En Sintra, justo más allá de los palacios y los bosques cubiertos de musgo que han convertido a la región en Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, existe un espacio cultural que se resiste a darse a conocer.
Esa es su primera instrucción.
La Fundación Albuquerque no se integra en el paisaje, sino que se funde con él. Un tejado emerge lentamente de la ladera, como si el terreno hubiera decidido —solo recientemente— dar cabida a la arquitectura. Los senderos descienden sin ceremonias. Los muros aparecen solo cuando son necesarios. La galería principal está parcialmente enterrada, tallada en la ladera con tal delicadeza que parece más un descubrimiento que una construcción.
No se llega a ello.
Tú entras.
Y esa distinción —llegada versus entrada— es la clave para comprender la obra de Thiago Bernardes y la práctica más amplia de Bernardes Arquitetura.
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