El vocablo “ataraxia” tiene sus raíces en el prefijo griego “a”, que denota privación o negación; y en el sustantivo “taraji”, traducido “azoramiento, perturbación, inquietud”. Estamos ante la falta de conmoción y de preocupaciones. El Diccionario de la lengua española (RAE) la define como imperturbabilidad, serenidad. Es una especie de contemplación razonada del mundo circundante. Es decir, abstrayéndonos del ruido producido por aquello que contradice a las virtudes. Es un ideal ascético, sobrio, austero que coloca a las pasiones en un segundo plano. Recordemos que, para la filosofía clásica, las pasiones –del griego “pathos”– se relacionan con el padecimiento que sufren quienes son incapaces de sobreponerse a los infortunios.
Los orígenes metafísicos de la ataraxia los encontramos en el “filósofo que ríe”, Demócrito de Abdera, quien se cree vivió entre 460 a. e. c. y 370 a. e. c. Su prolífica obra nos llega con Diógenes Laercio (180–240). Este cita a aquel afirmando que el propósito de la vida es la serenidad de ánimo. Entereza traducida “en el alma que se mantiene en calma y equilibrio, sin sufrir ninguna perturbación por temor o por superstición”. Estas dos “influencias” negativas en el temple del hombre lo arrastran hacia modos conductuales irracionales. Actuaciones que lo desconciertan… para producir reacciones contrarias al bien-hacer, en detrimento propio y de sus congéneres.
Para los estoicos, mediante la ataraxia el hombre arriba a la felicidad. Mas, es una ventura y fortuna lógicas, responsables. La felicidad estoica tiene cimiente en las virtudes platónicas (La república): prudencia, coraje, templanza y justicia. No se trata de una felicidad egoísta, pero de una comprometida con uno mismo y con los demás. Ello genera la necesaria ética, que a su vez forja el carácter del ser humano virtuoso. En la posmodernidad que vivimos se ha perdido, en buena medida, la responsabilidad moral para dar paso a la mera conveniencia material, lastimosamente promovida por facciones sociales carentes de sensibilidad ética y estética. Ya no importa ser sensato, valiente, moderado, ni equitativo. Admira al próspero en bienes, al margen de lo putrefacta que pueda ser su gestión. La ataraxia actual es acomodo al beneficio económico.
En su tratamiento no podemos dejar de lado al filósofo del pesimismo, Arthur Schopenhauer (1788–1860) y su monumental obra, El mundo como voluntad y representación. En consistencia con su teorización del mundo, considera a la voluntad el origen del sufrimiento. Para el alemán, al ser la realidad voluntad, y esta a la vez, un permanente deseo –que esencialmente produce insatisfacción– la voluntad será dolor. Va más lejos al afirmar que el “placer” es siempre momentáneo; no así la vida que, por ende, será dolor permanente hasta la muerte. Por tanto, concluye en que la salvación está atada a la superación de la voluntad de vivir.
Schopenhauer se remite a la ataraxia lacónicamente, pero no por ello sin profundidad. Lo hace sosteniendo que para el sabio nada turba su serenidad… su ataraxia. Y ello por cuanto el erudito bien conoce que toda alegría es un error, una mera ilusión. Elabora en la materia: “ningún deseo satisfecho nos hace felices largo tiempo (…) puede sernos reclamado a cualquier hora. El sufrimiento viene cuando esta ilusión se desvanece; luego alegría y pesar proceden ambos de un conocimiento insuficiente”.
Friedrich Nietzsche (1844–1900) enfrenta a la ataraxia con una perspectiva distinta; lo hace sin usar el término expresamente, pero “obligándonos” a recapacitar en ello. Para este otro alemán, las pasiones son propias de la vida. Así, las pasiones en la filosofía nietzscheana son un imperativo, que –en sus palabras– no es lícito ponerlas bajo sospecha como si fueran perturbadoras de la felicidad. Cuestiona, pues, a la sobrevivencia parca, a aquella carente de emociones… sin las cuales el hombre es un ente amorfo, contrahecho y por tanto insustancial.
La “ataraxia cristiana” en la filosofía de Nietzsche, podemos afirmarlo, es una insolencia al buen-pensar. Nace en un Jesús que murió “demasiado pronto”, cuando todavía no había aprendido a vivir. Sin embargo, aun cuando pueda ser contradictoria, la muerte de Dios era inevitable, so pena de quedar el mundo sometido a una resignación mística nada dignificante… degradante. Es más, en nuestro filósofo, tal conformismo se torna impresentable al extremo desde el momento mismo en que lo concatenamos con la “teoría” del eterno retorno. Según resalta en La gaya ciencia, cada dolor, cada placer, cada pensamiento y cada suspiro retornará: “El eterno reloj de arena de la existencia será girado siempre de nuevo –y tú con él– mota de polvo del polvo”, dice.
Impregnemos de ataraxia nuestras conductas y consiguiente vida, pero hagámoslo en lógica y en raciocinio. Jamás por compasión, pues es indigna y deshonrosa. Respetemos al hombre en su dignidad, valor del que gozan todas las personas al margen de sus particulares circunstancias. (O)