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Mi padre catalogó, archivó, etiquetó y recopiló todas las veces que daba un paso. Ahora, incluso, los registra en un dispositivo en su muñeca. No se olvida de seguir caminando.

12 Junio de 2024 15.36

Algunos coleccionan el apellido de sus nietos antes de dormir, otros estampillas de cartas que no se envían y hay gente más sensata que le encanta coleccionar sonidos agradables. Tenemos una fascinación por coleccionar cosas y, en definitiva, los hombres somos una colección de errores. Mi papá, en cambio, es de aquellos seres extravagantes que coleccionan pasos. 

Los coleccionistas de pasos se cuentan con los dedos (del pie) y, por eso mismo, son muy escasos. Esto hace que se vuelva difícil intercambiar los objetos coleccionables, a diferencia de lo que sucede con las estampitas de los álbumes del mundial, pero mi papá se empeña en ser uno de ellos. Es un bicho raro porque a pesar de que el tiempo pasa, se sigue empeñando incansablemente en coleccionar estos objetos para luego, suponemos, dejarnos a sus hijos todos los pasos que ha coleccionado como parte de su legado.

Cuando era pequeño no entendía el porqué de su habitual ausencia, a diferencia de la permanente presencia materna. Con el tiempo comprendí que se pasaba coleccionando pasos todo el día. Sin embargo, a pesar de no estar muchas veces, siempre me abrazó cuando me despertaban truenos las noches de lluvia. Si escuchaba alguna amenaza por la noche, era del tipo de personas con poca vergüenza, pero mucha determinación que salía en calzoncillos al patio armado con una espátula y mucho coraje. No sé si llevado por hacer pasos o por la posibilidad de protegernos, pero siempre salía. Siempre había una carcajada encantadora, incluso antes de quedarse dormido, y muchas risas, aunque los chistes sean malos.

Mi padre catalogó, archivó, etiquetó y recopiló todas las veces que daba un paso. Ahora, incluso, los registra en un dispositivo en su muñeca. No se olvida de seguir caminando. Por eso, cuando estoy cerquita, veo la habitación donde guarda estos objetos llena de valor y recuerdos. Es ahí cuando levanto la mirada, le veo hacia arriba que es la forma que se debe ver a un padre por esa enorme admiración que siento por él y siento que me recorre por la espalda el orgullo inmenso de llevar su nombre.

A veces olvidamos que, bajo su atuendo de todos los días, se esconde un ser humano lleno de habilidades y poderes especiales que se activan cuando sus hijos necesitan un hombro para llorar o un momento para reír. Porque, aunque yo tenga cuarenta y siete y el más de cincuenta y quince, seguiré viendo su capa y aunque “ahora ya camina lerdo, como perdonando el viento”, como dice la canción de Piero, el seguirá siendo mi héroe, aquel Indio Comanche que utilizaba sus dedos magnéticos para vencer a los villanos, hacerme cosquillas y sentirme seguro. 

Ahora los pasos son más sosegados a diferencia de los que daba con un poco menos de edad, que eran ligeros y veloces. Pero siguen siendo pasos, porque no se ha cansado de coleccionarlos ni nosotros de ver sus huellas. Al final del día, todos coleccionamos por las noches algunas cosas en la oscuridad de nuestra habitación. Mi papá siempre se despertó a la madrugada y hacía kilómetros de pasos todos los días para hacer camino al andar. Incluso hizo maratones. El caminaba de la misma forma como yo buscaba insectos para ponerlos en esas planchas de espumaflex. Luego pasé a coleccionar monedas y hoy, curiosamente, me gusta coleccionar gestos amables. Algún rato me platearé coleccionar pasos y seguir su ejemplo; sin embargo, de momento prefiero seguir buscando bichos raros y despertarme a media mañana. Las mariposas de colores imposibles siempre me esperan, las caricias y los buenos días también. Despertarse a la madrugada es de héroes y mi viejo eso es. Sin duda, es el mejor tipo mi viejo, “que anda solo y esperando, tiene la tristeza larga, de tanto venir andando. Yo lo miro desde lejos, pero somos tan distintos; es que creció con el siglo, con tranvía y vino tinto. Viejo mi querido viejo… yo soy tu sangre, mi viejo; soy tu silencio y tu tiempo”, tal y como nos recuerda la canción.

Sin duda, toda la culpa de que seamos unos desequilibrados de la cabeza la tienen nuestros padres. Pronto me convertiré en coleccionista de pasos, mientras tanto, intento poner mi pie en la huella inmensa que va dejando quien me precede. Y eso es algo por lo que le tengo que estar eternamente agradecido, viejo, mi querido viejo. (O)

*Este artículo, con algunos matices, se publicó en la Revista Forbes No. 18 de junio 2024, versión impresa.

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