En muchos directorios con los que converso, Net Zero sigue en el lugar equivocado. Se gestiona dentro de las memorias de sostenibilidad y en calendario de cumplimiento. Rara vez se integra donde realmente pertenece: en el plan estratégico.
Ahí está el problema. Y les está costando dinero.
La presión por descarbonizar ya no es ambiental. Es económica. El capital está ajustando el riesgo climático. Los compradores comienzan a filtrar proveedores por intensidad de carbono. Los marcos fiscales están cambiando. Y la energía dejó de ser un insumo y pasó a ser un riesgo operativo. Aun así, muchas empresas siguen tratando este tema como reputacional, no como un ejercicio de margen.
Las empresas que liderarán la próxima década no serán las que emitan menos. Serán las que conviertan ese esfuerzo en valor económico.
El punto de partida no es el mercado de carbono. Es la operación. La planta, la factura eléctrica, la cadena de suministro, el uso del agua. Gran parte del valor de la descarbonización está dentro de procesos que las empresas ya controlan. Eficiencia energética, optimización de recursos, rediseño operativo. Son proyectos de reducción de costos con un efecto medible sobre las emisiones.
Buena parte de ese valor esta oculto en datos que ya existen, pero no se utilizan, lo que se conoce como dark data. Información de sensores, de ERP, de procesos operativos. Cuando esa información se activa, las ineficiencias se hacen visibles. Y una ineficiencia no es sino un costo que aún no se ha identificado.
La primera capa de valor es financiera. Menor consumo energético implica menor costo operativo. Mejores procesos significan mejores márgenes. El desempeño verificado abre acceso a financiamiento verde, créditos vinculados a sostenibilidad y, en muchos casos, incentivos tributarios que cambian la ecuación de un proyecto.
La segunda capa es la medición. Cuando las reducciones se verifican, se cuantifican, dejan de ser internas y se vuelven defendibles. Resisten auditorías, due diligence y análisis de inversionistas. Ahí es donde la mejora operativa se convierte en resultado reconocido.
Solo entonces el mercado de carbono cobra sentido. El Artículo 6 del Acuerdo de París y los mercados voluntarios en maduración permiten transformar reducciones verificadas en activos transables, ya habilitados en el marco regulatorio ecuatoriano. Esos activos pueden venderse, conservarse para posicionamiento estratégico o usarse para cubrir riesgo regulatorio. No es el punto de partida. Es el upside que se construye sobre una estrategia y desempeño operativo real.
La lógica es bastante simple, la eficiencia reduce costos. La medición genera credibilidad. Los activos de carbono generan nuevas fuentes de ingreso. Juntos convierten la descarbonización en flujo de caja.
La pregunta que los directores deberían hacerse, más que enfocarla en cuánto cuesta su estrategia climática, es si se la está gestionando como gasto o como modelo de negocio.
La próxima ola de ventaja competitiva será de las empresas que logren estructurar, medir y monetizar su propia transformación. El resto terminará comprando la de otros. (O)