Consiguió a Cristiano Ronaldo, convirtió su liga de fútbol en destino de algunas de las principales figuras internacionales y levantó hoteles y resorts de lujo en lugares donde hasta hace pocos años prácticamente no existía una industria turística. Ahora, Arabia Saudita sumó otro objetivo a su estrategia para ganar relevancia global: convertirse también en un destino gastronómico.
La apuesta ya consiguió un primer resultado. La Guía Michelin desembarcó por primera vez en el país con una edición 2026 que seleccionó 51 restaurantes de Riad, la capital saudita; Jeddah, una de las principales ciudades del país sobre el Mar Rojo; y AlUla, el destino turístico y arqueológico del noroeste.
Sin embargo, dejó una señal que revela hasta dónde puede llegar el dinero y dónde empiezan a pesar otros factores: ninguno recibió una estrella Michelin. Once establecimientos consiguieron la distinción Bib Gourmand, destinada a restaurantes con buena relación entre calidad y precio, y otros 40 ingresaron como recomendados.

El resultado no significa un fracaso. Michelin acaba de desembarcar en un mercado gastronómico todavía joven y sus propios inspectores describen una escena en rápida transformación, con una fuerte base de cocina saudita y una creciente presencia de propuestas japonesas, chinas, francesas y libanesas.
Pero la ausencia de estrellas instala una pregunta incómoda para un país acostumbrado a acelerar cambios a fuerza de inversión: ¿se puede construir prestigio gastronómico con la misma velocidad con la que se construye un hotel, un estadio o un resort?
De Cristiano Ronaldo a la alta cocina
La gastronomía forma parte de una estrategia mucho más amplia. Desde 2016, Arabia Saudita impulsa Vision 2030, el plan nacional de transformación económica y social creado para reducir la histórica dependencia del petróleo y diversificar la economía mediante inversiones en sectores como turismo, entretenimiento, deporte, cultura, tecnología e infraestructura. El programa también busca atraer inversión internacional y reposicionar al reino como un destino global.

El fútbol se convirtió en una de las vidrieras más visibles de esa transformación. Cristiano Ronaldo llegó al Al-Nassr a comienzos de 2023 y, ese mismo año, el Public Investment Fund saudita tomó el 75% de cuatro de los principales clubes del país: Al-Nassr, Al-Hilal, Al-Ahli y Al-Ittihad. La liga comenzó entonces una ofensiva para atraer jugadores de primera línea y utilizar al deporte como herramienta de posicionamiento internacional.
El turismo siguió una lógica semejante. Arabia Saudita registró alrededor de 123 millones de turistas durante 2025, entre turismo doméstico e internacional, un 6% más que el año anterior. De ese total, 29,3 millones fueron visitantes internacionales, mientras que el gasto turístico conjunto alcanzó los 304.000 millones de riyales sauditas, unos US$ 81.000 millones.
El objetivo original de alcanzar los 100 millones de turistas anuales para 2030 se cumplió antes de tiempo, por lo que el Gobierno elevó la meta a 150 millones de turistas —domésticos e internacionales— por año. En ese escenario, la alta gastronomía dejó de ser un detalle para convertirse en otra pieza necesaria de la infraestructura turística.
Chefs Michelin en medio del desierto

Pocos lugares resumen mejor esa transformación que AlUla. El antiguo oasis del noroeste saudita, rodeado de formaciones rocosas y sitios arqueológicos nabateos, se convirtió en una de las grandes apuestas turísticas. Los nabateos fueron un antiguo pueblo árabe que controló importantes rutas comerciales en la región y dejó ciudades monumentales excavadas en la roca, como Petra y Hegra.
Hoy, AlUla concentra hoteles de lujo, arquitectura monumental, festivales culturales y restaurantes internacionales. Allí abrió Maraya Social, del británico Jason Atherton, sobre la azotea de Maraya, el gigantesco edificio espejado levantado entre las montañas de Ashar Valley. Atherton desarrolló su carrera alrededor de restaurantes distinguidos por Michelin y llevó a AlUla una propuesta que mezcla influencias europeas con ingredientes y sabores regionales.
También llegó Alain Ducasse, uno de los nombres más influyentes de la gastronomía francesa contemporánea. Su proyecto en AlUla trabajó con productos del oasis —desde dátiles hasta cítricos y vegetales cultivados localmente— y combinó técnicas francesas con el concepto de oasis to table que las autoridades del destino buscan convertir en una identidad culinaria propia.
La lista de nombres internacionales sirve para entender la magnitud de la ambición, pero también expone una diferencia importante. Que un chef tenga estrellas Michelin en Londres, París o Mónaco no significa que su restaurante saudita las herede.

Michelin califica a cada establecimiento de manera independiente y sus inspectores visitan los restaurantes de forma anónima, aplicando los mismos criterios que utilizan en el resto de los mercados.
Michelin llegó, pero no las estrellas
La primera edición saudita terminó precisamente demostrando esa independencia. Michelin encontró restaurantes suficientes como para construir una guía de 51 establecimientos, pero no consideró que ninguno alcanzara todavía el nivel necesario para recibir su máxima distinción.
La selección tampoco quedó limitada a restaurantes de lujo importados. Incluyó cocina saudita, propuestas de Medio Oriente y establecimientos de distintos niveles de precio, mientras que los Bib Gourmand reconocieron especialmente el valor gastronómico por encima del despliegue o el lujo. Michelin presenta a la cocina saudita como una escena marcada por identidades regionales, productos del Mar Rojo, carnes, arroces y tradiciones que ahora conviven con influencias internacionales.
Ese punto puede terminar siendo decisivo. Dubai, Abu Dhabi y Doha construyeron durante años circuitos gastronómicos apoyados en hoteles cinco estrellas y sucursales de grandes restaurantes internacionales.
Arabia Saudita parece haber entendido que importar marcas y chefs puede acelerar el proceso, pero que una escena gastronómica reconocible necesita además productores, cocineros locales, continuidad y una identidad capaz de diferenciarse de sus vecinos.
La estrella, sin embargo, todavía falta. Y justamente ahí puede estar la parte más interesante del experimento saudita: el dinero puede comprar infraestructura, contratar talento y reducir los tiempos de desarrollo, pero Michelin necesita algo que no se inaugura con una cinta ni se anuncia en una conferencia de prensa. Exige consistencia.