El problema es pensar que tenemos tiempo
Como señala el principio budista Anicca, relacionado con la impermanencia, la única certeza es que nada permanece igual. Aceptar esta verdad, que no necesita ser demostrada, nos permite abrazar aquella afirmación de Buda sobre el corto tiempo que pasaremos en esta realidad.

El cierre de una etapa y el inicio de otra, como sucede cuando termina un año, constituye una importante oportunidad para evaluar los pasos recorridos, proyectar los siguientes, sostener la trayectoria o escoger nuevos destinos. Pero también es un momento adecuado para tomar consciencia de que el tiempo vuela, como dice el refrán.

Una breve mirada al presente nos permite constatar que los hijos dejaron de ser bebés en un suspiro en algunos casos, que pronto te darán nietos, en otros, que algunos seres queridos se fueron y que algunos nuevos han llegado. Un pequeño atisbo a nuestra vida nos revela que los ciclos se han repetido una y otra vez, que algunos sueños se han cumplido y que otros senderos solo los hemos mirado sin atrevernos a recorrer.

Cuando analizamos con detenimiento una fase que termina, podemos leer en ella tanto nuestras decisiones para avanzar como las excusas que han detenido nuestro andar. Todos seguramente encontramos frases como: “no es el momento”, “necesito procesarlo”, “mañana podré hacerlo”, “no hay apuro”, “lo haré cuando tenga esto o aquello…”, o simplemente “ya aparecerá el espacio para ello”. Y el tiempo transcurre sin cesar. Se escurre gota a gota mientras seguimos convencidos de que más adelante será más fácil caminar. Y la llamada a esa persona sigue postergada; el inicio de esa actividad que hemos pensado realizar se mantiene sin arrancar; el paso para cambiar el rumbo, la decisión de emprender el cuidado de nuestro cuerpo o de nuestra mente, y cualquier otra intención, se mantiene como una inquietud para considerar.

Al iniciar un nuevo año, nos llenamos de promesas, pero más allá de la ponderación, es el momento adecuado para reflexionar sobre que el tiempo no es algo que poseemos, sino que atravesamos. No se acumula, no se negocia. Solo se vive y se actúa, o se deja pasar. Con los años aprendemos mucho sobre el tiempo, no porque podamos comprender por completo su naturaleza, sino porque comenzamos a notar su ausencia y, entonces, nos hace sentido aquella sencilla pero poderosa frase atribuida a Buda: “El problema es que pensamos que tenemos tiempo”.

Lejos de ser esta frase una determinación fatalista, nos invita a la introspección sobre la necesidad de estar presentes, vivir intensamente el instante y dar el siguiente paso, eliminando la falsa ilusión de que solo podemos emprender los cambios cuando las circunstancias sean absolutamente perfectas. Nos impulsa a no aplazar lo esencial, a no evitar esa conversación profunda, a no postergar los sueños, a no desatender ese talento que queremos desarrollar, a decir esas palabras de cariño y dar ese abrazo hoy, pues no pueden esperar. Nos urge a dejar tanta vacilación. Nos invita a empezar.

Al respecto, mi padre solía decir: “lo perfecto es enemigo de lo bueno”, y nos incitaba a tomar acción. “Nada envejece más que una decisión no tomada”, decía, mientras llevaba a cabo otra investigación y escribía un libro nuevo a los 75 años, en los últimos meses de su vida y en el medio de su última batalla contra el cáncer, aun con la incertidumbre de si estaría en este mundo cuando llegara a publicarse. El me motivó a moverme para intentar unir lo que haces con lo que sueñas; a planificar, razonar, pero luego obrar sin dilación. Aprendizaje profundo que a veces suelo olvidar.

En estos días, terminando el año, recordé mucho a mi padre. Pensé en todas esas llamadas que tengo por realizar y empecé a marcar. Visualicé todos aquellos conflictos que me han llenado de cavilaciones inservibles y que han detenido mi andar. Y empecé a meditar con mayor frecuencia. Razoné sobre aquellas actitudes y hábitos que llevo tiempo queriendo modificar y comencé un proceso para cambiar. Y la fuerza para sostener estas tareas está en la consciencia de que no se trata de pensar más, sino de demorar menos en avanzar, pues todo cambia.

Como señala el principio budista Anicca, relacionado con la impermanencia, la única certeza es que nada permanece igual. Aceptar esta verdad, que no necesita ser demostrada, nos permite abrazar aquella afirmación de Buda sobre el corto tiempo que pasaremos en esta realidad. La profundización de estas enseñanzas nos alienta a dar el siguiente salto hacia lo que queremos en la vida, con confianza a pesar de su fragilidad. (O)