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¿Y por qué se escriben las memorias de un viaje? Tal vez, para dejar un testimonio, para esquivar el olvido y afirmar la memoria. Tal vez porque cuando uno va escribiendo, al ritmo de las teclas del ordenador, revive el trotecito, el paso sostenido o el galope corto. Escribir las memorias es como volver a viajar.

12 Enero de 2022 12.41

Sobre la literatura de viaje  

La literatura latinoamericana nace en las crónicas de Indias. Ese es el remoto origen del “realismo mágico.” Buena parte de la historia está en los testimonios y memorias de conquistadores, viajeros, aventureros y frailes. En ellos está la sustancia de las sociedades, el pulso de la vida antigua, las existencias anónimas y los perfiles de caciques, caudillos, héroes y bandidos. Está el dibujo de los caminos y los tambos, el de las cordilleras y los valles. Están las incipientes manifestaciones de identidad. Muchos de esos textos son la película certera de lo antiguo, otros, la fotografía de la humildad, la caricatura del poder o la estampa de la rebeldía. 

Gracias a la vocación de los cronistas que, entre fatigas y silencios,  escribieron sobre la montura o junto la fogón, y a la luz de una vela, tenemos testimonios que permiten intuir cómo fue esa vida distinta y dura. Las memorias de los viajeros son, aún hoy, fuente inagotable de información. Entre esos “escritores de la realidad” están personajes  como Bernal Díaz del Castillo, Pedro Cieza de León, en el siglo XVI; Carlos Marie de la Condamine, Antonio de Ulloa y el jesuita Mario Cicala, en el siglo XVIII. 

El paisaje, los caminos y los caballos, los arrieros y las mulas son personajes de las crónicas de viaje. Incluso algunos guerreros, atrapados entre batalla y batalla, no olvidaron escribir una especie de reportajes acerca de la vida cotidiana, observaciones sobre el entorno, detalles acerca de las plantas y el suelo, y la descripción de las costumbres. El más observador, Bernal Díaz del Castillo, compañero de Hernán Cortés en la conquista de México, incluyó en su “Crónica de la Conquista de la Nueva España”  los nombres, pelajes y habilidades de las dieciséis cabalgaduras de vieja raza andaluza que, en 1519, pisaron el continente por primera vez. 

La persistencia de una pasión 

Pese a la modernidad que suprimió los viajes a caballo, y cuando mulares y senderos de montaña casi nada significaban,  el espíritu viajero siguió vivo en las ilusiones de unos cuantos, que abstrayéndose momentáneamente de la comodidad de la autopista y el avión, eligieron, a modo de aventura y a lomo de caballo, irse lejos, al estilo antiguo, por los chaquiñanes y las cordilleras, por desiertos y llanuras. Y esos pocos, especialmente en América, cabalgaron miles de kilómetros y asumieron el reto de vivir  cada región, de admirar la mañana iluminada con el sol alto de los cerros, de dormir bajo la carpa o al abrigo de la choza, o sentarse a mirar desde una loma cómo va creciendo la noche, mientras la tropa de caballos pasta las pobrezas del ichu paramero.  

Algunos que amamos los caballos y sentimos la inquietud viajera, hicimos realidad los viajes en que soñamos esa remota primera vez que nos asomamos al páramo, o ese el día distante en que dormimos al descubierto, atentos a las orejas inquietas del alazán y mirando sobre nosotros el cielo de verano.  Viajamos así tantas veces y nos curtimos a la intemperie. Cada jornada nos marcó, nos dejó recuerdos, experiencias, saberes sobre los caminos y los caballos, sobre los equipos y los ritmos, sobre las laderas y las travesías. Y así conocimos el país desde el otro lado, desde los secretos del campo y desde la antigüedad de las costumbres. 

Y algunos escribimos los recuerdos para no olvidar los días y los rostros, las emociones y los contratiempos. Algunos hicieron fotografías, dejaron testimonios sin pretensiones. Otros, dibujaron. Otros narraron sin escribir: simplemente contaron. Y otros se fueron para siempre con los recuerdos metidos en su silencio. 

La literatura de viaje dejó muchos textos, buenos y malos, detallados y sumarios. Unos hicieron época y aún hoy son fuente de información  para los historiadores, o de simple solaz para lectores curiosos. Otros, quedaron como densos tratados de sociología. Algunos son lo que deben ser: felices testimonios de una aventura, catálogo de la pequeña o gran hazaña de los caballos viajeros, y de los jinetes soñadores. O diario de vacaciones distintas. Pero todos forman parte de ese múltiple catálogo de notas hechas antes y después de los tiempos del ferrocarril, del automóvil y del avión. Algunos son riquísimo testimonio de lo que cada país fue, de lo que dejó atrás; otros son evidencias de que el pasado vive al modo de las brasas, escondido en su rescoldo, latente, esperando el primer aliento para despertar.  De todos modos, la tradición viajera está asociada con la vocación por escribir, por dejar huellas. 

Sobre los viajes a caballo en tiempo de internet 

Los viajes a caballo en los tiempos modernos son eventos paradójicos. Implican la voluntaria afirmación del esfuerzo sobre las posibilidades concretas de la comodidad que nos rodea. 

¿Por qué hacemos estos viajes, por ilusión, por nostalgia, por capricho? Quizá por todo un poco. Es que somos ilusos en el buen sentido del término; nostálgicos, casi siempre, porque apreciamos el pasado como el fondo humano sobre el que construimos el presente. Somos algo caprichosos también, o más bien, empeñosos en sacar el cuerpo por donde cabe la cabeza. Pero, más allá de todo eso, lo que empuja con fuerza irresistible la tentación viajera es aquello que llamamos  amor a la tierra,  cariño al solar, al espacio en que aprendimos lo que es el paisaje, la cordillera, el caballo y el apero. Amor a lo simple: a trepar la cuesta, cruzar el río, añorar el canto del gallo en la madrugada, recordar la calidez que emana de las vacas en la hora temprana del ordeño, entender la dignidad que encierra una choza, la hospitalidad implícita en el plato de mote que nos brinda el chagra. Afición a asumir las sutilizas de una cultura en aquello de "aquicito no más" que responde el paisano cuando se le pregunta por el destino de cada día, por la distancia del pueblo.  Vocación por  sentirse esforzado y, a la vez, humilde frente a la enormidad de la cordillera. Amor a un cielo que se abre a las estrellas apenas uno levanta la vista desde el camino que, en la noche, más que huella, es adivinanza, intuición de que por allí va la ruta. 

Por todo eso y mucho más hacemos esos viajes. Y porque el páramo es una especie de patria chiquita que nos sigue como la sombra, a donde vayamos. 

Las razones escondidas de las crónicas de viaje 

¿Y por qué se escriben las memorias de un viaje? Tal vez, para dejar un testimonio, para esquivar el olvido y afirmar la memoria. Tal vez porque cuando uno va escribiendo, al ritmo de las teclas del ordenador, revive el trotecito, el paso sostenido o el galope corto. Escribir las memorias es como volver a viajar. Al menos cuando yo lo hago, me veo otra vez ensillando al caballo, poniendo el pie en el estribo, acomodándome en el pellón y abrigándome con el poncho. Me veo frente el paisaje, con la angustia del barranco o la alegría de llegar al pueblo, que es la alegría del descubrimiento, porque cada aldea es un mundo, cada camino una oportunidad y cada día el capítulo de una aventura.  (O)

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