El desarrollo de la inteligencia artificial (IA) ha repercutido en el mundo al grado que hay personas convencidas de que pueden acudir a ella tanto para abstenerse de pensar como para manipular la reflexión honesta. En tal contexto, dejan de considerar el hecho cierto de que la IA, según definición ofrecida por la Comisión Europea (EU), es solo un sistema de software y hardware diseñado por humanos que, ante un objetivo complejo, actúan en la dimensión física o digital. Lo hacen, según el aserto (a) percibiendo su entorno a través de la adquisición e interpretación de datos estructurados o no; o, (b) razonando sobre el conocimiento, procesando la información derivada de esos datos y decidiendo las mejores acciones para lograr el objetivo dado.
A diferencia de la inteligencia humana, la IA elabora en la información a través de modelos resultantes de la aplicación de algoritmos para ofrecer resultados; en definitiva, es un sumario de procesamiento de datos. Por lo pronto, es más bien un régimen analítico de predicciones antes que un “pensar” o “deliberación” en términos de talento. Cualquier ponderación a favor de la IA debe partir de la realidad de ser una creación del intelecto humano, que ha sido y siempre será superior a agudezas o discernimientos convencionales ejecutados por una máquina. Representa, por cierto, uno de los adelantos científicos de mayor impacto en la historia del hombre. Sin embargo, al margen de lo que puedan opinar personas fuera del ámbito tecnológico –interesadas en presentarse como gurús de la IA– la inteligencia del hombre nunca será superada, pues es lo más sublime de la naturaleza.
Sin trasladarnos más allá de mediados del siglo XX, la IA tiene su origen en el documento “A Proposal for the Dartmouth Summer Research Project on Artificial Intelligence”, preparado por cuatro científicos del Darmouth College, la Universidad de Harvard, IBM y Bell Telephone Laboratories. El evento que conoció la propuesta tuvo lugar en julio y agosto de 1956, considerado el arranque de la IA moderna. “Moderna” en tanto las nociones alejadas del razonamiento humano puro, ofrecidas por seres míticos de la antigüedad, afirman tratadistas, pueden considerarse un tipo de inteligencia distinta de aquella del hombre común.
Los avances de la IA durante el siglo XXI son asombrosos. Citemos solo al lanzamiento, en 2020, de GPT-3, oferente de un modelo de lenguaje con 175.000 millones de parámetros. Interesa alejarnos de lo tecnológico para brindar atención a algo intangible, bastante más relevante en el plano intelectual. Y es cómo la IA puede ser mal-utilizada para generar procesos de dominio sobre las fascinaciones culturales del ser humano.
Entre finales de 2024 y principios de 2025 comenzó a circular la obra Hipnocracia, atribuida a un supuesto filósofo hongkonés de nombre Jianwei Xun. La palabra proviene de las raíces griegas hypnos, enunciativa de “sueño” o “sugestión hipnótica”; y, kratos… “poder” o “dominio”. Significa, entonces, “el poder de la hipnosis”. Es un neologismo –aún no reconocido por la RAE– transmisor del arquetipo del imperio que pueden tener la seducción y la manipulación en la mente y consiguiente razonamiento del hombre. El libro pronto se convirtió en éxito de ventas.
¡Vaya sorpresa! El filósofo de Hipnocracia no existía. El texto fue “estructurado” no por intelectual alguno, pero por Chat GPT y Claude; inclusive la imagen de Jianwei Xun había sido creada por IA. Tras el “proyecto” estaba el ensayista italiano Andrea Colamedici (1987), humano gestor de la obra, quien era la mente real que acudió a la IA con fines especulativos. El perfil del libro comercializado por Amazon ofrece un mensaje, en nuestro criterio, a ser razonado y moderado por quienes nos rebelamos a sucumbir en el patético “esnobismo tecnológico”. Dice así: en la era de la posverdad y la IA, el poder ya no opera mediante la represión, pero mediante la manipulación de la percepción de la realidad (…) la hipnocracia no censura ni reprime… induce un trance funcional permanente mediante la modulación algorítmica de la conciencia colectiva.
La obsesión de los ávidos por presentarse cultos y/o poseedores de conocimientos, al menos, por encima del promedio –que en esta paupérrima posmodernidad es en verdad inferior al medio– los conduce a la IA para ocupar sus vacíos intelectuales. Según Colamedici, hay información que nos vuelve pasivos, que erosiona nuestra capacidad de pensar. El reto no radica en acaparar información, pero en aprender a usarla. La IA está engendrando una ideología de sumisión digital contra la cual debemos sublevarnos. Estamos compelidos a volver a nuestras raíces humanas de expresión. La hipnocracia pretende dominarnos con utopías y ficciones distorsionantes no necesariamente de la realidad, que sería lo menos, sino de la responsabilidad que tenemos de ser críticos con base en nuestras propias fortalezas y debilidades, distintas de las dispuestas artificialmente. (O)