Tuve la oportunidad de asistir a una conferencia internacional en la que uno de los ponentes abordaba el tema del liderazgo. Durante su intervención citó uno de sus libros, La disrupción del liderazgo femenino: economía y política del talento. El título llamó mi atención, pero aún más cuando su autor, Juan Carlos Cubeiro, mencionó dos ideas que hoy motivan esta columna.
Señaló que las características de un buen líder pueden ser muchas, pero destacó particularmente dos: actuar con firmeza compasiva y tener visibilidad humilde.
La primera, la firmeza compasiva, consiste en sostener estándares altos y tomar decisiones difíciles sin perder la dimensión humana: escuchar, comprender el contexto de las personas y cuidar las relaciones.
La segunda, la visibilidad humilde, subraya la importancia de mostrar aquello que hacemos bien, compartirlo y procurar que otros también aprendan. Implica que el líder se hace presente, comunica, orienta y asume responsabilidad por sus decisiones, pero sin convertir el liderazgo en una búsqueda de reconocimiento personal; su foco está en el proyecto colectivo y en el desarrollo de las personas.
Cubeiro señala, además, que el liderazgo es un talento que debe cultivarse.
Esto me recordó algo que ocurrió en el colegio de mi hijo. Hace unos meses recibimos una convocatoria para confirmar su participación como representante de grado. Él está en cuarto y decidió postularse al consejo estudiantil de primaria. Junto con él había dos niñas más que aspiraban al mismo cargo: representante del curso.
Me pareció una gran oportunidad para cultivar el liderazgo.
Un día nos citaron en el colegio para escuchar el discurso que cada candidato debía dar frente a sus compañeros, explicando por qué deberían elegirlo. Luego vendrían las votaciones, realizadas con urnas y papeletas reales.
Mi hijo, junto con los otros candidatos, dio lo mejor de sí. Entre sus propuestas decían que serían solidarios y que ayudarían a sus compañeros cuando lo necesitaran. También pedían el voto porque eran divertidos. Y eso no es poco: el carisma mueve y la buena vibra aún más.
Finalmente llegaron los resultados y, en efecto, fue elegido representante del curso. Junto a él fueron electas una presidenta y dos vicepresidentas que empataron en el conteo de votos.
Lo que pasó después conecta con las ideas que mencioné al inicio: servicio hacia los demás.
Lo que parecía un juego comenzó a convertirse en responsabilidades concretas. Mi hijo, junto con los demás representantes, debía apoyar en eventos del colegio que buscan ayudar a otros. Ese cargo se ha ido transformando en un para qué importante.
Un día entregó “mochilas de amor” a niños de una escuela invitada al colegio. Cada estudiante debía donar insumos de aseo, juguetes u otros objetos con sentido dentro de una mochila. Esa fue su primera labor. La segunda fue servir canguil en un evento escolar. Y cada cierto tiempo tiene reuniones con otros representantes mientras almuerzan.
Entonces, ¿en qué consiste el liderazgo?
Puede resumirse en algo sencillo: servir a los demás y no servirse de los demás.
Me siento orgullosa de que haya sido elegido, pero me alegra aún más que desde niño pueda entender que un líder no siempre es el jefe, sino quien es capaz de generar felicidad; algo que, en palabras de Cubeiro, es un placer con sentido.
Los líderes no nacen: se hacen y se cultivan, a través de acciones que ayudan a los demás. (O)