El rigor marca la ruta de vida de Carlos Larreátegui
Pedro Maldonado Ordóñez Editor
Pedro Maldonado Ordóñez Editor
La oficina del canciller de la Universidad de las Américas (UDLA) luce impecable. Los grandes ventanales ofrecen una vista impresionante hacia el oriente de Quito. En primer plano se observa la vegetación que rodea al edificio y la quebrada que pasa por Nayón. Luego se puede admirar buena parte de Tumbaco y Tababela, y, en un plano final, está la cordillera de los Andes bajo el típico cielo azul que cubre la ciu-
dad y sus valles en las tardes soleadas.
También se puede admirar el occidente, con el edificio de la universidad como protagonista y el Pichincha como marco de una imagen que muestra la parte moderna de la capital de los ecuatorianos. Empieza la tarde y el ritmo en las afueras del campus es moderado, con estudiantes que llegan y otros que se retiran de los edificios.
El estilo minimalista marca cada espacio de la oficina de Carlos Larreátegui Nardi. Un juego de sillones, un muro falso que crea dos ambientes y una mesa de reuniones con libros en español e inglés son parte de un todo que se complementa con un escritorio de líneas rectas, ordenado, pulcro y elegante. Allí reposan un teléfono, un monitor con su teclado y un puñado de documentos ubicados de manera simétrica. Cada objeto está en su lugar, el desorden no existe.
La academia significa todo para el canciller de la UDLA, hoy de 67 años. Su llegada al mundo de la educación ocurrió cuando era muy joven: a los 20 años ya era profesor en el Colegio Americano y luego, como abogado titulado, fue profesor de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, su alma máter. También pasó por las aulas de la Universidad Central del Ecuador, donde fue profesor de posgrado en la escuela de Relaciones Internacionales. “Mi paso por la Universidad Central fue una buena experiencia”.
Su trayectoria también lo llevó por el sector público, así como por el mundo del derecho, en donde se declara como un abanderado de la conciliación y la mediación. “Así soy en todo aspecto de mi vida, evito el conflicto”, declara este académico que lee sobre política, economía y filosofía. “Me interesa mucho entender la dinámica de lo contemporáneo, la irrupción de las tecnologías y el impacto en las sociedades, cómo está cambiando la configuración del mundo”. A continuación está la visión de Larreátegui sobre la academia, la UDLA y el sector público, donde sumó algunos aprendizajes.
“Tanto la universidad como la sociedad han pasado por cambios drásticos. Cuando comenzamos la UDLA, hace 30 años, al igual que otras universidades, éramos de alguna forma intermediarios del conocimiento y del empleo, el repositorio del conocimiento. Aquí acudían los estudiantes para adquirir nociones y técnicas profesionales. Ahora el conocimiento se ha ido diseminando gracias a las nuevas tecnologías; el rol de la universidad ha cambiado y hemos dejado de ser ese intermediario. Lo que tenemos ahora como misión fundamental es la formación de buenos ciudadanos, armados con valores, con pensamiento crítico, con habilidades y destrezas duraderas. Hoy el conocimiento está por doquier, pero es fugaz. Por eso, tenemos que ofrecer capacidad de adaptación, de inventarse y reinventarse.
Hace unas décadas, la universidad ecuatoriana no generaba pensamiento crítico, no generaba investigación importante para los problemas del Ecuador, había algo, pero era muy incipiente. Hoy vemos que la investigación es fundamental para influir en la enseñanza, porque la investigación debe estar conectada con la docencia. Antes, la universidad vivía en una especie de torre de marfil, desconectada de la realidad, de la empresa y del mundo laboral, muy atravesada por ideologías políticas. Eso condicionaba las clases y la universidad vivía aislada del mundo. Entonces, el tránsito hacia la realidad era muy doloroso y difícil.
Las universidades en el país son organizaciones sin fines de lucro, pero competimos con compañías extranjeras que sí tienen fines de lucro. Son empresas que buscan negocio, simplemente otorgan credenciales y se pierde el sentido de la universidad, que es realmente formar personas y contribuir a su bienestar personal. Se piensa que lo que sirve es el título y, mientras más rápido se obtiene un cartón, mejor. Así, uno pierde de vista lo que realmente da la universidad, que es mucho más que un cartón o un simple aval profesional.
Competir es difícil porque en el Ecuador a las universidades nacionales se nos exige una serie de condiciones complejas, pero curiosamente se abrieron las puertas a universidades de afuera que no cumplen las regulaciones, como tener profesores a tiempo completo, aportes en investigación o la acreditación. El Estado debe permitir de alguna manera que las universidades compitamos en una condición de igualdad siempre persiguiendo la excelencia.
La universidad pública, por su parte, cumple su función, y la privada es un complemento importante. La universidad pública debe ser la mejor, es decir, el país debe tener realmente una educación pública de calidad. El tema es que la universidad pública está condicionada por temas políticos, conflictos. Una buena reforma sería la del gobierno universitario público, donde las elecciones de autoridades se hacen sobre la base de mérito, de la experiencia y la trayectoria”.

“Cuando yo me hice cargo teníamos alrededor de 2.000 estudiantes, hoy tenemos 23.000. Nuestros graduados son personas formadas en valores y apasionadas por lo que hacen. Están en los diferentes estamentos de la sociedad y eso es lo más importante. Estamos imprimiendo un sello en la sociedad que permite que la universidad se convierta en una institución social, no es simplemente una universidad privada.
Procuramos tener acercamiento con los empleadores, sean empresas, sector público u organizaciones no gubernamentales. Siempre buscamos ese acercamiento para entender las necesidades del mundo laboral y formar a nuestros estudiantes con ese sentido. Pero todavía nos falta, creo que seguimos encapsulados en un cierto mundo que a veces no corresponde a la realidad del Ecuador y de la sociedad moderna. Ese es un esfuerzo permanente que tenemos que hacer.
En investigación nos enfocamos en los problemas del Ecuador. Muchas universidades hacen investigación solamente para aparecer en los rankings y a veces se publica por publicar. Entonces, se publican una cantidad de cosas que no tienen ninguna importancia para el Ecuador. Nuestro principio rector es siempre hacer trabajos relacionados con problemas del Ecuador y por eso estamos citados en las mejores revistas en investigación.
Un profesor debe ser una persona formada, una persona con empatía y una persona que ama la juventud; también tiene que ser disciplinado y cumplido en sus obligaciones”.
“Tuve la suerte de trabajar en el sector público con mentores y líderes realmente extraordinarios. Por ejemplo, mi función como secretario general de la Administración, con el presidente Sixto Durán-Ballén, fue inspiradora. Era un hombre extraordinario, no solo desde el punto de vista ético, muy riguroso, correcto, tenía unas virtudes extraordinarias. Fue un trabajo muy interesante y aprendí muchísimo con él.
La parte mala del sector público es que incluso en esa época la política ya se estaba convirtiendo en un ejercicio destructivo. Era difícil emprender acciones. A mí me encantaba la política; de niño, y con el ejemplo de mi papá, ya tenía ese gusto por ese campo. Estudié para aquello con la ilusión de hacer cambios en la sociedad, de transformar las vidas de los ciudadanos. Y la verdad es que uno se topa con barreras, conflictos permanentes y eso solo se ha ido agravando en estos últimos años. Por eso, pienso que desde la educación se puede hacer mucho más y he optado por simplemente dejar la política, dedicarme por entero a la educación.
En el sector público deben estar los mejores talentos, porque finalmente es el bienestar colectivo el que se juega desde el Estado. Pero no puedo desconocer el problema de la política, este conflicto de alguna manera también ahuyenta a muchas personas, a muchos talentos. Hay que recuperar la administración pública y tratar de que los mejores vayan a manejarla; eso también es nuestra tarea en la UDLA.
El sector público es un sector gigantesco, pero muy débil; no es eficiente, no llega a los ciudadanos y no transforma las condiciones. Lo que hay que buscar es que ese sector sea eficiente. Hoy en día vemos una incapacidad del Estado por resolver temas fundamentales de la sociedad, como la seguridad”.
“Me formé también en el área empresarial, hice un doctorado justamente en Empresa y en Gestión. Eso me permitió durante mi carrera ser parte de varios directorios. A los 37 años tuve una empresa de sondeos de opinión.
Cuando ejercía como abogado, fui socio de un bufete y tenía a cargo, entre otras tareas, gestionar el despacho y eso exigía nociones de gestión. Leo mucho también sobre temas empresariales y, aquí en la universidad, me he fogueado mucho en la administración y el liderazgo. De alguna manera he podido conectar todos esos conocimientos y ponerlos
en práctica.
Si me preguntan en qué ámbito estuve más cómodo, sin duda es en la educación. La enseñanza es mi hilo conductor, lo que más me ha apasionado. Me iba muy bien en el ejercicio profesional y había formado, junto a los socios, un estudio grande, importante, que me permitía trabajar y vivir adecuadamente. Sin embargo, tomé la decisión de quemar las naves y dedicarme a lo que realmente me apasionaba, que es la academia.
En el estudio jurídico me incliné por el derecho societario; no hacía litigios y evitaba los conflictos y los enfrentamientos. Siempre voy por el lado de la conciliación, de la mediación, del acuerdo, creo que eso es lo que permite construir las sociedades.
Dejar el estudio jurídico y dedicarme a la universidad fue una apuesta arriesgada porque la UDLA era un proyecto que arrancaba, pero realmente me siento realizado”. (I)