David Paredes Periodista
Alfredo Montero se acababa de casar en Riobamba, cuando decidió, a mediados de la década de 1950, apostar por un pequeño negocio. En la avenida 10 de agosto, frente al parque Sucre, en la capital de Chimborazo, construyó su casa de tres pisos y montó en la planta baja una tienda para proveer de materiales a sastres y costureras de la ciudad.
Era una especie de bazar, donde vendía junto a su esposa maquinaria de coser, repuestos, accesorios y telas. Era pequeño, la clientela era fija y alcanzaba para subsistir. Pero a inicios de la década de 1970, tras el nacimiento de Miriam, Víctor Hugo, Patricia e Iván, sus hijos, decidió dejar Riobamba y mudarse a Quito.
“Llegamos a la capital en 1972 porque mi padre consideraba que íbamos a tener una mejor educación”, relata Iván Montero, el hijo menor y ahora CEO de Almacenes Montero, firma que en 2025 tuvo ingresos por US$ 21 millones.
La familia adquirió una casa patrimonial en las calles Sucre y Venezuela, en el Centro Histórico. En esa vivienda decidieron continuar con sus negocios e instalaron un nuevo establecimiento con todas sus líneas de productos, entre ellas tijeras para tela y muy pocas para cabello. Sin saberlo, esa ubicación fue estratégica para construir años después lo que hoy es Almacenes Montero.
Cerca de este almacén funcionaban las academias de belleza Sudamericana, Pasteur y Zeus. Sus dueñas, emocionadas porque ya tenían donde comprar tijeras, se reunieron con Alfredo y le explicaron la realidad de su mercado. “Nos pidieron que trajéramos al país más insumos y herramientas para este sector. Mi papá supo escuchar y detectar una oportunidad”.
Mientras su padre viajaba a Riobamba para atender su primer punto de venta, Víctor Hugo, su primer hijo varón, ya se inmiscuía en el emprendimiento. En 1980, el almacén hizo sus primeras importaciones de artículos para el campo de la belleza profesional. Con el tiempo la oferta se diversificó con mobiliario y accesorios para las peluquerías.
El negocio aún era pequeño. Los nuevos productos y la necesidad de ese mercado fueron desplazando a las telas y maquinarias de corte y confección a un segundo plano.
Para mediados de los años 80, Miriam, la hermana mayor, decidió abrir una sucursal de la tienda, en el barrio de Santa Clara, en el centro norte de Quito. Su enfoque fue complementario a lo que su padre y hermano hacían en el centro.
“Miriam apostó por los productos de cuidado capilar profesionales. Ella vendía eso y los insumos que Víctor Hugo importaba”.
No fue hasta 1990, cuando Iván se involucró en el proyecto familiar para enfocarse en los puntos de venta. Para ese año ya había egresado de economía y su progenitor buscaba que la segunda generación se hiciera cargo.
Una transformación para el futuro
En el año 2000 llegó la primera remodelación del local del centro. A pesar de la crisis financiera que vivía el país, tras el crack financiero de 1998 y 1999, los hijos decidieron hacer cambios. Contrataron a un arquitecto especialista en edificios patrimoniales y apostaron a un modelo diferente de comercialización.
“Pasamos de ser vendedores tras mostrador a una tienda de autoservicio. Eso implicó que todos cambiáramos de mentalidad. Veníamos con una cultura de empresa pequeña en la que mostrábamos todos los productos y los volvíamos a guardar, por el temor de que nos robaran”.
El giro comercial implicaba montar estanterías, exponer todas las herramientas al público y correr el riesgo de hurtos. El primero en oponerse a este nuevo modelo fue Alfredo. “Le costó cambiar el chip. Luego era el más entusiasta y quien más presionaba a los bodegueros para que no queden espacios vacíos en los mostradores”.
Dos años después de la remodelación llegaría el segundo giro del negocio. La Universidad Tecnológica Equinoccial inauguraba su facultad de Gastronomía. Iván sintió que ese nicho no estaba siendo atendido y empezó a importar instrumentos para esos profesionales.
Empezaron con cuchillería y hoy tienen una amplia gama de equipos e instrumentos para pequeñas y medianas firmas del sector horeca (hoteles, restaurantes y cafeterías).
En 2003 surgió la tercera sucursal. Iván invirtió US$ 550.000 para comprar un espacio en el centro comercial El Recreo, en el sur de Quito. Para ello solicitó un crédito que se pagó en cinco años gracias a las ventas.
En esa época, Almacenes Montero vivía un crecimiento sostenido como marca. Esto permitió que en 2005 se abriera una cuarta sede, ubicada en la avenida 6 de diciembre y Gonzalo Serrano. Se construyó en un terreno que fue adquirido en US$ 150.000 por los cuatro hermanos como una medida de protección del capital ante la crisis bancaria de 1999 y la dolarización de 2000.
Con este edificio Patricia fue incluida en la firma, que para entonces carecía de estructura. Ya eran cuatro sedes, un nombre, pero diferentes facturaciones, gastos y problemas.
Llega la visión empresarial
En 2008, Iván juntó a sus hermanos y les explicó la situación. La marca estaba creciendo en Quito, pero de forma dispersa. Los organizó y juntos fundaron Insumos Profesionales Insuprof Cia. Ltda.
“En una reunión familiar les propuse que formáramos una empresa donde todos seamos accionistas. Pagábamos a cuatro contadores, había cuatro esfuerzos de venta distintos en cada local. Si bien existía pautas de precio, cada uno se gestionaba de manera diferente”.
Durante la constitución de la compañía hubo pautas claras. Todos iban a ser accionistas igualitarios. Las cuentas iban a ser transparentes y las decisiones se tomarían en conjunto.
Con esta nueva visión, la compañía creció. Hoy suma 23 almacenes a escala nacional y un equipo de 230 colaboradores. Además, se profesionalizó la operación y se dio una estructura.
El edificio de la avenida 6 de diciembre es la matriz. Ahí funcionan las oficinas y es donde se reúnen para hablar de negocios.
La compañía sufrió altibajos durante sus primeros años. La muerte de Alfredo Montero, en 2010, fue un golpe duro. Los cuatro hijos crecieron en un patriarcado y lo vieron como el eslabón que los unía a todos. Su partida significó reorganizarse.
Aunque para el momento de su fallecimiento ya no estaba dentro del negocio (había entregado prácticamente toda la administración en 1995), seguía siendo un soporte muy fuerte y el principal consejero.
Entre sus enseñanzas más importantes se destaca el valor de la palabra y la reputación, recordándoles siempre que el buen nombre es la mejor carta de presentación.
“Mi padre nos decía que todo lo que hagamos como empresa o en lo personal no iba a ser más poderoso que nuestra firma. Nos enseñó que la firma podíamos acceder a un crédito, generar amigos y mantener trabajadores".
La hora de la tercera generación y retorno al origen
Iván fue el único de los hermanos que tuvo hijos. Alejandra, la mayor, se graduó de economista y ya es parte de un plan de carrera de cinco años diseñado para que a futuro tome las riendas de la organización. Tiene 25 años y ya pasó por varias áreas.
El objetivo de los Montero es mantener la marca en el entorno familiar y profesionalizarla. Hoy, la compañía hace sus propias importaciones de insumos profesionales de belleza, que representan el 60 % de la facturación, y de gastronomía, que es el 40 %.
También hay proyectos de crecimiento. Para finales de 2026 abrirán dos puntos de venta más con una inversión de US$ 780.000. Será uno en Guayaquil y otro en Portoviejo. En 2027 iniciarán la construcción de su centro de distribución.
Hoy la empresa cuenta con tres marcas propias y presencia en Quito, Santo Domingo, Manta, Guayaquil, Ambato, Cuenca y Riobamba. En esta ciudad abrieron su local con la firma Montero en 2016 y lo hicieron en la misma propiedad donde empezó el sueño de Alfredo. (I)