El lenguaje y el movimiento analítico (II)
Lo determinante es, entonces, encontrar en el lenguaje la indispensable coherencia. En este orden analítico, la palabra –según hemos intentado resaltar– debe responder a una realidad; a lo que debe ser enunciado.

Durante la redacción de los artículos de este título, alguien compartió con nosotros dos vídeos ridículos en extremo. El primero, en el contexto de la migración africana al Viejo Continente, mostraba a una ciudadana europea afirmando ser “orgullosamente racista”. El otro, abogando a favor del fascismo y el franquismo, causantes de la II Guerra Mundial y el conflicto civil español, glorificaba las impresentables ideologías políticas. Estas vergonzosas manifestaciones de insolencia ética, al margen de su estupidez, exteriorizan cómo el lenguaje puede distorsionar la realidad de los hechos, cuando se apela a él manipulando las palabras a fines de transmitir enfermizas nociones surgidas en la torcida mente de seres inescrupulosos.

El pensamiento articula proposiciones que en gramática pueden ser frases desnudas. Las propuestas idiomáticas, para ser filosóficamente válidas en el mundo de las representaciones, están llamadas a reflejar los hechos como en efecto son. Ello conduce a lo que la filosofía denomina “conductismo lógico”. Es el proceso de resumir de manera racional los juicios, los propósitos y las aspiraciones en la conducta lingüística del agente. Si en la psique concurren factores no coincidentes con la autenticidad de los fenómenos, el lenguaje –a través del cual el hombre despliega sus discernimientos– dejará de ser legítimo.

Ludwig Wittgenstein (1889–1951), desarrollador del “movimiento analítico”, propone que a un objeto le corresponde un nombre; a un hecho, una insinuación; y, al mundo, el lenguaje. Por tanto, que los hechos del universo son aquellos sobre los cuales puede hablarse. En contrario, el hombre debe abstenerse de parlamentar respecto de sucesos no evidenciados fácticamente. Estos son, en general, los gestados en lo arrebatado; es decir, en lo inexplicable allende de convicciones íntimas del humano, ajenas a certidumbres. En consecuencia, que debemos excluir del diálogo a quienes –a través de la palabra– hacen propuestas en exclusiva metafísicas. Es, por cierto, una posición extrema, pero sirve de base para tomar sus locuciones con la reserva demandada por lo intruso en una lógica pragmática. De allí que el vienés convoque a apartarnos de la teoría para centrar esfuerzos en el análisis del lenguaje; ello permite incluir a las ideas sin sentido en el cosmos de lo carente de derrotero “científico”.

Para el austriaco, las palabras adquieren valor con el uso hecho de ellas. El significado a buscar con un término es irrelevante cuando en el medio representa algo diferente. El ámbito lingüístico permite a la sociedad comprender el “juego del lenguaje”. En tales circunstancias, el filósofo llama a no preguntar por el sentido de una palabra, pero por su ministerio.

En Wittgenstein, la “rutina” de un vocablo es “el acto lingüístico (perspectiva pragmática) de –dadas unas condiciones extralingüísticas (aspecto semántico)– decir la referida expresión según unas reglas gramaticales (proyección sintética)”. Lo determinante es el designio del parlante, la utilización y el efecto práctico anhelado por el lenguaje. Lo expuesto al inicio de este ensayo es buen ejemplo del manejo de las palabras para descubrir nociones extrañas a la verosimilitud de los acontecimientos. Así, emprende en la explicación de que los problemas filosóficos son “enfermedades”; la filosofía, una “terapia”; y, el método de la terapia, el “análisis del lenguaje ordinario”. A la sazón, la filosofía está compelida a asignar al lenguaje un rol de ordenador conducente a ser algo positivo… desechando lo negativo tras de él.

El lenguaje, sin perjuicio de poder y de hecho estar presente para difundir ideas y conceptos, es al propio tiempo una herramienta para proclamar en la sociedad nuestro individual y peculiar modo de entender la vida y el rol del hombre en esta. Si bien el existir es –filosóficamente– el conjunto de nuestras imágenes mentales hechas públicas, no siempre el hombre es honesto. Es en esos escenarios faltos de ética en los cuales el ser humano malemplea el lenguaje. Al dar, en forma dolosa, crédito a la bondad de sus cavilaciones intelectuales, cuando en realidad pecan de maliciosas, tuerce el sentido de los vocablos para adecuarlo a empeños perniciosos. Por tanto, el movimiento analítico patrocina una aproximación del sentido lingüístico a la vida y conducta, en términos de lógica formal que permite a la persona su proyección en la comunidad con representaciones decentes, dignas… morales.

Lo determinante es, entonces, encontrar en el lenguaje la indispensable coherencia. En este orden analítico, la palabra –según hemos intentado resaltar– debe responder a una realidad; a lo que debe ser enunciado. Lo que no cabe ser dicho cae en el espectro metafísico; en lo que es mejor callar. En el mejor de los casos, la filosofía puede encargarse de aclarar lo no llamado a ser dicho, mas no brindar propuestas del qué decir. Estamos, en definitiva, frente a un racionalismo sin metafísica. (O)