Thomas Hobbes (1588–1679) nace en Malmesbury, Wiltshire, Inglaterra. A temprana edad inicia sus estudios en Magdalen Hall de Oxford. Sus inquietudes intelectuales lo llevan a viajar por Alemania, Italia y Francia, donde entabla contactos con eruditos como Francis Bacon (1561–1616) y René Descartes (1596–1650). Ejerció como tutor de miembros de familias influyentes en su Inglaterra natal; eso le permitió experimentar de cerca las vicisitudes del poder, que de mucho le servirán en la conceptuación de sus obras. Redactó un artículo en defensa de los derechos de Carlos I (1600–1649), aquel tirano rey inglés que emprendió en contra del Parlamento… hecho que desató una guerra civil y desembocó en la instauración de una república. El monarca fue decapitado al ser declarado culpable de alta traición. De esta época datan Elementos de derecho natural y político y De cive (Sobre el ciudadano). Los dos tratados son considerados las primeras aproximaciones hobbeanas a la filosofía política. Sin embargo, la obra emblemática de Hobbes es Leviatán, o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil, publicada en 1651.
Desarrolla su pensamiento político partiendo de la premisa de que, en el hombre, a diferencia de lo concebido por el aristotelismo, no existe una disposición natural para vivir en sociedad. El "ente" de Hobbes es uno que persigue nada distinto de sus propios intereses; no busca amistades, pero afirmaciones de su valía y reconocimientos sobre sí. Así, su visión del poder es coercitiva, con el contradictorio fin de constituir un Estado que asegure la paz. Hobbes afirma que el hombre vive en "perpetuo e incesante afán de poder, que solo cesa con la muerte". En consecuencia, dice, no se satisface con el imperio alcanzado, ni con un "moderado poder". La adquisición de nuevos poderes está ligada, para el filósofo, a asegurar su poderío y a los fundamentos de su bienestar actual.
Marcando distancias con Aristóteles (384 a. e. c.–322 a. e. c.), Hobbes no advierte diferencias naturales entre las personas. Tampoco entre los sexos. Hombres y mujeres somo naturalmente iguales. Lo somos en nuestra individualidad humana, pero también en nuestra actividad política. Son los ímpetus sociales –y consiguientes requerimientos de subsistencia del Estado– los que generan diferencias circunstanciales. Si la sociedad respetara la igualdad humana natural, la política sería innecesaria.
Para Hobbes, homo homini lupus, es decir, "el hombre es el lobo del hombre". Con esta consideración primaria, resulta indispensable evitar que los hombres nos destruyamos entre nosotros; allí interviene el Estado. Toma el título de su obra magna, Leviatán, del monstruo bíblico… la serpiente veloz y tortuosa, la criatura marina indomable referida en Isaías, en Job y en los Salmos. En su pensamiento político –o filosofía política, si se quiere– el leviatán es representativo del Estado, convocado a ordenar el caos social, siendo que el poder ejercido por un gobierno fuerte, al infundir miedo, genera paz y armonía en la colectividad.
En la consecución de la paz, las pasiones y la razón desempeñan un rol importante. Las primeras a título del temor a algo, cuyo mayor representante es la muerte. En cuanto a la razón, en Hobbes es una "ley natural inmutable y eterna", que prohíbe al ser humano hacer aquello destructivo para su vida, o lo que pueda influir en su contra. Pues bien, este es el propósito del Estado hobbeano: recibir el encargo político, a efectos de ejercerlo de la manera que mejor crea conveniente, sin que importe el hecho cierto de que tal mandato conforma una renuncia al derecho individual de autodeterminarse. Filosóficamente, este mandato es también una plena "autorización" de acción al gobernante, lo cual permite catalogar a Hobbes de absolutista. Para el inglés, el poder no tiene más límite que la potencia.
Para comprender su teorización del poder, es preciso entender que Hobbes es materialista y empírico. Lo primero, en el sentido de tomar a Dios como "materia", rechazando cualquier enfoque místico… rechaza enfáticamente la idea de Aquel en términos gráciles, supersticiosos y, por ende, contarios a la razón. En defensa de su metafísica, afirma que "la filosofía excluye de sí misma a la teología". Es empirista dada su fundamentación en la experiencia. Todo es físico, susceptible de apreciación en los movimientos, que a su vez tienen proyecciones causales trascendentes en las sensaciones humanas, y consecuentemente en la actividad política del hombre.
También es nominalista, contrario a los universalistas. El hombre hobbeano aboga por su individualidad, resultante una vez más de su racionalidad. Razonar, para Hobbes, es una forma de cálculo, pues al hacerlo la persona comprende el cálculo. Razonar es, dice el filósofo, sumar y restar. Esta concepción racional de la vida humana la plasma en su pensamiento político; así sienta las bases de una "moderna" forma de aproximarse al quehacer político. (O)