Este artículo es un homenaje al doctor Rodrigo Borja (1935–2025). Fue presidente de los ecuatorianos entre 1988 y 1992, período en que imperó en el país un régimen sociopolítico de reverencia a las libertades de pensamiento y de actuar. Ello en un marco de honorabilidad y honradez, en el cual la corrupción en y desde el sector público no era la norma. Cuando alguien pretendió violentar la directriz de rectitud, Borja activó los correctivos. En su mandato pudimos valorar los beneficios de contar con un gobernante convencido de las bondades de las razón, armonía, concordia y fraternidad entre los habitantes de una nación para su bienestar, a diferencia de su inmediato anterior. Ecuador congratuló el contraste.
La estabilidad social y política de esos años, al margen de las vicisitudes macroeconómicas, que las enfrentó inteligentemente, contrastó con la caótica etapa precedente. Los acontecimientos políticos del último lustro del siglo XX y de las primeras décadas del XXI inspiran a los compatriotas pensantes a mirar con perspectiva histórica a un [ex] presidente que supo conducir al Ecuador como lo hace el verdadero estadista. Borja es uno de los tres únicos exmandatarios ecuatorianos con trascendencia positiva en los contextos internacionales políticos y académicos. La presencia en la cúpula del gobierno de un actor capacitado para ejercer el poder puso al país en sitial de deferencia entre los dirigentes históricos de la región.
La mayor distinción por rendir a la memoria de un personaje de las valías intelectual, académica, ideológica y consiguiente política del presidente Borja es remitirnos a la cimiente del pensamiento rector de su quehacer político. Referimos a su convicción de que el Estado en el cual la “justicia social” deja de ser el parámetro rector –del gobernante en tanto mandatario del pueblo, de este como elemento constitutivo del Estado y de todos los actores sociales individuales y colectivos– es un régimen de asociación humana anómalo per-se. De allí que repugna escuchar al actual descriteriado presidente argentino, y a sus seguidores locales de similar naturaleza, referirse a esta justicia con vocablos menospreciativos, desvalorizantes de ella. Respecto de los segundos, son seres cuyo principal o único propósito parece ser estar “a la moda” en ideología… por “quedar bien” avalan y emiten criterios sin entender lo que escuchan y hablan.
En Enciclopedia de la política (Primera edición: 1997. Lanzada en la Casa de América, Madrid, con la asistencia de académicos e intelectuales de varios países), Borja conceptúa a la justicia social como la referida a las relaciones económicas entre los humanos. Agrega, postula a la necesidad de organizar la sociedad con arreglo a criterios equitativos en la distribución de los bienes, de modo que todos los miembros de la sociedad tengan acceso a ellos. Asimismo, dice, parte del principio de que los bienes y servicios son producidos con el trabajo de todos, sin que deban ir a parar en manos de unos pocos. Afirma ser elementos de la justicia social la remuneración por el trabajo, el acceso a la educación y la cultura, la seguridad social, la distribución de la renta, la participación en el usufructo de los bienes y servicios que se producen con el esfuerzo colectivo y la participación en el desarrollo social.
Las ideas enunciadas en el párrafo previo, transcripciones casi textuales de la correspondiente entrada en su obra citada, transmiten –más allá de la intelectualidad del presidente– la dimensión y solidez de sus valores humanos. Valores no necesariamente relacionados en ética con ideología política alguna, pero con lo en verdad relevante: la responsabilidad del ser humano en términos ontológicos. Esta define al hombre como persona consciente del compromiso consigo mismo y de su adeudo para con la sociedad de que forma parte.
Las dos proyecciones de este gravamen humano confluyen en la “dignidad”… a título de cualidad o valor, como se la quiera conceptuar, en que el respeto a los demás, la integridad moral y material, la decencia, el decoro y el pundonor marcan las sendas conductuales de un hombre de bien. En todos estos espacios el doctor Rodrigo Borja será por siempre un referente para los ecuatorianos de nuestra época, para la juventud en formación y para las generaciones futuras.
En Borja, la justicia social es mucho más que una noción metafísica desarrollada por la academia con propósitos analíticos. Es, por el contrario, la materialización de las obligaciones de un gobernante para con quienes le confiaron el quehacer del Estado. En su conducción del Ecuador, en todo momento estuvo primero la persona. Jamás atentó contra sectores sociales particulares, pero sí puso a estos los pares necesarios cuando pretendieron perjudicar a la sociedad como universo ubicado por encima de intereses mezquinos. Sin excepción alguna, sus iniciativas tuvieron persistentemente presente al hombre como fin y no como medio para la concreción de la justicia. (O)