El 1 de septiembre, mientras miles de personas llegaron al desierto de Nevada para celebrar Burning Man, los fundadores de Gilgamesh Pharma, biotecnológica psicodélica fundada siete años atrás, estaban sentados en el sillón de su pequeño espacio de trabajo de 3 por 2,4 metros en Manhattan.
"Acá mismo tenemos la sede de una empresa multimillonaria”, dice Jonathan Sporn, CEO y cofundador de Gilgamesh, de 68 años, entre risas. Explica que trabaja ocasionalmente en ese espacio, aunque la empresa es totalmente remota y la oficina apenas sirve como dirección postal.
"Todas las grandes biotecnológicas financiadas por fondos de riesgo necesitan su oficina en Boston con grandes ventanales", agrega Andrew Kruegel, cofundador y director científico, de 38 años, exquímico medicinal del laboratorio de ibogaína de Columbia. "No somos para nada así", remarca.
Pese a su austeridad, Gilgamesh desató el año pasado una carrera multimillonaria entre las grandes farmacéuticas para quedarse con prometedoras drogas psicodélicas. En agosto de 2025, se convirtió en la primera compañía en vender un compuesto psicodélico a una farmacéutica, tras cerrar un acuerdo por US$ 1.200 millones con AbbVie para adquirir bretisilocina, un novedoso análogo del DMT, un psicodélico de acción rápida más conocido como la "molécula espiritual", que Gilgamesh desarrolló y patentó. Después de ese acuerdo, Eli Lilly compró AtaiBeckley por US$ 2.800 millones y Otsuka adquirió Transcend Therapeutics por US$ 1.200 millones.

La bretisilocina, que completó un pequeño estudio de fase II en Europa antes del acuerdo, está en desarrollo como tratamiento para el trastorno depresivo mayor. AbbVie ahora se prepara para los ensayos de fase III.
"Gilgamesh fue pionera en toda esta corriente", dice Rick Doblin, considerado el padrino del movimiento psicodélico moderno y fundador de la Asociación Multidisciplinaria de Psicodélicos (MAPS). Doblin señala que la compañía entendió qué buscan las grandes farmacéuticas y lo entregó: moléculas patentadas capaces de adaptarse a una ventana de tratamiento de dos horas.
La duración del tratamiento resulta especialmente importante porque los psiquiatras crearon una red de 6.800 clínicas en todo el país para administrar Spravato, el nuevo éxito comercial de Johnson & Johnson, un análogo de la ketamina en aerosol nasal que generó ventas por US$ 2.000 millones el año pasado y abrió la puerta al uso de otras terapias psicodélicas.
Pero Gilgamesh no se parece a la mayoría de las biotecnológicas. Primero, es una empresa austera y muy eficiente con el capital. En lugar de contar con un ejército de químicos por todo Estados Unidos, dedicados a sintetizar sustancias y realizar ensayos, algo que "nunca podríamos costear", según Kruegel, Gilgamesh trabaja con un laboratorio contratado en India que Kruegel y Sporn dirigen desde Nueva York. "Con la química, tenemos reuniones bastante regulares por videollamada, pero gran parte de estas cosas se hace simplemente por mail", dice Kruegel. Además, sus fundadores rehúyen la maquinaria promocional que muchas compañías del sector usan para conseguir prensa y recaudar plata.
No aprovechar el auge de los psicodélicos sin duda obstaculizó sus esfuerzos de recaudación de fondos: Gilgamesh recaudó US$ 150 millones antes de vender su compuesto a AbbVie, y otros US$ 70 millones después para comenzar a desarrollar más fármacos en su cartera. La empresa no genera ingresos mensuales; opera con financiación y espera superar los ensayos de fase I y II con buenos resultados para luego vender una molécula por miles de millones de dólares. Otras empresas, como AtaiBeckley, cofundada por el multimillonario y promotor Christian Angermayer, recaudaron US$ 350 millones antes de obtener otros US$ 100 millones con su salida a bolsa, y finalmente fueron vendidas a Lilly. Pero Gilgamesh, como su nombre indica, está en un largo, lento y épico viaje.
"Dejo que la ciencia y mi trabajo hablen por sí mismos", dice Kruegel. "Y espero que, con el tiempo, eso construya una credibilidad que realmente sea duradera. A diferencia del hype, que puede derrumbarse de manera catastrófica", agrega.
Sporn, que creció en Miami, tuvo una vida marcada por esa magia de las coincidencias que acompaña a muchos psiconautas. Antes de iniciar sus estudios universitarios y decidir más tarde hacer una residencia en Tufts y luego en Harvard para especializarse en psiquiatría, emprendió un viaje por ruta y terminó junto a un grupo de desconocidos en Gainesville, Florida, donde tomó té de hongos "mágicos". A la mañana siguiente, apareció en una librería y leyó sobre las enseñanzas del filósofo místico George Gurdjieff. "Siempre sentí que ese viaje con hongos catalizó este cambio en mi forma de pensar y despertó mucho mi interés por la psiquiatría", dice.
Después de ejercer como psiquiatra en Massachusetts General, consiguió un puesto en el Instituto Nacional de Salud Mental, donde trabajó con Dennis Charney, reconocido psiquiatra biológico e investigador estadounidense, célebre por sus estudios pioneros sobre la ketamina como tratamiento de acción rápida contra la depresión. Tras pasar por Johnson & Johnson, donde aprendió el proceso de desarrollo de drogas, y por Pfizer, conoció al investigador Kenji Hashimoto, de la Universidad de Chiba, quien patentó un método para administrar arketamina, una forma de ketamina con menor efecto disociativo.
Sporn terminó por comprar la licencia para desarrollarla por US$ 30.000, una verdadera ganga en ese momento. Después fundó Perception Neuroscience y, cerca de un año más tarde, la vendió a Atai, de Angermayer, por varios millones de dólares. Entonces entendió que "este es el futuro" de los tratamientos para la salud mental. Más tarde, un colega de J&J le presentó a Kruegel, quien trabajaba con el químico pionero Dalibor Sames en su laboratorio de la Universidad de Columbia, dedicado al estudio de la ibogaína y otros psicodélicos.
Durante su adolescencia en Oradell, Nueva Jersey, Kruegel tenía cierta inclinación por sintetizar sustancias químicas explosivas. Un día extrajo azida de sodio de un viejo airbag y la convirtió en azida de plomo, un compuesto inorgánico altamente explosivo. Tomó un fragmento diminuto y lo tocó con un fósforo que colocó en el extremo de una vara de casi 1,8 metros.
"Fue tan fuerte como un disparo", dice sobre el estruendo que produjo. "Creo que muchos grandes químicos empiezan interesados en los explosivos o las drogas. Son algunas de las cosas más geniales que podés hacer con la química", agrega.
Su interés por las drogas apareció poco después. Cerca de los 18 años, Kruegel empezó a fumar salvia divinorum, una planta psicodélica de la familia de la menta. Aunque le fascinaba abrir las puertas de la percepción en su mente, lo que más lo sorprendió no fue la transformación, sino la "estabilidad de mi conciencia ante esa agresión". "Podés quedar alterado de una forma totalmente incoherente y después volver a ser quien sos, con todos tus recuerdos intactos", dice.

Kruegel estudió química en Stevens Tech, en Hoboken, y consiguió una pasantía en Roche, en su laboratorio de química medicinal de Nutley, donde aprendió a crear moléculas y a seguir el proceso de descubrimiento de drogas. Pronto quedó fascinado con la posibilidad de dedicar su carrera a desarrollar nuevas sustancias. En 2010, ingresó a Columbia para hacer su doctorado porque quería trabajar con Sames en su laboratorio, dedicado al estudio de la ibogaína, otro compuesto psicodélico conocido por su potencial terapéutico contra el trastorno por consumo de opioides.
En 2017, Kruegel y Sames fundaron Kures, Inc. con el objetivo de desarrollar análogos de tianeptina y kratom como analgésicos o antidepresivos más seguros. Atai invirtió US$ 3,5 millones para obtener una participación mayoritaria, pero la droga nunca superó el proceso de desarrollo.
En la primavera de 2019, después de que Sporn dejara Perception, llamó a Kruegel con una idea. "Vamos a fundar una empresa", recuerda que le dijo a Kruegel, "y podríamos hacer lo contrario de lo que hacían estas otras compañías psicodélicas y crear nuevas moléculas con las propiedades específicas que queríamos", añade.
Sames, Sporn, Kruegel y otros dos socios, Mike Cunningham y Jeff Witkin, lanzaron Gilgamesh ese verano boreal, y cada fundador conservó una participación estimada de entre 5 % y 10 % de la compañía. Entre sus primeros candidatos aparecieron bretisilocina, blixeprodil, una forma de ketamina activa por vía oral y con menor efecto disociativo, y 3009, un análogo de la ibogaína creado en el laboratorio de Sames. Después pusieron manos a la obra. "Simplemente fuimos por eso y empezamos a fabricar arilciclohexilaminas, que son la clase química de la ketamina y el PCP", dice Kruegel con naturalidad.
En 2020, Gilgamesh ingresó a Y Combinator, la prestigiosa aceleradora de startups con sede en San Francisco y, después de su jornada de presentación ante inversores, consiguió recaudar US$ 7,6 millones.
Para 2024, AbbVie se contactó por uno de sus compuestos no psicodélicos, un neuroplastógeno destinado a tratar la ansiedad y la depresión, y acordó colaborar en su desarrollo con una inversión de US$ 65 millones. Cuando aparecieron los datos sobre bretisilocina, su compuesto psicodélico, que mostró una remisión del 94 % del trastorno depresivo mayor después de dos dosis, AbbVie lo compró.
A.J. Cannon, director médico ejecutivo de desarrollo en neurociencia de AbbVie, asegura que Gilgamesh está integrada por un "excelente grupo de científicos y médicos" y que los datos sobre bretisilocina muestran cuán "duradero" podría resultar el tratamiento para pacientes con trastorno depresivo mayor.
AbbVie planea iniciar los ensayos clínicos de fase III de la molécula a fines de este año o a comienzos de 2027, y también lanzará un ensayo de fase II para tratar el trastorno de estrés postraumático. "Seremos muy ambiciosos en el avance de la bretisilocina", dice Cannon. "Creemos que esta molécula es eficaz y funcionará para muchas personas", asegura.
Ahora Gilgamesh busca repetir el proceso con los demás compuestos de su cartera. El análogo de la ibogaína tiene previsto iniciar ensayos clínicos de fase I el próximo año para tratar el trastorno por consumo de opioides. Blixeprodil atraviesa ensayos de fase II contra la depresión y la compañía también desarrolla un compuesto no psicodélico, un agonista del receptor muscarínico, destinado al tratamiento de la esquizofrenia.
Y Gilgamesh también amplía su campo hacia terrenos menos alucinógenos. "No creo que estemos estrictamente centrados en los psicodélicos", dice Kruegel, quien explica que están abiertos a crear cualquier clase de moléculas novedosas, siempre que actúen rápido y tengan una eficacia contundente.
Aunque los seres humanos consumen psicodélicos desde hace milenios, recién en los últimos años estas drogas dejaron atrás la clandestinidad y entraron en la medicina convencional. Kruegel sostiene que esto ocurrió porque el establishment médico estuvo "impulsado por el miedo a tener cualquier tipo de efecto psicoactivo" durante una terapia. Pero las grandes farmacéuticas ahora cambiaron su visión.
"Yo digo esta especie de frase al estilo de Yogi Berra", señala Kruegel: "Para tener un efecto fuerte en el cerebro, tenés que tener un efecto fuerte en el cerebro. No podés esperar que algo perceptualmente inerte transforme tu mente", completa.
*Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com.