Daniela García Noblecilla Editora digital
Un terreno de 600 metros cuadrados prestado por su abuela, 70.000 sucres y muchos anhelos, eran las tres cosas que un ambateño tenía a la mano para construir algo propio. Era 1964. Luis Vargas estudió Ingeniería Mecánica en Alemania y regresó a Ecuador para trabajar en Quito en una de las pocas carroceras que existía en la época. Estuvo allí cerca de dos años.
Pero como “buen ambateño” regresó a Ambato con la convicción de abrir su taller. Ese pequeño espacio, ubicado en la avenida Los Incas y Pichincha, en la zona alta de la ciudad, fue el inicio de Varma. Esta es una empresa carrocera de buses que hoy factura alrededor de US$ 4 millones anuales y es dirigida por Santiago Vargas, el actual gerente general y la segunda generación de la familia. Según Vargas, su padre fue pionero en la fabricación de carrocerías metálicas en el país.
En 1970, Varma se trasladó a una nueva fábrica en la avenida Atahualpa y Víctor Hugo, un espacio que ocupó por más de tres décadas. En 2003, la urbanidad tomaba más terreno y la empresa volvió a relocalizar su operación industrial y se arrendó el terreno para la construcción del actual Mall de los Andes.
Para entonces, la firma ya era parte del ecosistema que impulsó el desarrollo del sector metalmecánico carrocero en la ciudad, una actividad que hoy posiciona a Tungurahua como responsable de cerca del 65 % de la producción nacional de buses en segmentos como transporte urbano, interprovincial, escolar y de turismo, según la Cámara de Industrias y Producción de la provincia.
Santiago recibió al equipo de Forbes Ecuador en la ubicación actual de Varma, en la calle Pisacha, sector Lungua. En las oficinas administrativas, comenzamos la entrevista mientras tomábamos un café. Santiago cuenta que empezó mucho antes de asumir cargos formales. Llegó a la fábrica cuando tenía 12 años. Durante las vacaciones escolares, su padre los llevaba —a él y a sus hermanos— a trabajar en la planta.
No había privilegios. Cada área tenía su jefe y las reglas eran las mismas para todos. “Mientras mis amigos salían, yo estaba en la fábrica”. Ese tiempo invertido en el negocio familiar terminó en una escuela práctica que hoy explica por qué la familia conoce a fondo cada proceso de la empresa.
El aprendizaje fue completo y desde abajo. Santiago pasó por todas las áreas, tapicería, metalmecánica, armado y acabados. Uno de sus recuerdos es el trabajo en tapicería, cuando, “como castigo”, debía enderezar rollos de alambre a martillo para fabricar los ganchos que aseguraban los asientos. También aprendió torno y cepillado junto a maestros de planta que lo formaron.
En lo académico, Vargas estudió Administración de Empresas. Inició su formación en Ambato, luego se mudó a EE. UU. porque su padre fue nombrado cónsul en nueva York. Perfeccionó su inglés, obtuvo una beca y culminó sus estudios universitarios en ese país.
Regresó a Ecuador en 1986, pero un grave accidente lo mantuvo alejado de la empresa durante siete años. Sufrió una descarga eléctrica de 13.800 voltios al manipular un cable de alta tensión; el contacto con el árbol permitió que la electricidad se descargara a tierra y eso le salvó la vida. Permaneció 27 días hospitalizado en el área de quemados y las secuelas afectaron sus terminales nerviosas, lo que le impidió tolerar el ruido de la planta. @@FIGURE@@
Luego, este ingeniero se incorporó de forma permanente a Varma en 1995, cuando su padre le pidió apoyo directo en la empresa. Empezó en producción y acompañándolo en viajes comerciales para aprender los procesos, la negociación con clientes y la relación con proveedores.
Como suele ocurrir en empresas familiares industriales, dice, asumió un rol multifunción. Pasó por adquisiciones, importaciones y gestión de insumos y viajó fuera del país para la compra de materia prima. Con el tiempo, su padre fue delegándole responsabilidades comerciales y contractuales, en un proceso gradual de traspaso de liderazgo.
Para la compañía, 2018 y 2019 fueron años “espectaculares”. La decisión de la Agencia Nacional de Tránsito de fijar en 15 años la vida útil de los buses obligó una renovación masiva del parque automotor en ciudades como Cuenca. “Cuenca tenía unidades de 16 y 17 años y el municipio exigió nuevos buses y mejor servicio para autorizar una mejor tarifa”, recuerda.
A partir de ese escenario, las siete cooperativas de transporte urbano de la ciudad crearon una caja común que permitió renovar cerca de 400 de las 420 unidades en circulación.
“Escuchamos la noticia y todos los carroceros llegamos a Cuenca para promocionar nuestro producto. Ese año fue espectacular. Cerré mi cumpleaños con 35 unidades y desde ahí empezó una muy buena racha”.
En total, la empresa entregó 125 buses al sistema de transporte de Cuenca, con pedidos también para Guayaquil, Quito y Manta. “No producíamos solo para Cuenca, teníamos que seguir abasteciendo la línea”. Pero, como le pasó a muchas industrias, la pandemia frenó su crecimiento. La recuperación luego fue “lenta”, asegura y la industria del transporte tuvo que esperar para reiniciar su servicio. Fueron años que perdieron ciclos. Sin embargo, entre 2024 y 2025 hubo una recuperación. Se produjeron 45 unidades el año pasado.
Este 2026, hasta el momento, están fabricando 46 unidades urbanas sobre chasis Scania (Brasil) y 16 unidades Volkswagen (Alemania) para la Metrovía de Guayaquil. A esto se suman cuatro unidades de transporte urbano para Quito.
En términos operativos, la evolución de Varma pasó de un modelo artesanal a una producción industrial organizada por procesos. La planta cuenta con 24 secciones, organizadas en cuatro grandes áreas: estructura, vestidura, pintura y acabados.
“Una vez que la unidad está terminada, realizamos una prueba de ruta y luego una prueba de estanquidad, que consiste en someterla a una lluvia artificial durante media hora, con puntos dirigidos para identificar posibles filtraciones de agua. Tras ese proceso, se hace la revisión final y se libera la unidad para su entrega al cliente”.
La actual planta fue diseñada bajo un concepto de ensambladora, con capacidad instalada para producir una unidad diaria, aunque en promedio fabrica entre ocho y 10 buses al mes, dependiendo de la disponibilidad de chasis. @@FIGURE@@
Hoy Varma produce buses urbanos, interprovinciales y unidades especiales como furgones, con precios que van desde aproximadamente US$ 70.000 en modelos urbanos hasta alrededor de US$ 100.000 en interprovinciales, que incorporan equipamiento como aire acondicionado, baño, asientos reclinables y conectividad.
La empresa emplea a 78 personas en planta, tres ingenieros y 12 colaboradores administrativos y opera en un complejo industrial de 33.000 metros cuadrados.
Asumir la dirección de Varma, explica Santiago, es tanto una responsabilidad y reto personal. “Tratar de superar al maestro es imposible, pero al menos buscamos emular todo lo que él hizo y sigue haciendo”. A sus 90 años, Luis Vargas Mallorca continúa activo en la empresa. El nombre de la empresa es la unión de sus apellidos.
Recorre la planta, revisa balances, supervisa la producción y se reúne con los ingenieros. En la entrevista, tuvimos la oportunidad de conocerlo y saludarlo. “Él no ha dejado de ser el dueño ni el gerente; para mí es mi Google. Cualquier duda, voy y le consulto”, dice su hijo Santiago. Él diseñó también el sello de la empresa y aún participa en el diseño de los buses.
“Varma es mi familia, es mi papá, mi mamá, mis hermanos. Es todo. Es una vida (...) Aquí la responsabilidad es mayor, con la empresa, con el personal, con los clientes y, sobre todo, con no defraudar a mi papá”. (I)