Hoy desaparecieron los pájaros. Nadie sabe lo que son ni lo que fueron. No sé qué desaparecerá mañana: ¿el amor?, ¿los árboles? Esas cosas todavía existen, pero no sé si mañana me acordaré de lo que son. Si desaparecen, me pregunto, ¿quiere decir que nunca existieron? Al final, la vida solo es esa tediosa e insoportable espera entre el miedo y la nada. Pocos tienen la capacidad de recordar lo que ya no existe. Pero no demoran mucho en olvidar.
Nadie se dio cuenta del momento exacto, porque para advertir una ausencia primero hay que saber qué falta, y aquí ya nadie se acordaba qué era. Yo tampoco. Nadie sabe lo que son ni lo que fueron los pájaros. Los maestros explican lo que ven y lo que tienen en la memoria por eso cuentan que el cielo siempre fue así: un techo azul, sin tránsito, sin melodía, sin plumas. Yo asentí cuando lo dijeron, porque asentir es una forma elegante de sobrevivir. Pero algo me picaba detrás de los ojos, una comezón vieja, como un recuerdo mal curado.
En este País de Nunca Jamás Voy a Perderte, no sé qué desaparecerá mañana. ¿Los abrazos?, ¿las suegras?, ¿las piedras? Eso todavía existe hasta que Alguien decida que hay que seguir borrando las cosas de la memoria de las personas. En este País recordar se considera un acto subversivo.
La desaparición imperceptible de todo es cuestión de tiempo a menos que desaparezca primero el tiempo. Este mundo sin memoria ni besos nos está abandonando a nuestra suerte (seguramente la suerte desaparecerá pronto también). Todo está evaporándose del mundo y aunque nunca extrañamos lo que no conocemos ni lo que nunca fuimos, a veces tenemos nostalgia de lo que sospechamos y el miedo aparece cuando todavía recordamos. Recordar genera ansiedad, comparaciones, preguntas. Preguntar es peligroso porque obliga a responder y responder desgasta.
Pocos tienen la capacidad de recordar lo que ya no existe. Les dicen fallas. Son eso, equivocaciones del sistema; sin embargo, el tiempo se encarga de corregirlas. Hasta tanto, los estudian. Los entrevistan. Los dejan hablar hasta que se cansan solos. No demoran mucho en olvidar porque no tienen con quién conversar.
Las cosas siguen desapareciendo. Primero fueron las nubes. Después fue el gíglico (nadie se acordaba de que era un lenguaje inventado por Julio Cortázar. Es más, ¿quién es Cortázar?) Antes de ayer fueron los espejos. Nunca nadie los necesitó. Desde entonces nos peinamos frente a paredes lisas, confiando en que la cabeza sigue más o menos en el mismo lugar.
Todo desaparece de la memoria y por eso no extrañamos, en este mundo que va desapareciendo lo que desconocemos. No hay duelo sin recuerdo. No hay lágrima sin nombre. Cuando alguien muere ahora, simplemente deja de estar. No duele. Es práctico. Es limpio. A veces me pregunto si eso también pasará con nosotros: no morir, sino desdibujarse hasta que nadie pueda decir con certeza si alguna vez ocupamos un espacio.
Porque, así como hay muerte, ¿dónde estábamos antes de nacer? Nadie sabe, y sin embargo eso no nos atormenta. Lo mismo pasa ahora. Vamos regresando de a poco a ese mismo lugar sin preguntas. Nada es algo mientras exista. Tiene contorno, tiene peso. Se la puede señalar. Pero quizás, dentro de poco, ni siquiera eso tengamos ya.
Anoche soñé con un pájaro. No estoy seguro de que lo fuera. Volaba, o hacía algo parecido. Podía haber sido un elefante. Cuando desperté sentí una tristeza sin objeto, una pena sin causa. Me preguntaron por qué estaba serio. Respondí que no sabía. Me creyeron. Eso fue lo peor.
El único antídoto es escribir para recordar, hasta que a Alguien se le ocurra desaparecer los lápices o las palabras. Cuando esto suceda, no habrá forma de seguir contando cuentos, quedándonos en el más absoluto abandono. Hoy escribo esto apurado, porque noto que las palabras empiezan a fallarme. Algunas se esconden. Otras se van sin avisar. Tal vez mañana se borre esto que escribí. Tal vez mañana escribir sea otra cosa, o nada. Si este texto desaparece, si nadie lo entiende, si nunca existió, entonces habrá cumplido su función: dejar constancia de un mundo que se extinguió ayer. No hay nostalgia ni tristeza. Tampoco memoria, lo que nos dejará felizmente abandonados, a la deriva de un mundo desconocido. (O)