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La IA entraña el riesgo de que hombre encomiende el razonamiento a un artificio de su propia creación… delegando su realización al tercero disfrazado de pensador. Así, la persona se autoconvence de su cognición sin percatarse de que la abundancia de información solo ahonda la ignorancia.

13 Mayo de 2026 15.37

En nuestro artículo de la semana pasada, expusimos nociones generales de aquello que la inteligencia artificial (IA) representa en lo tecnológico. Enfatizamos en la importancia del “talento humano” por sobre cualquier errada intención de otorgar a la IA un rol distinto del científico. Es una creación del hombre que nunca superará a su intelecto, en tanto la persona humana es lo más prodigioso de la naturaleza… al punto que fue capaz de “crear” dioses al margen de que el hombre es un dios per-se en términos spinozianos. Complementamos el análisis con referencia a la “hipnocracia”, neologismo gestado en la obra homónima de Jianwei Xun; creaciones artificiales el libro y el supuesto filósofo ensayista.

Profundicemos en este “poder de la hipnosis”, transmisor del dominio que pueden llegar a tener la seducción y la manipulación digitales en la mente de los humanos. Dado el reciente acuñamiento del vocablo “hipnocracia” en el ámbito socio-científico, prácticamente no existe doctrina o bibliografía a las cuales acudir. Desarrollaremos el ensayo remitiéndonos a las argumentaciones tras Hipnocracia –el tratado concebido por Andrea Colamedici (1987), catedrático de Prompt Thinking en el Instituto Europeo de Diseño de Roma– ofrecidas por él en entrevistas a que hemos accedido en la red. Toda remisión es a Colamedici, no al imaginario hongkonés Jianwei Xun. El crédito debe darse a quien concibió la “tesis”, jamás al resultado digital de un proyecto.

Desde un primer momento el texto despertó interés en la comunidad ilustrada; sin embargo, fue objeto de críticas en ética cuando el “autor” admitió que la obra había “surgido” de Chat GPT y Claude. Lectores doctos acusaron a Colamedici de fraude, o al menos de engaño, intelectual. Salió al paso afirmando que la acusación nace de la incomprensión humana a lo que es la IA: una herramienta creada por el hombre, inexistente por sí misma –demandante de prompts, es decir, de instrucciones o estímulos– a diferencia de los humanos que pensamos de manera soberana.

La IA entraña el riesgo de que hombre encomiende el razonamiento a un artificio de su propia creación… delegando su realización al tercero disfrazado de pensador. Así, la persona se autoconvence de su cognición sin percatarse de que la abundancia de información solo ahonda la ignorancia. El acopio de datos, lejos de tornarnos sabios, nos revierte en iletrados si somos incapaces de procesarlos en reflexión natural, que es exclusivamente la humana. De allí que Colamedici afirme que la IA puede terminar degradando nuestra humanidad. Sucede cuando el hombre, “embrutecido” por la IA, deja de reflexionar en el hecho cierto de que esta puede imponer una ideología conforme los algoritmos sean acomodados a intereses inmorales.

Colamedici descarga su intelectualidad humana testificando que la IA no escribió la obra. Explica que la aplicó para generarla, a cuyo efecto desarrolló un método basado en “crear contrastes, siendo este una forma de pensar y usar la máquina de manera antagónica”. Complementa su alegato sosteniendo no haber pedido a la máquina que escribiera por él… lo que en el horrible mal gerundio quiteño sería “que me dé escribiendo”. Dice: generé conceptos y luego usé Chat GPT y Claude para contrastarlos, con el propósito de que me ofrecieran perspectivas sobre lo que yo había escrito. En tal orden de ideas, confirma que es desacertado empleo de la IA tomarla “como un oráculo”, preguntándole “dime la respuesta del mundo, explícame por qué existo”. Al requerir ello de la IA nos volvemos estúpidos.

¿Cuál es el camino para el intelectual tal como lo conocemos? Colamedici responde que el tema debe ser enfrentado más allá de la perspectiva neoliberal que convierte la vida en una competencia, donde si no soy el primero, soy un perdedor. Convoca a buscar nuestra “propia realización personal, encontrar la manera de expresarnos, con o sin IA”. Mensaje para quienes acuden a lo artificial para colmar vacíos de sabiduría… con la certidumbre de que el resto somos ingenuos y damos oído a los cortos de talento.

Razona en que la hipnocracia no es un poder que actúa sobre los cuerpos y las mentes, pero sobre el estado de conciencia: nuestra forma de percibir el mundo está siendo maniobrada mediante algoritmos. Por ende, es imperativo “desconectarnos” de la IA para comprender y entender que nuestro mundo no es aquel de los algoritmos. El cosmos puede ofrecernos perspectivas, empero son solo reflejos a ser comprobados en nuestra propia realidad de seres autónomos.

Colamedici se remite a Platón (427 a. e. c.–347 a. e. c.), para quien la filosofía nace del thaumazein –asombro y terror– representativo del momento histórico de la humanidad: aterrador, pero también maravilloso. Dice no tratarse de optimismo ciego, sino de elegir la mirada, es decir, optar por ver más allá del abismo, con conciencia de que estamos perdidos… pero no solos. La tecnología está convocada a ser puente, no una prisión, afirma. (O)

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