyerías, hoteles, proyectos inmobiliarios y editoriales. En conjunto, las empresas generan cerca de 150 empleos directos y ventas anuales por US$15,5 millones.

Rocío Vázquez está a punto de cumplir 70 años y lo va a celebrar a lo grande. Puede hacerlo porque aprendió a vivir dos veces. La primera vez fue cuando creció entre las vitrinas de la joyería familiar fundada en Cuenca en 1943, rodeada de piedras preciosas, disciplina empresarial y el ejemplo de un padre que empezó desde cero.

La segunda ocurrió décadas después, cuando un derrame cerebral la dejó en coma y, al despertar, descubrió que debía volver a empezar desde lo más básico: caminar, hablar y reconstruir su memoria. “Aprendí a mirar la vida con otros ojos”, comenta. Entendió que era una nueva oportunidad y que no puede tener todo bajo control: “Mi mente estaba borrada, fue una gran lección de humildad”, 

Hoy, más de una década después, sigue recorriendo las empresas familiares que ayudó a fortalecer. El grupo incluye joyerías, hoteles, inmobiliarias y negocios editoriales. Genera cerca de 150 empleos directos y ventas anuales sobre los US$ 15,5 millones

Una historia de esfuerzo

Su padre, Guillermo Vázquez, nació en 1919 en un entorno de escasos recursos y perdió a su padre cuando era apenas un niño. A los 14 años comenzó como aprendiz de joyero con su tío, Airolfo Vázquez. Mientras estudiaba, pintaba sobre vidrio y vendía sus cuadros para ayudar a sostenerse. La disciplina con la que su padre creció marcó el camino de Rocío. En 1943, Guillermo, junto a sus hermanos Polibio y Maruja, fundó la joyería Guillermo Vázquez, que con el tiempo se convertiría en una cadena con presencia nacional.

Rocío es la menor de cuatro hermanos. Estudió en el colegio fiscal Garaicoa. En esos años las clases eran de doble jornada. Allí fueron sus profesores Claudio Malo, Juan Valdano y Juan Cordero, quienes de alguna manera apoyaron su formación intelectual. Se describe como inquieta, curiosa y buena estudiante, pero también observadora. 

Un día, mientras almorzaba con su padre en la joyería, se dio cuenta de que muchas de sus compañeras de pueblos cercanos a Cuenca no comían porque no tenían dinero. “Decidimos con una amiga escribirle una carta al presidente Guillermo Rodríguez Lara, diciéndole que cómo podían los estudiantes rendir con el estómago vacío”. Pocos días después, la rectora la llamó a su oficina. “Me puse a temblar porque era muy estricta”, cuenta. 

El presidente respondió la carta y donó 100.000 sucres para crear un comedor con la condición de que los estudiantes consiguieran los alimentos. “Tocamos las puertas de empresarios y amigos de mi papá y lo logramos”. Añade que entendió que una idea puede mover muchas cosas.

Buscando su propio camino

Su sueño era estudiar medicina, pero su padre tenía otros planes. En 1974 la enviaron a España para estudiar el preuniversitario. Pese a que aprobó el programa, su familia decidió mandarla a Suiza para estudiar psicología y francés. “Mi papá pensaba que lo mejor era que me casara y tuviera hijos”. 

Dos años después, volvió a Ecuador. Como en la Universidad Estatal de Cuenca no existía la carrera de Psicología, entró a Sociología, pero no le encantó. Finalmente, convenció a su padre para que la dejara ir a Quito a la Universidad Católica. Pero la vida le tenía otros planes.

Su primera escuela de negocios

En 1978 se casó con un chileno y se mudaron a Estados Unidos. Allá consiguió trabajo en una tienda francesa de ropa infantil. “En la entrevista exageré un poco al decirles que tenía mucha experiencia vendiendo joyas y no era cierto”, admite con una sonrisa. Comenzó como vendedora y poco a poco se fue ganando la confianza de los dueños hasta convertirse en su mano derecha. Llegó a ser gerente y ganar unos US$ 2.800 mensuales, 

Luego de cinco años se mudaron a Chile. La disciplina y la organización son la base de su temperamento. Siempre busca oportunidades. En la década de los ochenta, en Chile no estaba permitido importar ni transferir dólares como pago. “Ahí es cuando empezamos a trabajar con trueque, que hoy parece una anécdota de tiempos pasados. Un amigo de mi papá, Pepe Cordovez, recibía vino chileno como pago de mis exportaciones de cerámica”. Tres años después, el negocio y su vida personal cambiaron, porque se divorció y volvió a Cuenca con sus dos hijos. 

Empezar desde abajo

“Fui a las oficinas de mi papá a pedirle trabajo. Empecé de facturadora, ponía el precio en las joyas. Mi sueldo era bien chiquito”. Las reglas eran muy estrictas. Aprendió el negocio desde abajo, sin privilegios. “Tenía que ser la primera en llegar y la última en salir”, indica.

Durante años observó cada detalle. La empresa manejaba dos líneas principales: joyería estándar y piezas de lujo con brillantes y piedras preciosas. Con el tiempo también se involucró en otros proyectos familiares, entre ellos el hotel El Dorado, que su padre abrió en 1962, porque creía que Cuenca necesitaba hospitalidad de alto nivel. “Un día me dijo: “Te necesito en el hotel y, si no sabes, aprendes’”. Allí trabajó cerca de diez años, hasta que sintió que la ciudad le quedaba pequeña.

Se mudó a Quito en busca de nuevos desafíos. Se integró a la Fundación Ecuatoriana de Promoción Turística, donde llegó a ocupar el cargo de directora ejecutiva y trabajó estrechamente con el sector privado.

En 1998 el presidente Jamil Mahuad la nombró ministra de Turismo. Promovió el modelo de turismo especializado y comunitario, pues se trata de “una industria que redistribuye la riqueza”. Para ella era importante construir una marca país sólida. “Mi propio gremio me criticó e incluso llegaron a declararme persona no grata. Ecuador tiene ventajas competitivas enormes, pero necesitamos políticas de Estado que trasciendan los gobiernos”.

Volver a los orígenes

En 2003 decidió regresar definitivamente a Cuenca. Nuevamente a pedir trabajo. “Quiero ayudarte en la empresa. Y me dijo: ¿En qué? ¿Puedo ser tu secretaria? Respondió: Ya tengo. Me dio un pequeño espacio cerca de la bodega”.

Desde allí, en silencio, empezó a revisar números y detectar problemas. La joyería dependía de distribuidores mayoristas que vendían las joyas en distintas ciudades, pero la cartera de créditos vencidos crecía cada año y el modelo ya no funcionaba. “Cuando le presenté el diagnóstico a mi papá, me preguntó qué le sugería”. Sin rodeos, le propuso apostar por el comercio directo al consumidor. Aceptó a regañadientes. 

El primer paso fue abrir un espacio en Quito, donde las vendedoras pudieran guardar las joyas en bóvedas seguras y atender a sus clientes en un ambiente privado. La estrategia comercial fue decisiva. Con el tiempo, ese modelo evolucionó hacia una red de tiendas propias. Hoy la empresa cuenta con 13 puntos de venta en ocho ciudades del país:  Quito, Guayaquil, Cuenca, Manta, Portoviejo, Machala, Ambato y Santo Domingo. Además de producir sus propias joyas, el grupo también comercializa relojería de marcas suizas reconocidas. 

Lo que empezó en una vitrina terminó convirtiéndose en una operación de mayor escala con el objetivo de sostenerse en el tiempo. Con los años, el negocio fue creciendo y hoy incluye además de las joyerías, tres hoteles, dos empresas inmobiliarias y una editorial. Juntos alcanzan ingresos anuales que superan US$ los 15 millones. 

Su último proyecto es Parc Royale Suites Hotel, un hotel boutique considerado cinco estrellas, ubicado en el centro histórico de Cuenca. Representó una inversión de US$ 4 millones. La idea es ofrecer una experiencia más íntima, donde la arquitectura, el diseño y el servicio personalizado se integren para crear una experiencia única. 

Una nueva oportunidad

Rocío habla sin dramatismo de su infarto cerebral. “Estaba en un matrimonio, me dio un fuerte dolor de cabeza, llegué al hospital con la presión altísima, no recuerdo más... Antes me sentía capaz de hacer todo, era autosuficiente, trabajaba muchas horas y sin horarios”.

Hace algunos años incluso tomó la decisión de entregar en vida su patrimonio para que sus hijos lo administraran. “No juzgo jamás a las personas, cuido mucho mis palabras para no hacer daño. Ya no soy materialista”. Practica yoga y meditación. Ahora mantiene un ritmo distinto.

Sigue visitando las joyerías y los hoteles del grupo familiar, revisa que todo funcione bien y no deja de aportar con ideas. Pero ya no busca tener control, el que marcó su vida durante tantos años. 

Tiene cuatro nietos y pasa largas temporadas en Máncora, en el norte del Perú, en su casa frente al mar. “Me da paz”. Le gusta la música clásica. Desde joven su obra favorita es el Concierto de Aranjuez; toca guitarra y no pierde oportunidad para bailar. “Me encanta la canción ‘Despacito’”. En agosto cumplirá 70 años y ya empezó con los preparativos. “Lo voy a festejar a lo grande en Máncora, bailando sobre la mesa hasta el amanecer”.

Esta cuencana, es de las pocas personas que puede decir que tuvo la oportunidad de empezar dos veces. “Lo primero que hago al despertar es agradecer a Dios porque estoy viva”. (I)

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