Son vulgares los sujetos ponderativos de su solvencia intelectual a título de lo que conocen, dejando de evaluar lo ignorado por ellos. Al hacerlo, desdeñan de la “ignorancia”, pues la asumen como mera “falta de conocimiento”. Se autocalifican de ilustrados con base en el bagaje de su saber –mucho o poco– abstrayéndose de la perspectiva filosófica que obliga a cultivarnos no en función de nuestra cognición, pero de nuestra inopia. Uno de los mayores pensadores de la humanidad, al cual el oráculo de Delfos lo calificó de “el más sabio de los hombres”, Sócrates (470 a. e. c.–399 a. e. c.), sostenía saber que solo sabía nada. Platón (427 a. e. c.–347 a. e. c.) aseveraba de la ignorancia ser una enfermedad del alma. Para Aristóteles (384 a. e. c.–322 a. e. c.), el ignorante afirma mientras el sabio duda y reflexiona.
Partiendo de la sesuda aproximación socrática a la ignorancia y, por tanto, a la sabiduría, la filosofía desarrolla la tesis de la “docta ignorantia”, recogida por varios teorizantes. Tenemos a Agustín de Hipona (354–430), a fray Buenaventura de Bagnoregio (1221–1274), a Tomás de Aquino (1224–1274) y a Nicolás de Cusa (1401–1464). Para el primero, la raíz del saber humano está atada a la conciencia de los límites de nuestro conocimiento. En Buenaventura, el hombre requiere de una disposición espiritual a efectos de superar las fronteras de su ilustración.
El de Aquino equipara la ignorancia con la “nesciencia”, conceptuada como no-fiabilidad en el discernimiento para que el juicio llegue a darse. Según Jenofonte (431 a. e. c.–354 a. e. c.), el no conocer a uno mismo, el emitir criterios sobre lo desconocido y el creer saber algo sin base causal, son las facetas más cercanas a la demencia del ser humano. Estas tres proyecciones de la docta ignorantia están cimentadas en las nociones socráticas.
Sin dejar de reconocer el aporte –al desarrollo de la teoría en que estamos enfrascados– de los otros autores citados, es Nicolás de Cusa quien, tal vez, mejor interpreta a Sócrates. Dada nuestra posición contraria a la religiosidad cuando derrama irracionalidad, creemos que el arrimo místico del de Cusa resta algo de vigor a su análisis; no obstante, es evidente que el alemán ofrece conceptos filosóficamente autorizados. De conformidad con los criterios cusanos, la ignorancia, más allá de la falta de conocimiento, es una manera “a-racional” de arribar a verdades de orden trascendental. Por ende, el hombre está constreñido a asumir que la comprensión de su entorno tiene límites, siendo el principal “su propia ignorancia” sobre aquello allende de su entendimiento. Es, en esencia, la docta ignorantia socrática del mortal sabio… quien deja de saber todo para saber nada.
La ignorancia docta de Nicolás de Cusa tiene origen metafísico en negar el principio aristotélico de la “no contradicción”, según el cual ninguna aserción puede ser verdadera y falsa al mismo tiempo. De Cusa aboga, más bien, por una “síntesis de los contrarios”. Realiza un paralelismo entre Dios como el mayor de los seres, pero al propio tiempo el menor de estos. Aquello en tanto que titular de todas las perfecciones; lo segundo por cuanto carece de cualidades perceptibles a ser asociadas con su grandeza. El darse en el Ser Supremo la refundición de lo más con lo menos implica una verdadera “teología negativa”. Esta mística patrocina entender la fe como ignorancia de lo desconocido, pero permisiva de creer en ese ente incognito para la lógica. Ello lo extrapola al universo del saber humano en términos de apelación a lo no-conocido para afianzar nuestro conocimiento docto.
Entre los filósofos cercanos al hoy, sin abandonar del todo la conceptuación ya expuesta, el tratamiento de la ignorancia adopta nuevos arrimos en que conviene profundizar. Por ejemplo, para la duda cartesiana, la ignorancia es de la esencia misma de la “cosa pensante”… de la res cogitans. La resume en el enunciado de que la cosa que piensa, inexorablemente, duda, afirma, niega, “entiende poco”, pero “ignora mucho”. Conduce al hombre a desear, a no desear, a imaginar y a sentir. Asimismo, en tiempos de inteligencia artificial, estamos compelidos a entender que la IA –siendo resultado del procesamiento de datos brutos por medio de algoritmos– no es producto de un razonamiento intelectual, sino de la desnuda acumulación de reseñas estadísticas no reflejantes de conocimiento en términos metafísicos. La IA torna al ignorante en aún más ignorante; baste leer los mensajes circulantes en redes digitales.
Cerremos con Baruch Spinoza (1632–1677): el error solo puede ser concebido como ignorancia. La afirmación está relacionada con su criterio en virtud del cual –de no ser así, es decir, en caso de que la ignorancia no fuese carencia de entendimiento de las causas– estaríamos violentando la “perfección de la sustancia”. En su obra Ethica ordine geometrico demonstrata, al negar la existencia positiva del error, sostiene que la verdad es norma de sí misma y de lo falso. (O)