Torres: El costo de las aguas residuales
ISA, Ingeniería y Servicios Ambientales diseña, construye y opera infraestructura de tratamiento de aguas residuales en un mercado que todavía está en desarrollo. Fundada por Alex Torres, la empresa trabaja con clientes en industrias, minería y servicios. En 2025, facturó US$ 2 millones.

Quito genera cerca de 3.400 litros de aguas residuales por segundo, según estimaciones de la Empresa Pública Metropolitana de Agua Potable y Saneamiento (EPMAPS). De ese volumen, apenas alrededor del 3 % recibe tratamiento. El resto se descarga en ríos como el Machángara y el Guayllabamba. Con más de 2,7 millones de habitantes, la ciudad no cuenta con un esquema integral para limpiar sus aguas, a diferencia de Cuenca.

En ese contexto opera ISA, una industria ecuatoriana que limpia el agua contaminada de fábricas con filtros, químicos y bacterias naturales.

Pero la historia de Alex Torres no empezó con una operación en marcha, sino con una que falló.

En 2003, durante la inauguración del complejo de tratamiento de aguas residuales del camal de Quito, frente a todas las autoridades el sistema colapsó en minutos. “La malla de filtración se obstruyó, el agua se desbordó y el olor era insoportable”. El costó superó los US$ 32.000 y el proceso de construcción tomó un año.

“No había cómo esconderme. Ahí entendí que diseñar es una parte. Lo difícil es que funcione todos los días”.

De niño, Torres quería ser inventor. “Soñaba con construir una máquina donde por un lado entre tierra y por el otro salga oro”. Recuerda que tenía un juego de química y pasaba horas mezclando sustancias, probando, fallando y volviendo a intentar. Quería descubrir.

Ingresó a la Escuela Politécnica Nacional y eligió Ingeniería Química, porque era lo más cercano a ser inventor. De 1.000 estudiantes, solo siete terminaron la carrera.

El último año, un profesor le propuso diseñar como tesis de grado una solución de tratamiento para una empresa textil en Pifo, en el oriente de Quito. Fue su primer contacto directo con el problema.

“El agua salía roja o azul y se iba al río”, dice. “La carga contaminante era alta y había que probarlo”. 

El documento de 158 páginas que aún conserva en su oficina planteaba un sistema químico en tanques de hormigón con carbón activado. Con orgullo lo compartió con Forbes Ecuador. 

No sabe si su propuesta se implementó, pero si entendió que en su profesión quería resolver problemas reales.

Una vez graduado, ingresó a la empresa familiar, vinculada a la optimización energética industrial. 

“Le dije a mi papá que quería trabajar ahí y me respondió: aquí lo único que hay es un puesto de vendedor”.

El primer contrato llegó fuera de la oficina. En el ascensor del edificio se encontró con un empresario textil que estaba construyendo una fábrica, conversaron y le presentó una propuesta y cerró una venta de US$ 40.000

“Mi papá me dio el 5% de comisión y me dijo que compre un buen whisky para recordar la sensación”.

En ese periodo participó en la venta de unas 15 instalaciones. Meses más tarde asumió la gerencia de ventas y luego la gerencia general. Después de diez años decidió salir, para evitar problemas en la relación familiar. “Las empresas familiares son complejas”.

Tras su independencia, participó en una operación de US$ 2 millones para la remoción de arsénico en Tumbaco. Luego de eso en 2011 fundó ISA con tres personas.

Uno de los contratos que marcó a la empresa fue la infraestructura de tratamiento aguas del aeropuerto de Baltra, en Galápagos. La ejecución tomó ocho meses y generó pérdidas cercanas a US$ 1 millón.

“Todo costaba cuatro veces más”.

Las tuberías llegaban por avión porque en barco el traslado tardaba un mes.  Durante la operación inicial, una tubería aérea falló y lanzó agua sobre pasajeros. 

“Paramos todo y tuvimos que dar explicaciones. Sabía que siempre debía dar la cara y eso daba credibilidad al negocio”.

Ese trabajo redefinió el alcance de la empresa, dice.

“Si lo podíamos hacer en Galápagos, podíamos hacerlo en cualquier parte”.

Desde entonces, ISA ha construido cerca de 100 plantas en Ecuador. Trabaja con sectores industriales, mineros y aeroportuarios. Entre sus clientes están Ecuacorriente, Lundin Gold, Quiport y Mars.

En 2025, facturó US$ 2 millones, cuenta con 35 colaboradores y 20 clientes activos. “Muchas veces sentí miedo”.

En 2016 ejecutó la ampliación del sistema de tratamiento del aeropuerto de Quito, con una inversión cercana a US$ 1 millón, para remover nitrógeno y fósforo asociados a los residuos de las aeronaves.

Cada metro cúbico de agua tratada cuesta entre US$ 0,90 y US$ 1. En una operación de 2.000 metros cúbicos diarios, el gasto puede llegar a US$ 2.000 al día. “Una infraestructura de este tipo no genera ingresos. Es un costo”.

El valor de estas estructuras varía según su escala y van desde US$ 100.000 hasta más de US$ 2 millones. “El margen de ganancia puede llegar hasta un 20 %”.

Torres explica que desde 2007 existe la normativa que obliga a tratar aguas residuales, pero, reconoce que la adopción es todavía desigual.

Hoy estas operaciones funcionan con biomasa, bacterias que, con oxígeno, degradan contaminantes. Se suma la inteligencia artificial que monitorea en tiempo real la calidad del agua y nuevas apuestas como la nanotecnología, con materiales capaces de absorber metales como el arsénico sin necesidad de reemplazo por décadas. 

“Hoy puedes reutilizar el agua hasta diez veces”.

El negocio no solo está en construir estos sistemas, sino en operarlos, medirlos y garantizar que cumplan normas ambientales mes a mes. 

 A Torres le preocupa el desinterés que todavía existe en parte del sector industrial. Pero más le inquieta que Quito no cuenta con una respuesta estructural para tratar sus aguas. Según sus cálculos construirla costaría alrededor de US$ 500.000.

“El tratamiento de agua no es opcional, solo es invisible hasta que se vuelve un problema”.

En su casa tiene una compostera, donde se hace cargo de sus residuos, los mide y los transforma y los reduce con la misma lógica que aplica en su empresa. (I)