Forbes Ecuador
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Carlos Escandón fundó Macoser y es distribuidor de máquinas de coser en Ecuador de marcas como Yuki, Kansai y de calculadoras Casio. Nunca tuvo un plan B. En el camino perdió todo, volvió a empezar y aprendió a crecer. En 2025 cerró con una facturación de US$ 5 millones.

27 Enero de 2026 06.00

“Carlos Escandón siempre será un soñador. Sencillo, humilde y descomplicado”. 

Así se define este empresario de 56 años. Nació en Bulán, en el noroccidente de la provincia del Azuay a 52 kilómetros de Cuenca. Para ir a la escuela caminaba cerca de cuatro kilómetros y el profesor era el mismo para los seis grados. En las tardes ayudaba a sus padres en los trabajos agrícolas. “Al terminar la primaria, le pregunté a mi padre si podía ir al colegio. Me respondió: ‘Busca la forma’”.  Y la buscó.

Se mudó a Quevedo. Trabajaba durante el día y estudiaba en la noche. Terminó el colegio y se fue a Guayaquil, donde vivían sus cinco hermanos mayores. Es el undécimo de doce hijos. “Vendíamos camisas, cinturones, camisetas en las calles”. No olvida el dos por uno que gritaba cuando se subía a los buses mientras los semáforos estaban en rojo.

Aprender desde abajo

En 1988 consiguió trabajo en la empresa alemana PFAFF, dedicada a la fabricación y venta de máquinas de coser industriales. Empezó como asistente técnico. “Aprendí desde lo más básico, Ganaba unos 30.000 sucres”.

Cinco años después decidió independizarse. El 30 de octubre de 1994 permanece intacto en su memoria. Con US$ 300 fundó Macoser. Arrendó un local de seis metros cuadrados en las Calles Rumichaca y Quisquis, en el centro de Guayaquil. Ofrecía mantenimiento y accesorios para máquinas de coser. 

En 1996 llegó el primer golpe. “Me asaltaron. Perdí todo. Solo quedó una silla plástica blanca”. 

Ese día tenía dos opciones: victimizarse o seguir. Eligió la segunda. “Creía que la vida debía tener otras opciones”. Volvió a empezar. Tocó las puertas de proveedores que lo conocían y le dieron mercadería a crédito. Trabajaba más de 15 horas diarias. 

“Salía de mi casa a las seis de la mañana y volvía a medianoche. Caminaba kilómetros de kilómetros buscando clientes, entregando tarjetitas con mis servicios”.  Para el año 2000 vendía unas 80 máquinas y facturaba alrededor de US$ 50.000.

Para Escandón la educación superior era una deuda pendiente. Entró a la Universidad Indoamérica para estudiar Ingeniería Química, pero luego se inclinó por Ingeniería y Marketing. Egresó, pero la universidad cerró su sede en Guayaquil. Le tomó diez años obtener su título profesional. “No fue una deuda pendiente, fue una promesa cumplida”.

En 2003 contaba con 50 clientes fijos. Viajó a su primera feria internacional y consiguió la distribución exclusiva para Ecuador de la marca japonesa Kansai. Esta representación les abrió las puertas a nuevas marcas como Yuki, Happy Japan y Shanggong.

 “Entendí que, para ser un buen empresario, primero debía crecer como persona. Ese es mi secreto”. 

Para Carlos Escandón su principal activo no son las cifras sino la inteligencia emocional. “Hay saber reaccionar ante el miedo, el estrés, el enojo, la ansiedad y la incertidumbre. En este país si no es un paro, es la delincuencia, la violencia o el cambio de reglas”.

Trece intentos para conseguir Casio

En 2006 empezó una obsesión que le tomaría casi una década concretar: la representación de Casio. Recibió 13 negativas. 

“Soy como un perro callejero, donde muerdo no suelto hasta conseguir lo que me propongo”.

La oportunidad llegó durante una convención textil en China, donde coincidió con un alto ejecutivo de la multinacional. No dudó en tomar un avión a Japón y cerrar el acuerdo. Era 2012. En ese momento, en Ecuador se vendían unas 20.000 calculadoras científicas al año. Analizó el mercado educativo y concluyó que había espacio para al menos 250.000. “No me quedé quieto. Fundé una academia de matemáticas para capacitar a profesores en su uso”. 

Hasta hoy ha capacitado más de 5.000 docentes, ha instalado cuatro laboratorios de matemáticas y otros cuatro están previstos para este año. En 2025 vendió más de 300.000 calculadoras. En 2025 facturó US$ 3 millones.

Caer y reinventarse

En cambio, la línea de máquinas de coser no corrió con la misma suerte. Los paros, la pandemia, el tratado de libre comercio, la competencia de cadenas internacionales y el contrabando golpearon duramente a la industria textil. 

Antes del Covid Macoser tuvo ingresos por US$ 10 millones y vendía unas 4.500 maquinas al año. En 2020 cayó a US$ 1 millón y menos de 400 máquinas vendidas. 

“Soy muy creyente. Jesús es mi guía”. 

No dudó en entrar al quirófano para una reingeniería total. Se enfocó en pequeños, medianos empresarios y emprendedores. Hoy Macoser, en sus dos líneas de negocio supera los US$ 5 millones de ventas anuales y destina alrededor de US$ 3 millones al año para importaciones.

“Las máquinas de coser artesanal, con las que empiezan los emprendedores inexplicablemente pagan un 30% de arancel, una carga muy fuerte”.

Está casado desde hace 31 años y tiene dos hijos. No fuma, no bebe y no tiene tatuajes. Recientemente lanzó su marca propia Breili, libre al revés, La maquinaria es fabricada en Vietnam y Taiwán. En 2027 planea expandirse con oficinas en Miami o Panamá.

Para Escandón crecer nunca ha sido un golpe de suerte, sino una decisión, de seguir cuando rendirse parece más fácil. (I)

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