Las aberraciones
La aberración reside tanto en la disconformidad con la lucidez, cuanto en la perversidad de los actos que la conforman.

El vocablo “aberración” proviene del latín aberratio, expresivo de “desvío” y “distracción”. Es la fusión del prefijo ab, revelador de “alejamiento”, y el verbo errare, indicativo de “vagar”. Es alejarse de la ruta correcta, vagabundear, ir por camino desviado. Según el Diccionario de la lengua española (RAE), es el grave error de entendimiento; el acto o conducta apartados de lo aceptado como lícito. La licitud acá no está relacionada con lo justo o legal, sino con lo impuesto por la razón y la lógica.

Dados los prejuicios en torno a las palabras, originados en interpretaciones ofuscadas, es necesario considerar que el lenguaje, para el movimiento analítico, está llamado a descubrir la realidad. Ello en tanto el mundo lo componen los hechos, no las cosas. El análisis ontológico alrededor de los léxicos debe partir del lenguaje vinculado a la reflexión objetiva sobre los sucesos. Escudarse en exégesis gramaticales es cerrar la mente al universo intelectual. Demos a las palabras su alcance cabal… no uno solo subjetivo.

La filosofía obliga a abandonar convencionalismos idiomáticos para descifrar las expresiones allende de su literalidad. Hablar de aberraciones es distinto de descalificar a personas, instituciones o acontecimientos; es disertar bajo observación íntegra y reflexiva conectada a los fenómenos. Con base en la teorización de Maurice Merleau-Ponty (1908–1961), es incorrecto limitar la metafísica a exámenes filológicos; lo razonable es discernir sobre la palabra en función de evidencias. Tutelar procederes en atención a “de quien vienen” es un yerro perceptible en seres dogmáticos… allí gestan las aberraciones.

La reacción negativa al uso del término analizando representa, en metafísica, una autodefensa a lo que el subconsciente “sabe” que tiene visos de desacierto; no obstante, el sujeto se resiste a aceptar la validez de la percepción. La aberración no radica en anormalidad fenomenológica alguna. Lo hace en la desorientación respecto de lo dispuesto por el juicio; vale decir, por la gnosis y la sensatez. Está bien el convencimiento que tengamos de un “algo”, siempre y cuando la certidumbre quede amparada en un principio de racionalización de la sombra instintiva. Un algo es aberrante no por apartarse de lo normal en términos éticos, pero por contradecir al raciocinio. Las aberraciones deben ser determinadas en los cursos históricos, culturales y sociopolíticos en que hacen presencia.

La coerción –uso de la fuerza para llevarnos a la ejecución de un acto, a pensar de determinada manera o a aceptar lo que violenta a la razón– desempeña un rol importante en la ordenación de las aberraciones. Es aberrante transportarnos hacia conductas o abstracciones de la realidad por temor a retaliaciones de cualquier naturaleza; también lo es por aprensión a rebatir adoctrinamientos impuestos por seres ostentadores de algún ideal de poder. En el campo sociopolítico, por individuos abusadores de su autoridad; y, en el ámbito místico, por quienes afirman ser voceros de la “palabra” transmitida por alguna divinidad. La aberración reside tanto en la disconformidad con la lucidez, cuanto en la perversidad de los actos que la conforman.

Interesan dos aberraciones emblemáticas. La primera es la guerra como opción de solución de conflictos sociopolíticos. Esta entraña por sí misma una alteración de valores. La historia enseña que, sin perjuicio de cualesquiera argumentaciones, el hecho de la muerte deslegitima el actuar guerrero. La humanidad llegó al clímax en la materia durante la II Guerra Mundial. Las enajenaciones mentales del fascismo y el nazismo condujeron a una hecatombe humanitaria sin precedentes… aberración en máxima expresión. Las víctimas no fueron solo el noble pueblo judío, pero la humanidad entera.

La segunda son las enseñanzas dictadas, y las prácticas emprendidas, por la Iglesia católica para mantener al hombre en desvarío. Su admisión –puede– entenderse en seres “elementales”… nunca en poseedores de niveles intelectuales dignos de ponderación. Entre las aberraciones de la institución religiosa tenemos a las Cruzadas, a las guerras de religión, a los adoctrinamientos forzados de poblaciones enteras obligándolas a aceptar un nuevo Dios… y al aparataje montado por las élites católicas con fines políticos, sociales y mercantiles.

También lo son los “dogmas de fe”, concebidos sin derecho a cuestionamiento, coartando libertades. A modo de ejemplos: sobre la Santísima Virgen; la Trinidad; el pecado de Adán y Eva propagado a sus descendientes; el hombre caído no puede redimirse a sí mismo; la infalibilidad papal y de la iglesia cuando definen en materia de fe y costumbres; y, todo cuanto existe fuera de Dios ha sido sacado de la nada por Dios. Se agregan, entre varios otros, los hábitos de católicos fundamentalistas, la humillación de la Iglesia católica a la mujer y la conducta sexual de ciertos miembros del clero. Ni qué decir de la oposición de la iglesia a una muerte digna. ¡Aberraciones! (O)