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sociedad y religion 3
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Históricamente, el catolicismo promovió relaciones sociales protectoras de élites económicas agresoras despiadadas, inclusive, de estratos de los cuales requería para mantener su preeminencia sociopolítica.

18 Marzo de 2026 15.37

Durante demasiados siglos, la forzada disquisición romana respecto de las relaciones sociedad-religión y religión-sociedad permitió a la Iglesia católica mantener su hegemonía en buena parte de occidente. Es justo reconocer que no todo ha sido negativo. Por ejemplo, es rescatable el papel de la iglesia en los procesos educativos de grandes masas poblacionales. Lo es, al margen de que los conocimientos impartidos en las escuelas católicas siempre tuvieron, y siguen mal teniendo, un trasfondo religioso obstaculizador de la capacidad crítica de los educandos en ejes para los cuales existe una verdad distinta de la contemplativa.

El desarrollo de las ciencias sociales trajo consigo novedosos enfoques sobre fenómenos que por casi dieciocho siglos la iglesia los consideró naturales a la luz de la sola religión; evidentemente, no lo son en lógica y en razón. Si bien antes del aparecimiento de la sociología como “ciencia” hubo pensadores cuestionadores de la “ley de Dios”, lo hicieron de manera blanda cuidando de no ofender a la iglesia por temor a represalias. Excepción cabe hacer de los enciclopedistas franceses y de los intelectuales tras la Revolución en Francia, los cuales en forma abierta emprendieron contra la iglesia. Una vez que por su influencia docta –pero más que nada por lo que en filosofía representaron sus profundas lecciones– el mundo en alguna medida superó esas aprensiones, el camino quedó marcado para colocar a la religión y a la Iglesia católica en el sitio del que nunca debió salir… de la vida privada sin permitir su trascendencia social indiscriminada.

Desde una perspectiva sociológica, allende de estudiar las evidencias, nada puede hacerse con lo que la religión significó para la sociedad, y viceversa, en la historia de los pueblos. Esos estudios sí que ayudan a entender y comprender los válidos cuestionamientos modernos a dogmas, credos, cultos y devociones como obstáculos para la consolidación de “sociedades reflexivas”. Entendemos por estas a conglomerados humanos reticentes a dejarse influenciar por mensajes apartados de certidumbres. Es decir, a colectivos no contaminados por algo que pueda simbolizar misticismos atentatorios de la razón, pero también no estropeados por religiosidades contrarias a la moral, en que debe primar el compromiso público por encima de lo no-terrenal.

Históricamente, el catolicismo promovió relaciones sociales protectoras de élites económicas agresoras despiadadas, inclusive, de estratos de los cuales requería para mantener su preeminencia sociopolítica. Lo hicieron transmitiendo recados de Dios sobre leyes “divinas y por ende naturales” patrocinantes de asumir la pobreza como enviada por Este. Llega la Biblia a lo ofensivo: “Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios” (Lucas 6, 20). Tuvo que correr mucha agua bajo el puente de la religión para que alguien objetara tan solapado argumento… y la sociedad despertara de la pesadilla. Cuando fue –tal vez– tarde para la Iglesia católica aparece la Teología de la Liberación cuestionándola en tan disparatado e hipócrita mensaje.

En su proyección filosófica, siguiendo las nociones del racionalismo kantiano, es imprescindible ponderar el hecho cierto de que la religión debe arrancar de una razón práctica; no, de la razón pura. Asumir la existencia de Dios a partir de la “razón pura” conduce a falacias. La “razón práctica”, según Immanuel Kant (1724–1804), permite apuntalar la libertad humana, la inmortalidad del alma y, en última instancia, la existencia de “un” dios. Mientras los católicos “sigamos” queriendo entender al Salvador sin apelar a algo tangible en términos socio-filosóficos, continuaremos cavando la tumba de “nuestra” religión.

Según Rodrigo Borja (1935–2025), la democracia a título del gobierno de muchos –poliarquía– tiene como característica la participación ampliada en los quehaceres públicos y la oposición tolerada… es un sistema de organización social y de gobierno abierto y libre, dice. Extrapolando esta noción a las opiniones que sobre la religión ofrece el filósofo francés Pierre Manet (1949), cabe concluir, en sus palabras, que en democracia es necesario separar el poder de la opinión religiosa, con el objetivo de excluir de la política al peligroso e ininteligible “poder espiritual”. Cuando logramos ello, afirma Manet, la institución espiritual no tendrá ya poder, pero solo el de enseñar a quien quiera escuchar, y el poder no tendrá ya opinión religiosa en particular. Este es un enunciado legítimo para la sana convivencia democrática. 

La problemática en torno a las varias tramas glosadas es la intransigencia de católicos extremistas –normalmente sin solidez intelectual– opuestos a orientaciones teológicas distintas de aquellas recibidas en catequesis impartidas por sus similares fundamentalistas. Comentan sin racional conocimiento sobre temas demandantes de profundidad analítica. Al hacerlo colaboran con el ocaso de la Iglesia católica. (O)

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