Recuerdo que una de mis primeras columnas de opinión trataba sobre los estereotipos a los que se enfrentan las niñas. En aquella ocasión intenté explicar por qué ellas dejan de intentar ciertos aprendizajes y terminan sin alcanzarlos. Recuerdo que titulé esa columna: "Profecía autocumplida: las niñas no somos buenas para matemáticas." Allí mencionaba que, desde los seis años, las niñas y los niños pueden darse cuenta con más claridad de para qué son más hábiles o no, y que, al creer que solo los niños son buenos para las matemáticas o las ciencias exactas, muchas niñas dejan de intentarlo y, como consecuencia, no desarrollan la competencia en la misma medida que sus pares varones.
De la misma manera, cuando acceden a la educación superior, solo un pequeño porcentaje de mujeres opta por carreras vinculadas con STEM. Las creencias del "no es para mí", "no puedo" o "nunca fui buena para esto" persisten, y ya sabemos por qué: el sesgo de confirmación actúa con fuerza. Creo que en esa columna me quedé corta, porque analicé la realidad de las niñas durante su aprendizaje y los sesgos y creencias limitantes que obstaculizan su desarrollo, pero omití algo fundamental: estas creencias también cierran oportunidades en la vida adulta. Hoy considero que esto es también una forma de violencia silenciosa, que persiste en el tiempo y que, de manera consciente o no, también transmiten docentes y padres cuando limitan a sus hijos a un solo tipo de aprendizaje, o cuando consideran que los niños sí o sí deben aprender matemáticas, pero si el reto lo enfrenta una niña, quizá no les parezca tan relevante. No digo que esto sea una constante, pero sí creo que está presente en muchas familias y, en algunos casos, también en la escuela.
La evidencia es clara:
• Las niñas rinden igual o mejor que los niños en matemáticas y ciencias en la mayoría de países (UNESCO, 2023).
• Pero tienen 1,3 veces menos probabilidades de alcanzar dominio matemático debido a estereotipos, expectativas y falta de modelos de rol (UNICEF, 2024).
• Solo el 35 % de quienes se gradúan en STEM son mujeres (UNESCO, 2024).
• Y en tecnología e ingeniería, ese porcentaje baja a menos del 28 %.
• No es un tema de capacidad, sino de autopercepción: incluso con el mismo rendimiento, las niñas confían menos en su talento científico.
El 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, una fecha instaurada por la Organización de las Naciones Unidas. Cuando pienso en violencia, no puedo evitar reconocer que limitar las opciones y menospreciar la capacidad de niñas y mujeres es también un tipo de maltrato: uno que no deja moretones, pero sí huellas profundas y limitaciones.
Por eso considero necesario evaluar qué tipo de comunicación manejamos con nuestras hijas, nuestras estudiantes, con las niñas y mujeres que deberían tener las mismas oportunidades de aprendizaje y crecimiento que todos. Este tipo de barreras no solo afecta un desarrollo equitativo, sino que limita sueños y aspiraciones, y abre puertas al abuso que a veces se expresa en palabras, y otras en violencia física o sexual.
Una niña fuerte no es necesariamente aquella que responde con dureza o ira; es aquella que sabe cuánto vale, que reconoce su capacidad de aprender, y que se siente capaz de perseguir sus sueños. Eso también debemos considerarlo.
Vivimos, lamentablemente, inmersos en una cultura del error en la que todavía se piensa que "somos más si sabemos más". Pero el valor no está en cuánto sabemos, sino en quiénes somos y en qué creemos que somos capaces de lograr.
Ahora prefiero afirmar que, las niñas sí somos buenas... (O)