Creció, cayó y se reinventó
Lo que empezó como una apuesta por la pitahaya terminó convirtiéndose en Mucha Fruits, una empresa que en 2025 facturó US$ 4,5 millones. Dos crisis consecutivas lo llevaron a redefinir su negocio.

En 2025, Julio César Calderón Noblecilla redefinió Mucha Fruits. No por falta de mercado ni de fruta, sino por miedo. Dos golpes consecutivos tambalearon su negocio y le obligaron a tomar decisiones que cambiaron para siempre la forma en que nació su empresa.

Tiene 37 años, una operación internacional en marcha y una empresa que durante varios años creció a doble dígito. Sin embargo, la reducción de casi el 50 % en las compras de su principal cliente en Estados Unidos y el incumplimiento de pago de otro distribuidor lo llevaron a una crisis. “Fue un wake-up call. El miedo empezó a envolverme, y eso es lo peor que le puede pasar a un emprendedor”, 

Julio César creció en Machala. Estudió en el Liceo Naval y al graduarse, no sabía si irse al Zamora con una beca académica o un año de inglés en Estados Unidos. La decisión no fue suya. Te vas un año a estudiar inglés, me dijo mi madre”.

De regreso, en 2005, ingresó a la Universidad San Francisco de Quito. Pensó en agroindustria, pero se decidió por administración de empresas. En 2012 volvió a Machala para incorporarse a Exportadora Calderón Noblecilla (Excalnob), la empresa familiar dedicada a la comercialización de camarón y banano. “Ganaba USD 1.000 más bonos por ventas. Eso me permitió ahorrar y pensar en algo propio”.

Dos años después arrendó pequeñas camaroneras y vendía el producto a empacadoras. “En ese entonces, el kilo de camarón rondaba los US$ 6”. 

El cambio de negocio llegó en 2018, cuando viajó con su amigo estadounidense Andrew Frazone a la Amazonía. Por casualidad llegaron a Palora, en la provincia de Morona Santiago. “Fue la primera vez que probé pitahaya”. Este cantón, con poco más de 11.000 habitantes, según el Censo de Población y Vivienda de 2022, se ha consolidado como el epicentro del cultivo de esta fruta en Ecuador.

De acuerdo con información del Ministerio de Agricultura y Ganadería y de los gobiernos locales, Palora concentra una de las mayores superficies sembradas de pitahaya del país, con más de 1.500 de pequeños productores. La zona es conocida como la capital mundial de esta fruta.

Por curiosidad empezó a investigar. La pandemia aceleró todo. Encerrado junto a su esposa, empezó a buscar información sobre el negocio de las frutas exóticas. “Escribimos decenas de correos hasta que llegó el primer pedido desde Estados Unidos por US$200.000. No dudó en decir que sí. “Salté al agua sin saber nadar”.

Manejó más de 10 horas hasta Palora, contactó productores y, tres semanas después, envió su primer cargamento de 15.000 kilos. “En ese momento, el kilo se pagaba a más de US$ $4. Hoy ronda apenas US$ 1,50”.

En 2021 el negocio tomó velocidad. La cadena de supermercados Sprouts, con más de 300 tiendas en Estados Unidos, se convirtió en su principal, por no decir único cliente. Cerró el año con US$ 2 millones en ventas y 150.000 kilos exportados y una red de 30 proveedores. En 2022, junto a su esposa y su hija de dos años, se mudó por seis meses a vivir en la pequeña población. Habitaban una casa de madera de apenas 100 metros cuadrados. “Mucha no significa cantidad. En quichua significa beso”, explica sobre el nombre de la empresa.

En 2023 decidió radicarse en Quito por razones logísticas. Empezó a trabajar con pitahaya roja, que compraba en Manabí. “Tercericé el empaque y ahí llegaron los problemas: fruta con hongos, mitad podrida. Me rechazaron el pedido y perdí US$ 20.000”.

La lección fue inmediata. Si quería seguir, debía tomar control. Invirtió US$ 1,5 millones en una empacadora de 3.000 metros cuadrados y centralizó la operación en Tambillo, en el sur de Quito. Ese año cerró con ingresos por USD 6 millones y cerca de un millón de kilos vendidos.

En 2024 llegó el segundo golpe. Un cambio en la gerencia de Sprouts alteró la relación comercial y los pedidos cayeron en casi 50 %. El impacto fue inmediato. Era su único cliente. “No puedes tener todos los huevos en una sola canasta”.

Salió a buscar compradores. Ferias, llamadas, reuniones. Bajó la cabeza y aceptó pedidos pequeños. “Aprendí que hay que ser suficientemente humilde. Ignoré a un distribuidor porque pedía uno o dos pallets y hoy es uno de los más importantes”.

En esa búsqueda desesperada por diversificar apareció el tercer golpe. La empresa estadounidense Terra Fresh empezó a comprarle producto. Prometía volumen y estabilidad. No cumplió. y esa empresa lo dejó con una deuda de US$ 400.000. “Pequé de confiado. Y también de soberbio”.

El miedo lo paralizó. 2025 comenzó con depresión. “No quería seguir en el negocio”. Reconoció la crisis y se refugió en el deporte. Tres semanas después reaccionó. Habló con su esposa. Decidieron continuar.

Una inversión previa en bienes raíces en Machala le dio oxígeno. Consiguió un crédito bancario de US$ 300.000 para cubrir el bache de liquidez. Cerró el año con US$ 4,5 millones en ventas, 10 clientes activos, cinco en Estados Unidos, tres en Francia y dos en Asia y cerca de un millón de kilos exportados.

Según el Ministerio de Producción, Comercio Exterior e Inversiones, la pitahaya ecuatoriana alcanzó cerca de US$ 290 millones en 2025. Estados Unidos concentra el 75% del mercado, seguido de Europa y Asia.

 Julio César insiste en que emprender es difícil en cualquier parte del mundo, sobre todo cuando el miedo te agobia.  Aun así, cree que Ecuador está lleno de oportunidades. No olvida una frase de su padre: “Si te metes en algo, hazlo bien. En productos exóticos, el mercado está afuera”.

Para 2026 apuesta por la diversificación. Producción de pulpa congelada de pitahaya, maracuyá y guanábana que ya se vende en los supermercados de Corporación Favorita y alista su primera exportación a Japón. Además, planea instalar vending machines de smoothies en clubes y gimnasios. Cada vaso costará alrededor de US$ 3,50.

Tiene dos hermanas mayores, cada una con su propio camino. Ninguno de los tres tiene en mente la empresa familiar. “Mi papá no hizo la transición a tiempo y me duele pensar que termine en otras manos. Eso no quiero que me pase a mí”. (I)