El utilitarismo humano no necesita manual de instrucciones, viene de fábrica, se activa en fiestas y banquetes, se entusiasma en las victorias y se esfuma -con puntualidad inglesa- cuando aparecen los problemas y la vida se pone cuesta arriba. Hay quienes solo saben conjugar el verbo estar cuando todo marcha bien, pero jamás aprenden el verbo permanecer cuando llegan los líos. No acompañan, administran. No comparten, calculan. No agradecen, adulan. Consideran que el mundo les debe algo por el simple esfuerzo de respirar.
Aristóteles habría reconocido sin dificultad a estos personajes, son la encarnación perfecta de la amistad por utilidad, esa relación que no mira al otro como fin, sino como medio, mientras hay provecho, hay afecto, cuando el beneficio se extingue, el afecto se declara en quiebra. No es traición, dirán algunos, es “reajuste de prioridades”.
Estamos frente a devotos del provecho inmediato, peregrinos del favor y el oportunismo, especialistas en aparecer con sonrisa amplia cuando hay algo que ganar y en desaparecer cuando hay algo que sostener. Viven convencidos de que el favor recibido no es un regalo, sino una cuota inicial que debe renovarse indefinidamente, cuando el deseo no se cumple y el beneficio se agota, el antiguo benefactor se convierte en enemigo público número uno.
El ingrato, amigo o familiar, no rompe relaciones, solo las reescribe a su conveniencia.
La ingratitud no es un descuido, es una posición moral, ya lo advertía el francés Rochefoucauld: “La ingratitud es más frecuente que el agradecimiento”. El ingrato no olvida, recalcula como el GPS, donde hubo generosidad ahora ve insuficiencia, donde hubo apoyo, inventa desprecio, incapaz de agradecer, se hace el distraído para no mirarse al espejo.
A esta fauna -porque de todo hay en la viña del Señor- se suma una especie aún más ensimismada, los que creen, con una cosmogonía grotesca, que el universo gira alrededor de ellos. Filosóficamente son maestros del yoyismo, verdaderas caricaturas de sus ídolos que, al mismo tiempo son sus traumas. Literariamente, son personajes planos atrapados en un monólogo eterno, cuando conversan no dialogan, se exhiben, hablan de sí mismos, de sus gestas mínimas y de las supuestas “epopeyas” familiares. Cuando otro intenta contar su historia, desvían la charla con la habilidad de un tahúr, porque escuchar al otro les parece una pérdida de tiempo, sin advertir que ese acto elemental es la frontera mínima entre la humanidad y la barbarie. Aristóteles habría dicho que ahí no hay amistad, apenas placer, compañía mientras entretiene, cercanía mientras divierte.
Los rusos cuentan un relato pequeño pero revelador. Un conocido -llamémosle amigo por cortesía o familiar por carambola- era comensal habitual de una mesa siempre servida, acudía cuando había risas, contactos y oportunidades, cuando el teléfono no dejaba de sonar. El día en que la mesa quedó vacía y en silencio, cuando llegaron las dificultades reales y no había favores disponibles, desapareció sin despedirse. Meses después, una vez que los problemas fueron resueltos, regresó indignado porque ya no se le atendía “como antes”. No preguntó por nadie, solo preguntó qué había para él. Utilitarismo puro y duro, sin metáforas.
Otra variante de esta miseria ética son los amigos condicionales, te celebran mientras pienses como ellos, mientras escribas lo que quieren leer, mientras no te atrevas a discrepar. A la menor diferencia -aderezada con chismes y medias verdades- desprecian la amistad sincera e inteligente. No buscan diálogo, buscan eco, viven dentro de sectas o guetos y creen ser los tuertos de su círculo de ciegos, cuando no pueden convencer, se alejan o difaman, cuando no pueden argumentar, murmuran… pobrecillos.
Existen, por desgracia, más categorías de estos seres, entre esos están los “amigos” interesados, la literatura lo entendió hace siglos, Francisco de Quevedo lo dijo sin anestesia: “Poderoso caballero es don dinero”. Don dinero y su primo don interés gobiernan demasiadas lealtades, mientras pagan, hay abrazos y cuando falta el vil metal, hay deserción… quien solo está en la abundancia no es compañía, es consumo.
Frente a este desfile de vínculos frágiles, Aristóteles colocó la amistad por virtud, rara, exigente, silenciosa, se funda en el respeto, la admiración y el deseo genuino del bien del otro, incluso cuando ese bien no genera ganancia, aplausos, ni reciprocidad inmediata. Son esos amigos que, en los momentos difíciles están un paso atrás, pendientes del otro que sabe que, al regresar a ver, él estará allí. “…sabía que vendrías…” es la frase que termina una historia sobre este tema. Esa es la amistad que no suma, pero sostiene, que no luce, pero permanece.
La gratitud no es una regla de urbanidad, es una forma de justicia, en cambio en la vereda de enfrente, la ingratitud, por más elegante que se vista, sigue siendo lo mismo de siempre, una traición sin clase… sin amigos... sin nada… (O)