Durante este año escolar he visto que mi hijo trae cada vez más tareas a casa. A veces porque no termina en clase, otras porque debe “reforzar” algún contenido, y lo más común es que sea matemática. Sale de la escuela a las 15:30 y, alrededor de las 17:00 —cuando yo llego después de mi jornada laboral—, se sienta a hacer deberes.
Un día me pidió ayuda. La verdad es que ni yo misma recordaba cómo se resolvía el ejercicio. A diferencia de cómo él aprende ahora, yo memoricé procedimientos: repetía pasos, resolvía siguiendo modelos, razonando poco y entendiendo aún menos. Hoy los métodos han cambiado —y probablemente para bien—, pero para quienes fuimos formados de manera mecánica, a veces resultan difíciles de descifrar.
Sin embargo, el problema no es solo el método. Ese día, más allá de no comprender cómo ayudarle, me di cuenta de algo más importante: mi hijo no tenía claro qué debía hacer. No estaba ni cerca de resolver la tarea. Entonces pensé: ¿de qué sirve enviar refuerzo si no existen las bases para hacerlo?
Esa experiencia me llevó a cuestionarme algo que muchas familias vivimos, pero pocas veces discutimos en serio: ¿deberían enviarse tareas a casa?
Conversando con colegas de una escuela, me comentaban que ellos no envían deberes. Su postura es clara: el refuerzo debe darse en la escuela. Les pregunté entonces cómo abordaban los distintos ritmos de aprendizaje, especialmente en contenidos complejos. La respuesta fue sencilla, pero potente: planifican sus clases considerando niveles de desempeño. Proponen actividades más complejas para quienes dominan el tema, y ejercicios más guiados para quienes aún lo están comprendiendo.
Esa dinámica no solo me pareció pedagógicamente coherente, sino también más justa. Permite que quienes más apoyo necesitan lo reciban en el espacio donde realmente debe ocurrir el aprendizaje: el aula.
Sé que algunos podrían pensar que esta postura es cómoda, como si los padres quisiéramos evadir nuestra responsabilidad. Pero no se trata de eso. La mayoría de las familias no contamos con formación pedagógica, y muchas veces, la forma en que fuimos enseñados —con prisa, con frustración o desde la repetición— se reproduce en el acompañamiento que damos a nuestros hijos. No siempre ayudamos mejor; a veces, sin querer, complicamos más.
Además, esta dinámica profundiza una desigualdad silenciosa: no todos los niños tienen en casa a alguien que pueda o sepa ayudarles. Así, lo que se plantea como “refuerzo” termina convirtiéndose en una brecha.
Y aquí es importante decirlo con claridad: la evidencia tampoco respalda el uso indiscriminado de tareas en edades tempranas. Investigaciones como las de Harris Cooper muestran que en primaria la relación entre tareas y rendimiento académico es mínima o incluso inexistente. Es decir, más deberes no garantizan más aprendizaje, pero sí pueden generar más frustración, estrés y tensiones familiares.
Entonces, ¿cómo aprenden los niños?
Aprenden pensando, practicando, equivocándose, volviendo a intentar. Pero, sobre todo, aprenden cuando alguien les enseña, les guía y les da las herramientas para hacerlo. Y ese proceso —al menos en sus bases— debería ocurrir en la escuela.
El debate sobre si enviar o no tareas pasa a segundo plano cuando el ‘yo puedo’ empieza a quebrarse en cada niño que no logra resolverlas por sí mismo. Porque más allá de cualquier contenido, es esa confianza en que sí pueden, la que realmente no deberíamos poner en riesgo. (O)