Era marzo de 2020. La bodega de Urbe Fashion estaba llena. Decenas de cajas permanecían listas para salir hacia las principales cadenas de retail del país. Días antes, Sandra Urbina había entregado cerca de US$ 40.000 en mercadería y tenía pedidos confirmados por más de US$ 150.000. La producción estaba lista para despacharla. Recuerda que el año había comenzado con pie derecho. En 2019 lograron ventas por US$ 1,3 millones y todo apuntaba que volvería a romper sus propios récords.
Entonces, empezó el confinamiento por el Covid-19. En cuestión de días los almacenes cerraron sus puertas, los pedidos fueron suspendidos y la fábrica se paralizó.
La preocupación de Sandra era más grande de lo que tenía embodegado. Cada fin de mes debía conseguir unos US$ 35.000 para pagar nómina, además de arriendo, IESS y proveedores.
“Por primera vez sentí que podía perderlo todo. Lo más fácil habría sido cerrar”. La decisión fue seguir. Redujo a la mitad el número de colaboradores. “Les pague con dinero, también con máquinas de coser, cortadores, insumos y prendas de vestir. Nadie recibió menos de US$ 4.000”.
Pocas semanas después apareció una oportunidad. Su hermana le comentó que un empresario necesitaba fabricar 400.000 batas quirúrgicas destinadas a un programa de donaciones. Nunca habían producido ese tipo de prendas, pero no dudó en aceptar. El taller se trasladó a la casa de sus asistentes. Llegaron a confeccionar 140.000 blusas quirúrgicas. La falta de dinero seguía, porque las cadenas comerciales no le compraban nada.
“Lloré con angustia, pero me dije no voy a darme por vencida”.
Ese fin de semana no había estrategia de negocio y la incertidumbre le mataba. Sandra y su esposo cargaron en el vehículo varias cajas y salieron rumbo Santo Domingo. Pararon en los pueblos durante el trayecto, ofreciendo personalmente cada prenda. “Logramos vender unos US$ 400. Además, participaron en varias ferias y bazares. Blusas que antes vendían US$ 25, las dejaron en US$ 5 y US$ 8.
"La pandemia me enseñó que nunca puedes poner todos los huevos en una sola canasta."
Cinco años antes, Sandra tuvo que levantarse de nuevo
En 2015 un empresario dedicado al negocio de los catálogos comenzó a comprar grandes volúmenes de producción. Al principio los pagos llegaban puntuales. En apenas seis meses había despachado alrededor de US$125.000. Un día el pagó no llegó. “Me debían unos US$ 80.000. Logré recuperar la mitad”.
Sandra nació en Chical, un pequeño poblado de la provincia de Carchi hace 54 años. Es la undécima de 15 hermanos. De niña confeccionaba vestidos para su única muñeca. A los 12 años sus padres le enviaron a Quito a estudiar. Se graduó como contadora en el colegio Andrés Bello.
La moda apareció por accidente en su vida. “En la fábrica que elaboraban los uniformes militares necesitaban una ayudante para cumplir con el trabajo y mi prima me preguntó si quería ayudarles y acepté”. Nunca más salió de la industria.
Por once años fue parte de Usual, una fábrica de jeans. Empezó en el área de máquinas hasta convertirse en gerente de producción. Salió por una diferencia con su entonces jefe y a empezar de muevo. “Un excompañero tenía un emprendimiento de moda y me propuso hacernos socios. Saqué un préstamo por US$ 10.000”. La sociedad duró poco y su hermana y cuñado compraron su parte y apostaron por Sandra.
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Así comenzó la historia de Urbe Fashion. En 2015 una cadena de retail adquirió sus prendas. Al principio les entregaba unas 3.000 piezas mensuales. Luego vinieron otras tiendas departamentales a las que les entregaba como línea blanca. En 2019 empleaba a 70 personas, trabajaba con 30 talleres aliados, confeccionaba unas 15.000 prendas mensuales y la facturación era de alrededor de US$ 1,3 millones. Hasta que llegó la pandemia.
La crisis sanitaria dejó una empresa más pequeña, con menos ventas y nuevas deudas. Cuando las cadenas comerciales comenzaron a hacer pedidos nuevamente en 2021, las ventas empezaron a recuperarse hasta bordear los US$700.000 en 2022. “Sobrevivimos y entendí que no podía volver a lo mismo”.
Urbe y una nueva estrategia
Mientras ella luchaba por mantener encendidas las máquinas, una siguiente etapa se gestaba a 4.000 kilómetros de distancia. Su hija Carla Fuentes estudiaba diseño de moda, estilismo, producción y fotografía en Buenos Aires. Luego de nueve años en Argentina encontró una visión distinta de la industria textil. “Nunca me sentí cómoda con el fast fashion. Me interesé por la sostenibilidad, con materiales de origen certificado y con ropa para durar. Todo lo contrario, a lo que mi mamá hace”.
En 2024 volvió al país con una propuesta totalmente distinta a lo que Sandra había construido en la empresa. “Yo decía que nunca voy a trabajar ahí”. Su sueño implicaba un giro de 180 grados. Menos producción, reducir residuos y evitar micro plásticos. Sandra escuchó a su hija y crearon la línea Urbe, enfocada en pequeñas colecciones cada tres meses, con un máximo de 35 prendas por diseño, utilizando materiales seleccionados y procesos orientados a la sostenibilidad.
La marca abrió su primera tienda en Cumbayá en julio de 2025, con una inversión cercana a US$80.000, de los cuales US$15.000 se destinaron a la readecuación del local. Ese año registró ventas por alrededor de US$150.000, que junto a Urbe Fashion llegaron al US$ 1 millón.
Entre risas confiesan que no ha sido fácil trabajar juntas. “Mi mamá es acelerada, quiere resultados rápidos, mientras yo analizo todo y pienso mucho en el impacto ambiental. Mi hermana menor, Nayeli, es la intermediaria y se encarga del área administrativa”.
Actualmente, mientras Urbe Fashion continúa elaborando cientos de miles de prendas para terceros, Sandra asegura que esta nueva reinvención le permitió entender que el éxito de una empresa no se mide por la cantidad de ropa que produce, sino por su capacidad de evolucionar y siente orgullo de aprenderlo de la mano de sus hijas. (I)