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El mayor desafío del acompañamiento del despertar vocacional de los niños, como lo sostenía García Márquez, es el de "educarnos a padres y maestros en la apreciación precoz de las inclinaciones de los niños, que los prepare y estimule para una escuela que preserve su curiosidad y su creatividad naturales".

12 Junio de 2024 15.08

Aunque acabamos de celebrar a los niños hace poco, normalmente no somos conscientes, como adultos, de que detrás de la etapa más temprana de la niñez se cuecen también aspectos sorprendentes, como el despertar de las vocaciones profesionales futuras. Son en esos años cuando afloran, por ejemplo, los rasgos de nuestra forma de jugar, las primeras formas de relacionarnos con otros y, sobre todo, la manera en que vivimos nuestra libertad primigenia. Se trata del aprendizaje de un ritual (para muchos con rasgos heredados incluso de nuestros padres) que nos lleva a conocer, descubrir y, más tarde, amar lo que más nos gusta hacer.

Recordando hoy al escritor Gabriel García Márquez (Gabo) y su brillante ensayo titulado “Un manual para ser niño”, publicado por el diario El Tiempo de Colombia en 1995, quiero reflexionar junto a ustedes acerca de algunos aprendizajes llevados al mundo temprano de las vocaciones profesionales.

Como punto de partida, es importante en el ciclo vital ayudar a descubrir las vocaciones de nuestros hijos, identificando sus intereses y convirtiéndonos en un equipo de trabajo que complemente esta transición de su vida, evitando, por cierto, asumir el tentador rol de padres sobreprotectores. También en ese ciclo, no debemos desesperarnos si se aburren o se frustran, porque estos silencios de la inercia pueden ayudarlos a auto descubrir que no todas las preguntas tienen respuestas predecibles y que ese será un preámbulo para entender el significado de una vida futura repleta de cambios.

Apelando a la definición de la vocación como un llamado, García Márquez en su ensayo se atreve a incluir un elemento que debe acompañar ese camino vocacional, atribuible a la pasión, como una fuerza inefable para vivir intensamente ese llamado, algo tan fuerte que lo llega a colocar incluso a un nivel superior al de la fuerza del amor.

A propósito, durante mi trabajo académico, he redescubierto con evidencia científica que, según lo propone la teoría de Thurstone, las habilidades naturales de una persona deben alinearse con sus intereses y pasiones profesionales para alcanzar el éxito y la satisfacción en su carrera. Ahora bien, estos factores serían insuficientes sin una férrea disciplina y sin “hábitos atómicos”. Ya lo decía William H. McRaven, un destacado militar de los Estados Unidos, a los graduados de la Universidad de Texas, allá por 2014: “si quieren cambiar el mundo, deben empezar por tender la cama…”.

El ensayo de Gabo refuerza también esa aspiración implícita que nos mueve a los padres a querer que “nuestros hijos sean mejores que nosotros, aunque no siempre sabemos cómo”. Aquí vale detenernos para realizar una recomendación muy afectuosa: aprendamos a confiar en los valores que les hemos transmitido y démosles la posibilidad de que, desde niños, asuman de forma temprana micro responsabilidades que los harán independientes con el paso del tiempo. ¿Cuál es el efecto? Pues que el mensaje cerebral que recibimos los seres humanos cuando alguien nos otorga su confianza desencadena una sinapsis neuronal positiva que refuerza la autoconfianza y la seguridad.

Vivimos un despertar de los intereses artísticos, lo cual, lejos de ser una noticia que refuerce esa voz interna que nos susurra “¿de qué va a vivir mi hijo o hija?”, debería permitirnos cuestionar ese paradigma de que únicamente el camino profesional de las carreras científicas conduce al éxito. De hecho, vivimos un tiempo de perfiles profesionales muy polímatas. Incluso, como resultado de las últimas crisis globales, está emergiendo una generación preocupada por la indescifrable belleza humanística de la “cultura artística global”. Los caminos profesionales de las artes, el cine, la pintura y la música nos recuerdan ese sentido de la vida que no debemos dejar que se pierda y que nos hace más sensibles y humanos.

Y sí, existen formas para iluminar este camino. La lectura será, por excelencia, un refugio que les permitirá a los niños transitar por una experiencia vital que los acerque imaginariamente a diversos tiempos, que les haga conocer otras vidas y congregarse -como ya sucede con el despertar de la lectura de géneros juveniles- en verdaderas aldeas culturales imaginarias y cosmopolitas.

Al final, el mayor desafío del acompañamiento del despertar vocacional de los niños, como lo sostenía García Márquez, es el de “educarnos a padres y maestros en la apreciación precoz de las inclinaciones de los niños, que los prepare y estimule para una escuela que preserve su curiosidad y su creatividad naturales”. Hacer siempre lo que a uno le gusta es, según Gabo, la fórmula magistral para una vida larga y feliz. (O)

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