¿Para qué sirven las moscas?
Sirven para demostrar que hay presencias inevitables. San Agustín se confesó incapaz de adivinar las razones que pudieron mover a Dios al crear la mosca. Martín Lutero, en cambio, estaba seguro de que fue el diablo el que la creó, solo para distraerlo mientras escribía.

Las moscas sirven, ante todo, para saber dónde apesta. Son el radar del asco: no fallan, no preguntan, no dudan. Si hay una mosca, ahí no. Sirven para joder, que es una vocación noble cuando se ejerce con inteligencia y constancia (lo digo por experiencia). La mosca y el asco no necesariamente están atados a un excremento, muchas veces tienen el olfato para descubrir la porquería. ¡A todo deshonesto le vuela su mosca!

Sirven para hacerte cosquillas en la oreja mientras almuerzas, desconcentrarte de impúdicas conversaciones, interrumpir el sacrificio de no hacer nada durante la mañana, molestar cuando descansas por la tarde y siempre, pero siempre, hacer el movimiento universal de espantar moscas.

Sirven para caer en la sopa, porque ninguna mosca digna se tira en un plato vacío. Si, hasta las moscas tienen dignidad.

Sirven para unir a la familia. No existe nada en el mundo que genere tanto consenso como una mosca en pleno almuerzo. El padre con la carabina imaginaria, la madre con el infalible trapo húmedo eliminador histórico de enjambres enteros de moscas, el hijo con una raqueta eléctrica inútil y el primo inservible lanzando granadas imaginarias, como las que soltábamos en el colegio. Las moscas logran en cinco minutos lo que años de terapia familiar no consiguieron.

Las moscas nos enseñan a competir y a conseguir las primeras monedas cuando vamos de cacería y vendemos sus cuerpos exóticos, aplastados pero valiosos, a cambio de promesas que nunca se cumplen. Sirven para descubrir que el ser humano puede subirse a una silla, a una mesa y a una repisa sin cuestionarse nada, solo porque una mosca decidió pararse en el techo.

Sirven para descubrir que el azul y el verde pueden ser colores metálicos, que los ojos son muchos ojos y no hay problema en que sean rojos. 

Sirven para equivocarse y regar la taza repleta de café, porque la mosca además de molestar sabe cómo esquivar una situación peligrosa de manera estratégica. Ya conoce el trapo exterminador, por eso, con frialdad y reflejos hace la finta precisa para que la atención se centre en limpiar el mantel, la camisa y el pantalón y dejar de perseguir a aquel perverso insecto.

Las moscas tiesas -que son las mejores porque no discuten-, sirven para pilotar aviones de papel.

Las moscas vivas sirven para perfeccionar insultos. Son un desfogue, un descargo que salva a la civilización de que se mate entre sí. Después de veinte minutos persiguiendo una mosca, no queda energía para seguir insultando. Por eso, las moscas nos vuelven más civilizados, luego de la persecución (antes no).

También nos ayudan a perfeccionar la gramática mientras damos gritos: “No te muevas”, ¡zopapo! “Ahí va”, ¡matamoscazo! Siempre con ritmo e intentando hablar sin faltas de ortografía: Sujeto: ¡chancletazo! Verbo: ¡porrazo! Predicado: ¡golpe! Adjetivo calificativo: ¡$%@!#! Así hasta que se acabe la bronca o se termine el mundo. 

Además, sirven de compañía cuando no tienes matamoscas. Sirven para afinar la puntería. Sirven para intentar atraparlas con palillos y convertirte en karateka. También sirven para hacerte perder la concentración mientras lees este artículo, porque probablemente ahora mismo estás escuchando un zumbido que no zzzzabes zzzzi ezzzz real.                             

Sirven para perder el sueño pensando en qué mosca te ha picado. Sirven para ser espantadas con la mano, con una gorra, con el tanque de gas, con la mirada. Sin embargo, vuelven. Siempre vuelven. Por eso, nos enseñan a insistir. 

Sirven como excusa. “No me comí eso porque tenía una mosca”. “No dormí porque había una mosca”. “No hice el deber porque la mosca se comió la tarea”. Nadie discute esas razones. La mosca tiene credibilidad. 

También sirven para recordarnos que no conviene subestimar a nadie, ni siquiera a un insecto con vocación de molestoso profesional. Sirven para posarse exactamente donde no deben: en la punta de la nariz, en el labio inferior, en el pensamiento. Las moscas no llegan: te eligen. 

Aparecen un martes cualquiera, casual, para ver qué estás haciendo. No se domestican, no se les pone nombre. Sirven para tener la certeza de que uno nunca está sólo porque cuando no hay nadie más, siempre hay una mosca. No conversa, no opina, zumba. 

Sirven para demostrar que hay presencias inevitables. San Agustín se confesó incapaz de adivinar las razones que pudieron mover a Dios al crear la mosca. Martín Lutero, en cambio, estaba seguro de que fue el diablo el que la creó, solo para distraerlo mientras escribía. Nadie se pone de acuerdo. Pero todos sabemos una cosa: siempre hay que estar atentos. Siempre hay que estar mosca. Por eso, por si las moscas, ahora tenemos algunas razones para entender por qué… bzzzzz. ¡Paf! ¡Qué mosca tan impertinente! (O)