Fernando Vera guarda en su memoria las largas jornadas en el taller artesanal de su hermano Washington, en el sector de Las Casas, en Quito. Era 1987 cuando elaboraban hasta 120 piñatas en una noche. También fabricaban gorros de cumpleaños, ollas encantadas y sorpresitas que eran vendidas al por mayor a locales especializados en centros comerciales.
Estos dos hermanos artesanos se asociaron en la década de 1980, después de que Fernando dejara su trabajo de tres años en una petrolera.
"Tenía una liquidación que me permitía invertir en el emprendimiento. Le propuse que nos asociemos. Él era creativo y hábil con las manos para fabricar los productos y yo el que manejaba la estructura del negocio".
La primera inversión fue de 100.000 sucres (unos US$ 200 en esa época). El dinero se utilizó para comprar material, impulsar el taller y tener stock para llegar a los clientes. Vera descubrió que el mercado de las fiestas era rentable cuando vio que la cantidad de artículos que su hermano entregaba a la tienda El Arlequín, en el Centro Comercial Iñaquito (CCI), y se quedaba sin productos después de unos días.
"No pensaba que las fiestas daban tanto. Acompañaba a mi hermano para entregar las piñatas y las ollas encantadas a sus clientes y me daba cuenta de la demanda y cómo se manejaba el negocio".
Esa experiencia hizo que Vera se interesara por el mundo de las fiestas. También entendió que solo elaborar las piñatas artesanales no era rentable, se necesitaba diversificar la oferta. Por eso, le propuso a Washington que vendieran otros productos complementarios.
"Le demostraba con cifras que lo que hacíamos en el taller no era rentable. Era todo artesanal. Teníamos a 20 personas trabajando y terminábamos las jornadas con dolor de espalda, cansados y no generaba tanta ganancia para llegar al punto de equilibrio".
Tenía 24 años cuando crearon la marca Fantasías Vera. Sus operaciones iniciaron formalmente el 1 de septiembre de 1988, con un equipo de tres personas y su giro estaba en la venta al por mayor de productos para fiestas infantiles. En esa época abastecían a otros almacenes de Quito.
Fernando Vera construyó su compañía paso a paso. Él se encargaba de las entregas y negociaciones. También ayudaba a su hermano en la elaboración de piñatas y llegaba a acuerdos con sus proveedores. Los dos se dividían las tareas para impulsar el emprendimiento.
Actualmente, después de 38 años, la empresa cuenta con un inventario de 50.000 ítems, cuatro locales propios, una importadora directa e ingresos totales por US$ 4,5 millones.
En la compañía trabajan 90 colaboradores y tiene un equipo de diseño que elabora dummies festivos e imprime globos, servilletas y manteles según la temática que elige el cliente. Su Esposa Elena Novoa se encarga de recursos humanos y su hija es la gerente general.
"La creatividad de Fernando es el factor que marca la diferencia en el negocio. Aunque contemos con la tecnología avanzada como máquinas de corte láser o impresoras de cama plana, estas no son suficientes si no se tiene el feeling necesario para el negocio", dice Elena Novoa.
El origen del negocio
Un año después, el primer local de Fantasías Vera abrió al público en la avenida El Inca, en el norte de Quito. Era un espacio de 60 metros cuadrados. Fernando lo encontró por casualidad, cuando dejaba a Fernanda, su única hija, en el Colegio América.
"Vi que una señora tenía dificultad para cerrar la puerta enrollable. Detuve mi vehículo y bajé para ayudarle. Me percaté que estaban desocupando el lugar y me animé a proponerle que me lo arrendara".
El acuerdo se cerró enseguida. La propietaria no solo le arrendó el sitio, también le obsequió las vitrinas y estanterías y le otorgó tres meses de gracia (sin cobrar arriendo) para que lo adecuaran.
"Una vez que cerré el trato llamé a mi esposa y le comenté lo que había sucedido. No esperamos mucho tiempo y a la semana lo acomodamos y abrimos al público".
Durante el primer año, el almacén fue compartido con su cuñada, que comercializaba telas. Así lograron pagar el arriendo en conjunto.
Cuando ella se retiró, la familia Vera asumió la totalidad del espacio. A medida que crecía la clientela, se expandía el establecimiento. En cinco años aumentaron a 120 metros cuadrados.
En la década de los noventa adquirieron la propiedad con una inversión de 860 millones de sucres (unos US$ 90.000 en esa época). La compra se financió con US$ 50.000 de los ahorros familiares depositados en el Fondo Visión del Banco Popular, dinero que lograron retirar justo antes de la quiebra de la entidad. Para completar el monto, negociaron con la propietaria un plan de pagos con intereses sobre el saldo.
"Crecimos como empresa y desde 2003 pasamos de ser una tienda tras mostrador a un negocio de autoservicios. Por eso nos identificamos como El Comisariato de la fiesta".
Fantasías Vera se convirtió en un punto de referencia en el sector de El Inca. Actualmente, en el sitio donde nacieron, se levanta un edificio de tres pisos donde exhiben productos elaborados en el país e importados. También es el punto central para abastecer sus sucursales en Cumbayá, El Condado y la avenida Occidental. Cuentan con 130 proveedores que les surten de mantelerías, piñatas, máscaras, disfraces, cotillones.
En 1992, tres años después de abrir su primer local, pusieron su marca en los centros comerciales. Pero no resultó. Tuvieron pérdidas. "Aceptamos, porque era un arriendo económico y representaba una oportunidad para darnos a conocer en el mercado".
A raíz de esta incursión, la relación comercial de los hermanos terminó. Fernando se quedó con el local del Inca y su hermano con el establecimiento comercial y el taller.
Después de esta experiencia, la empresa se enfocó en abrir locales propios que se construyeron en los sectores de El Condado y Cumbaya.
El momento más difícil en la historia de Fantasías Vera fue en la época de la pandemia. Se prohibieron las reuniones y las fiestas se trasladaron a la virtualidad. El negocio corría el riesgo de quebrar.
Su hija Fernanda, quien ya era gerente general de la empresa, decidió cambiar el RUC para ampliar la actividad comercial.
"Agregamos dos palabras que nos permitieron seguir operando". La empresa pasó de ser importadora y distribuidora al por mayor y menor de productos de fiestas infantiles a comercia también abastos.
"Fue una época complicada, porque la pandemia cambió la forma en cómo se celebraban los cumpleaños. Ya no era la mesa decorada con bocaditos y pastel. Todo se hizo de forma virtual y lo que más vendíamos eran cortinas decorativas y globos para adornar paredes que se mostraban en la pantalla", recuerda Novoa.
Fernando puso a disposición de la compañía tres motos, un automóvil, una furgoneta y el auto que usaba la gerencia para las entregas a domicilio.
Llegaban a todo Quito y logró que se reactivaran sus trabajadores, quienes estuvieron apenas tres semanas sin trabajar. En esa época, Fernando volvió a su oficio artesanal. Era él quien diseñaba los gorros con fómix y cemento de contacto. Aplicó lo que aprendió con su hermano cuando empezaban en esta industria.
Llegaron a la pandemia con el antecedente de otra crisis en 2019. La paralización indígena de octubre de ese año coincidió con la importación de tres contenedores de productos para Halloween, que terminaron de venderse en 2025, lo que generó retrasos y pérdidas económicas.
"Fue una época de golpe tras golpe para la empresa. Teníamos proyecciones de que ese octubre iban a subir las ventas. No contábamos con el paro y que todo se retrasara. Tampoco nos imaginamos que unos meses después habría una pandemia". Esto les obligó a cambiar su modelo de abastecimiento.
Para no depender del riesgo de los fletes internacionales, pasaron de importar casi todo a comprar un 80 % a proveedores ecuatorianos. Además, apuntaron a la personalización de cada producto. (I)