Acoso escolar: la responsabilidad que también es nuestra
Prevenir el acoso escolar requiere un esfuerzo colectivo. Las escuelas deben contar con protocolos claros (aplicarlos de forma consistente) pero la formación emocional comienza mucho antes, en la familia y en la comunidad, con los adultos responsables de la crianza de los niños que tienen a cargo.

La reciente muerte de una estudiante de un colegio de Quito, quien decidió quitarse la vida tras sufrir acoso escolar, podría señalar como una noticia relevante, más allá del dolor y la indignación, esta tragedia obliga a mirar de frente una realidad incómoda: el bullying sigue presente en las escuelas y muchas veces es minimizado hasta que ocurre una tragedia.

El acoso escolar no es una simple broma entre compañeros. Se trata de una forma de violencia repetida que puede destruir la autoestima y la estabilidad emocional de quienes la sufren. Burlas constantes, humillaciones, exclusión o agresiones físicas, junto con la nulas o frágiles vías de comunicación y ausencia de redes de apoyo, pueden hacer que un niño o adolescente se sienta atrapado, solo y sin salida.

A nivel mundial, la UNESCO estima que uno de cada tres estudiantes ha sufrido algún tipo de acoso escolar. Además, la Organización Mundial de la Salud advierte que el suicidio es una de las principales causas de muerte entre adolescentes. Aunque cada caso tiene múltiples factores, el bullying aparece con frecuencia como un elemento que agrava la vulnerabilidad emocional.

Sin embargo, limitar la discusión al ámbito escolar sería un error. La escuela es el escenario donde esto ocurre, pero muchas veces el origen de la violencia se encuentra en otros espacios, especialmente en el hogar. La forma en que criamos a nuestros hijos influye profundamente en cómo se relacionarán con los demás.

La violencia también se aprende de diferentes formas, mirando, escuchando, viviendo. A veces comienza con gestos aparentemente pequeños: cuando un bebé golpea “jugando” y los adultos se ríen, cuando un niño quita un juguete por la fuerza y nadie le enseña a esperar su turno, o cuando normalizamos frases como “si te pegan, pega más fuerte”. En esos momentos transmitimos la idea de que la agresión es una forma válida de resolver conflictos, junto con ello una frágil educación emocional, en la que enseñamos los adultos a los niños a ocultar sus sentimientos y emociones.

Pero la crianza también puede enseñar lo contrario. Desde temprana edad es posible fomentar el respeto, la empatía y la convivencia en paz. Enseñar a los niños a reconocer sus emociones, a dialogar cuando hay conflictos, a compartir, a esperar su turno y a ponerse en el lugar del otro. La empatía no surge sola; se cultiva, se practica, se vivencia.

Por eso también es necesario reflexionar sobre el rol de las familias de quienes participan en el acoso. Un niño que humilla o agrede a otros probablemente no desarrolló esa conducta de un día para otro, es el resultado de una cadena de eventos en los que se normaliza la agresión, entonces falla su aprendizaje de interacción social y emocional.

Los adultos somos modelos constantes. Los niños observan cómo resolvemos conflictos, cómo hablamos de los demás y cómo reaccionamos frente a la diferencia. Si crecen viendo agresión, es probable que la reproduzcan.

Resulta especialmente preocupante escuchar frases como “a mí también me molestaban en la escuela y no me maté”. Este tipo de comentarios minimiza el dolor de las víctimas y abre la puerta a justificar la violencia. Cada persona vive el sufrimiento de manera distinta, y el bullying actual tiene además una dimensión digital que puede perseguir a la víctima incluso fuera de la escuela.

Prevenir el acoso escolar requiere un esfuerzo colectivo. Las escuelas deben contar con protocolos claros (aplicarlos de forma consistente) pero la formación emocional comienza mucho antes, en la familia y en la comunidad, con los adultos responsables de la crianza de los niños que tienen a cargo.

La pregunta que debemos hacernos como sociedad es ¿qué estamos dispuestos a cambiar’. Cambiar la forma en que educamos, la manera en que hablamos frente a los niños, la indiferencia frente a la agresión, la forma como interactuamos con los demás.

Porque ningún niño debería sentir que la escuela es un lugar de miedo.

Y la responsabilidad de construir una cultura de respeto y empatía no es solo de las instituciones: es de todos.

Hoy escribo este artículo desde la sala de espera del DECE del colegio de mi hija en calidad de víctima, esta vez el bullying tocó a mi familia. (O)