Un niño de siete años pide conversar con una inteligencia artificial como si hablara con un amigo. Su madre duda: no sabe qué responderá la aplicación, qué información recogerá ni cómo explicarle a su hijo sus límites. La escena, recogida recientemente por El Comercio, resume una inquietud que atraviesa muchos hogares ecuatorianos: los niños exploran espacios digitales que sus padres apenas comienzan a comprender. Por primera vez, en numerosos aspectos de la vida cotidiana, los hijos parecen moverse con mayor soltura que los adultos encargados de orientarlos.
Pero manejar una aplicación no equivale a comprender sus riesgos. Saber deslizar una pantalla, editar un video o conversar con un asistente virtual no garantiza reconocer una manipulación, proteger la privacidad o distinguir información confiable. Desde la psicología del desarrollo, esta diferencia es fundamental: niños y adolescentes todavía están construyendo capacidades de autorregulación, pensamiento crítico y valoración de consecuencias y si bien necesitan oportunidades para explorar, también necesitan referentes adultos que les ayuden a interpretar lo que encuentran.
Un análisis publicado el 24 de septiembre de 2026 sobre investigaciones realizadas en Cuenca permite dimensionar el problema. En uno de los estudios, el 81,1 % de los padres gestionaba el tiempo de conexión de sus hijos; sin embargo, más de la mitad no bloqueaba contenidos ni supervisaba las aplicaciones descargadas. En otra investigación, con 460 adolescentes y 362 padres, el 35,7 % de los jóvenes afirmó que sus progenitores habían publicado imágenes, videos o mensajes sobre ellos sin pedirles permiso. Es decir, la brecha no consiste únicamente en desconocer las herramientas: también alcanza nuestra comprensión de la intimidad y los derechos de los hijos.
Las familias enfrentan, además, una paradoja, queremos que nuestros hijos desarrollen competencias digitales porque serán necesarias para estudiar, trabajar y participar en sociedad; al mismo tiempo, tememos que las plataformas ocupen el lugar de la conversación, el juego, el descanso y los vínculos presenciales. La respuesta más sencilla suele oscilar entre dos extremos: prohibir sin explicar o permitir sin acompañar. Ninguno enseña, por sí solo, a tomar buenas decisiones.
El problema tampoco se resuelve contando minutos de pantalla. UNICEF, en su informe de 2025 sobre infancia y mundo digital, insiste en considerar qué hacen los niños en internet, con quién interactúan y a qué contenidos están expuestos. No es lo mismo crear una historia, aprender un idioma o conversar con familiares que permanecer expuesto a interacciones dañinas o contenidos inapropiados. La tecnología puede ampliar el aprendizaje y la participación; sus riesgos requieren protección y educación, no respuestas basadas exclusivamente en el miedo.
Desde una mirada sistémica, la dificultad se profundiza cuando la dinámica familiar deja de ofrecer espacios de encuentro. Adultos que llegan agotados del trabajo, tareas domésticas acumuladas, múltiples horarios y teléfonos presentes incluso durante las comidas pueden reducir las oportunidades de conversación. Entonces pedimos a los adolescentes que nos cuenten qué ocurre en sus redes, aunque a veces no hemos construido el hábito de escucharlos en asuntos menos delicados. La confianza digital no comienza con una contraseña compartida: se construye mucho antes, en la forma cotidiana de responder cuando un hijo pregunta, discrepa o reconoce un error.
También debemos revisar el ejemplo adulto. Pedimos moderación mientras consultamos notificaciones constantemente, exigimos respeto por la privacidad mientras publicamos fotografías de nuestros hijos sin preguntarles, advertimos sobre información falsa, pero compartimos noticias sin verificarlas. La crianza digital no puede sostenerse únicamente en normas que los adultos no practicamos. Los niños aprenden tanto de nuestras explicaciones como de nuestras contradicciones.
Esto no significa renunciar a la autoridad parental, significa actualizar su ejercicio ¿cómo conseguirlo? Tal vez ese sea el verdadero reto. Con los más pequeños corresponde seleccionar contenidos, acompañar el uso y establecer límites claros de tiempo, sueño y espacios libres de dispositivos. Conforme crecen, es necesario negociar responsabilidades, hablar sobre huella digital, privacidad, relaciones en línea, inteligencia artificial y maneras de pedir ayuda. La supervisión debe ajustarse a la edad y a la madurez, sin confundirse con vigilancia permanente ni desaparecer justo cuando la adolescencia exige mayor orientación.
Las instituciones educativas tienen también una tarea decisiva: enseñar alfabetización digital crítica y ofrecer formación práctica a las familias, no limitarse a enviar advertencias. Y las empresas tecnológicas y el Estado deben asumir su parte en el diseño de entornos seguros. UNICEF recuerda que la protección infantil en internet es una responsabilidad compartida; no puede descansar exclusivamente en la capacidad de cada padre para descifrar plataformas que cambian continuamente.
Quizá no necesitemos convertirnos en expertos en todas las aplicaciones que aparecerán mañana, nuestros hijos seguramente conocerán herramientas que hoy ni siquiera imaginamos. Lo que sí necesitan es saber que, frente a una experiencia inquietante, una duda o un error, encontrarán adultos dispuestos a escuchar, aprender y actuar. El verdadero riesgo no es que los hijos sepan más de tecnología que sus padres; es que lleguen a creer que, por eso, ya no necesitan su orientación. Criar para un mundo desconocido exige algo profundamente humano: conservar el vínculo mientras aprendemos juntos. (O)